16 de diciembre de 2019
16.12.2019
Tribuna

El desconcierto universal

"La Europa del este, deseosa de liberarse del opresivo poder soviético y de compartir el bienestar que disfrutaban los países centrales, lo adoptó enseguida. Pero sus expectativas no se cumplieron y pronto llegó la decepción"

16.12.2019 | 05:00

Cualquier individuo llevado por el interés de comprender el curso reciente que sigue la historia de la humanidad se encontrará con una bibliografía que redunda en la misma explicación, ya tópica, de las consecuencias de la globalización, la crisis presente de la democracia liberal, las causas del populismo y otros fenómenos y tendencias que dominan los tiempos actuales generando desazón e incertidumbre. Pero de vez en cuando alguien propone una reflexión original, que hace ver las cosas de otra manera, suscita una tormenta de ideas y aviva el debate. Pues bien, este es el caso. He aquí un libro fascinante. La obra de Ivan Krastev, politólogo búlgaro que preside el Centro de Estrategias Liberales de Sofía, y Stephen Holmes, profesor norteamericano autor de 'Anatomía del antiliberalismo', ilumina muchos aspectos del sombrío panorama mundial bajo una perspectiva inédita, y podría decirse que insólita, inspirada en la teoría de la imitación de Gabriel Tarde, destacado jurista y sociólogo francés del siglo XIX. Su lectura es una experiencia gratificante e insustituible. Resumir el libro es tarea imposible y el único sentido de una reseña es informar de su publicación y persuadir al lector para que no dude en adentrarse en sus razonamientos. Los autores observan que el mundo transita en una dirección imprevista e incierta. Tras la caída del muro de Berlín se proclamó el estado universal democrático. La sociedad occidental se erigió por un supuesto común acuerdo en el modelo de organización de la vida colectiva y se presumió que todos querrían copiarlo.

La Europa del este, deseosa de liberarse del opresivo poder soviético y de compartir el bienestar que disfrutaban los países centrales, lo adoptó enseguida. Pero sus expectativas no se cumplieron y pronto llegó la decepción. La angustia que sufren por la pérdida de identidad derivada de una aguda crisis demográfica, producida más por la emigración y el envejecimiento que por los refugiados, ha provocado en ellos una reacción dictada por el resentimiento, el rechazo de la Europa rica, engreída, moralmente disipada, y la búsqueda de seguridad y protección. Este es el origen del populismo del líder húngaro Viktor Orban. Por su parte, Rusia, que en el fondo se ha mimetizado con Occidente únicamente para disimular su debilidad, de lo cual es buena muestra la costumbre de amañar las elecciones, continúa con su plan integral de venganza y recuperación de poder en el tablero de las relaciones internacionales. No obstante, es China el país que ha frustrado la pretensión de lograr un mundo hecho a imagen y semejanza del occidente liberal, adquiriendo la tecnología y los patrones productivos del capitalismo más avanzado, pero preservando el monopolio político del partido comunista. Además, la China actual ha puesto fin a la era de la imitación, pues al contrario que la Europa democrática, la Rusia soviética o la propia China maoísta, aspira a ejercer la máxima influencia, pero sin imponer un modelo al resto de los países. La democracia liberal que hemos conocido en su apogeo después de la segunda guerra mundial es un espejo roto y podría haber comenzado una era de imitación antiliberal. Trump ha triunfado con un discurso que incita a los americanos a pensar solo en sí mismos, a competir y ser beligerantes con los demás, y que en ese afán cuestiona incluso la verdad de los hechos.

El antimodelo de las democracias es hoy un modelo que se difunde por todo el planeta. Hasta sectores amplios de las clases medias europeas han sucumbido a su hechizo. Los intelectuales han sido borrados del mapa, como los sindicatos, y los líderes son de pacotilla. En nuestras sociedades se expande un cinismo generalizado, que las transforma en agregados un tanto ingobernables, en apariencia sin orden ni concierto, entregados a las bajas pasiones y a una pugna abierta y confusa en la que resulta difícil distinguir a unos de otros. En su descarnado análisis, Krastev y Holmes lamentan la incapacidad de la democracia para la autocrítica. No nos dicen por qué tantos decepcionados con la democracia se echan en brazos del populismo en vez de optar por actitudes más constructivas, tampoco nos proporcionan la fórmula para recuperar la confianza perdida, y advierten que nuestro drama puede tener dos finales, como el relato de Kipling del que toman el título, pero ven fundada su esperanza en el hecho de que las sociedades siempre han estado explorando e innovando hasta encontrar la forma de convivir y seguir adelante. Su contribución estriba en mostrar la realidad del mundo actual sin velos. Este libro es una luz encendida. Es la constatación de que aún se puede pensar. Y eso es todo.

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