15 de diciembre de 2019
15.12.2019
La Opinión de Málaga
Cuaderno de mano

Shakespeare en serie

"Vuelvo desde su magisterio a la navegación de las series británicas que para mí tuvieron otra cumbre en 1981 con el extraordinario Retorno a Brideshead"

15.12.2019 | 05:00

El inglés en un oficio de actor, la lengua escénica del yo. Desde Glenda Jackson y Laurence Olivier a Christian Bale y Olivia Colman el teatro británico se le nota a quienes convierten la voz en un personaje, la mirada en un monólogo psicológico y un plató en escenario. Será el ADN de Shakespeare en el espíritu de la interpretación, y sin duda la presencia en su historia de grandes autores como Christopher Marlowe, John Webster, Óscar Wilde, John Osborne, Harold Pinter o Tom Stoppard. La suma de ambas riquezas determina que su presencia en el cine y en las series de televisión me continúe seduciendo desde una infancia en la que me hice un apasionado espectador de sus narraciones escénicas, fabulosas igualmente en la ambientación, el vestuario, la fotografía y los escenarios del paisaje. Los inicios fueron las aventuras sin más del agente Simon Temple de El santo interpretado por Roger Moore y poco después Los persuasores también con el mismo actor y con Toni Curtis. Hasta que al entrar en la adolescencia con mucho cine ya visto –uno de los grandes disfrutes de mis padres y lo que mejor nos convocaba a la familia ante una pantalla grande o alrededor de la mesa camilla frente a nuestra Tonblic alemana- descubrí la calidad de las series de las que uno no se quería perder ningún capítulo.

La primera fue The Six Wives of Henry VIII con un majestuoso Keith Michell, y de su mano la fabulosa Elizabeth R. con Glenda Jackson. Una abono cultural ambas con profunda huella y sus ecos en las lecturas de los autores también británicos, que abrochó la deliciosa Upstairs, Downstairs centrada en la vida de familia Bellamy en su casa del 165 de Eaton Place con aquella inefable pareja de sirvientes,b y Gordon Jackson. Aquellas series acrecentaron mi interés desde siempre por la Historia y me acercaron a querer entender el universo composicional y de trabajo de los actores para hacer creíbles sus personajes. En aquellos años del posfraquismo esas series eran una apuesta singular de una televisión que no ha vuelto a tener la cultura como oferta educativa, de entretenimiento y formación del gusto. Si el cine con el western y el thriller policiaco era mi territorio de aprendizaje vital las series supusieron el descubrimiento de otra manera de contar, un paso a un estadio mayor de la mirada evaluadora de tramas e interpretaciones en unos maravillosos años en los que las series británicas me iban ensanchando la mirada y el ansia de saber, sin excusa alguna para perderme un episodio de Poldark con los avatares del capitán Ross Poldark, su criada Demelza y su arrogante primo con los rostros de Robin Ellis, la pelirroja Angharad Rees y Ralph Bates y finalmente la que más huella me dejó, Yo Claudio creada por Jack Pullman y con las increíbles interpretaciones de Derek Jacobi, Siân Phillips y John Hurt. Londres, Cornualles, Roma, la vida, fulgor y derrotas de sus símbolos y todos los matices de la naturaleza humana una noche por semana.

El inglés con su aristocracia en el lenguaje del gesto, en el timbre y el tono de la frase con sus connotaciones, en la manera de entrar o de salir de la escena, en cualquier actuación con los objetos en una acción cotidiana, excelentes en el drama, en la comedia, en la intriga, en el género en vivo o en filmado era el alma de los actores. Sus trabajos no han dejado de ser mi perfecta definición de lo que debe ser la interpretación de la que tengo como ejemplos a Ben Kingsley, Sean Connery, Julie Christie, Tilda Swinton, Helen Mirren, Colin Firth, Clive Owen, Naomi Watts y entre todos mis innegociables Peter O'Toole, Anthony Hopkins, Emma Thompson, Kristin Scott Thomas, Rachel Weisz, Kenneth Branagh y Michael Caine. No hay papel ni género que ninguno de estos nombres no haya enriquecido ni pellizcado al espectador con su talento y su construcción de su yo escénico. Ni en sus trayectorias, la mayoría reconocidas con numerosos premios, apenas hay cameo o actuación que tenga una leve pérdida de calidad.

Vuelvo desde su magisterio a la navegación de las series británicas que para mí tuvieron otra cumbre en 1981 con el extraordinario Retorno a Brideshead y las actuaciones de un joven Jeremy Irons junto a Anthony Andrews, Diana Quick y Claire Boom. Fue la última de una recién estrenada juventud que me alejó entonces de la televisión para adentrarme del todo en lo abisal de la literatura, en el cine de autor y en la agitación del teatro en vivo; en el estudio de las teorías, en la práctica creativa y en el camino de Kerouac que debe recorrer a los veinte años quien sueñe con edificarse como escritor y hacer de la cultura su brújula de vida, su equipaje de experiencia, de combate y de goce. Tampoco posteriormente me atrajo ninguna serie española, muy escasas en su mayoría de brillantes guiones y precarias en actrices y actores que no se habían formado en las tablas de los escenarios, hasta que en la madurez he vuelto al aquel universo con producciones bien ejecutadas como Downton Abbey, Black Mirror, House of Cards, Wolf Hall, The Wire, Cranford con Juli Dench o una desapercibida para muchos, a pesar de su potencia, River. Una seria de Abi Morgan cerrada en ocho capítulos, cada vez me gustan más las que no dependen de las exigencias de las temporadas, con magnificas actuaciones de Stellan Skarsgard y Nichole Walter en clave policiaca. La televisión de nuevo como oferta entre el cine y el escenario.

La última que ando disfrutando es The Crown de Peter Morgan, cuya tercera temporada acaba de terminar. Un final con continuará que ha dejado el mismo sobresaliente de talento y de trabajo que dejaron en las dos primeras entregas la pareja real encarnada por Claire Foy y Matt Smith, acompañados por Vanessa Kirby, como la princesa Margarita, y ahora Olivia Colman y Tobias Menzies. No hay comparación que valga, cada actriz y cada actor le ha dado a su personaje la gestualidad, los detalles, la personalidad de la figura histórica que han de defender en pie y en primer plano. Tampoco importa si la auténtica reina se identifica con Claire Foy o con Olivia Colman ni si el Duque de Edimburgo se refleja en Tobias Menzies o en Matt Smith. Lo importante es su latido y la fuerza de su carnalidad en la identidad que compone y la historia que se cuenta. Lo mismo da si se trata de un trozo de vida frente al cántico del dolor en el funeral de los 116 niños muertos en la tragedia minera de Aberfan –tan actual el peligro de los escombros en el medio ambiente- o si es el sueño de héroe en la crisis de la madurez delante de la pisada del hombre en la luna, en el poético episodio Moondust. Si la cámara enfoca el beso de los celos y el deseo revivido de Felipe e Isabel II después de un mes de viaje en pro de la mejora de su caballería o si se trata del reconocimiento personal al primer ministro Harold Wilson al dimitir por su cáncer. Un papel secundario a la altura de los primeros y en cuya nómina están maravillosas Jane Lapotaire como la princesa Alicia de Grecia en el emotivo capítulo Bubbikim, y Helena Bon Carter en el último episodio sobre su tormentosa relación de pasión y violencia con el que fue el querido fotógrafo de la Casa Real y amante de David Bowie.

No me olvido del cine al que continuó siendo adicto de pantalla, ritual y versión Albéniz en VO. Pero vivimos ahora una edad de oro de las series británicas, aunque hay casos como El cuento de la criada que compite en igualitaria calidad. Quizás ese auge ha despertado en España interesantes apuestas como han sido Hierro creada por Pepe Coira, Fariña de Carlos Sedes y Malaka de Daniel Corpas y Samuel Pinazo, tres narraciones cerradas con un territorio real de proximidad e intérpretes de la tierra, como Vicente Romero, Maggie Civantos y Salva Reina muy acertados en sus papeles, junto a otros de larga trayectoria como Candela Peña, Darío Grandinetti y Tristán Ulloa, que han dejado buen sabor de boca y manifiestan el cambio de paradigmas de las producciones españolas. Mientras esperamos ver si este envite nacional se mantiene o ha sido flor de un año, pueden ir enganchándose a otro espectáculo británico de impecable factura, Peaky Blinders, una serie de la cadena BBC sobre una pandilla de gánsteres callejeros de los años veinte que ascienden hasta convertirse en los reyes de la clase obrera liderada en su reparto por Cillian Murphy.

Es evidente que para disfrutar más a fondo de todo lo explicado y de los matices de idioma inglés como personaje hay que ver estas series no en versión doblada, a pesar de la excelente que es la española. Sólo así se disfruta en toda su riqueza su idiosincracia, las aristas de los personajes y de la historia, y el espíritu Shakesperiano de la dramaturgia británica que a buen seguro del Brexit y su ruptura hará una futura y espléndida serie.

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