08 de enero de 2020
08.01.2020
En solo 725 palabras...

A usted que me lee

Cada grito in pectore de ¡el año ha muerto, viva el año! es la incuestionable reafirmación de la metamorfosis que experimentan los lepidópteros del mundo durante su ciclo vital

08.01.2020 | 05:00

Llego tarde, lo sé, pero, aún así, no quiero desaprovechar mi primer miércoles escribano del año sin expresarle mis deseos a usted, que semanalmente me regala su paciencia y generosidad infinitas compartiendo su tiempo con mis palabras. Vamos allá:

Verá, yo ya llevaba horas amanecido cuando el pasado día cinco amaneció la mañana. Sin cita previa, las primeras luces y yo coincidimos a la misma hora en aquel parque. Un misterio. Pronto entreví que la magia del asunto llevaba rato fraguándose en el backstage del telón de la oscuridad, aunque, lo confieso, no estuve seguro de ello hasta que el día relevó a la noche y levantó el telón.

El sol fue marcando el tempo, rayo a rayo, con maestría. Mientras, cada rayo izaba su parte de telón con primor, por turnos, procurando que todos los rincones del parque afloraran al tempo de la partitura. Los jardines fueron floreciendo como apariciones súbitas nacidas de la nada. Se atraían como acompasados por la lira del mismísimo Apolo. Entre tanto, mis sensaciones crecían... Finalmente, los jardines, perfectamente orquestados, se fundieron en un abrazo eterno y la inenarrable belleza del parque se hizo visible.

A la par, otro milagro estallaba con la luz: miles de mariposas cabriolaban a mi alrededor al ritmo de la brisa mansa que las acunaba. Admito que no sé como ocurrió, pero, de pronto, supe que la Naturaleza estaba conspirando para que su reloj celestial facilitara que aquellos miles de mariposas autóctonas coincidieran con la llegada puntual de las mariposas mágicas que cortejan a los Magos de Oriente.

Tampoco sé cómo sucedió que, repentinamente, ante aquel milagro, intuyera que tamaña concentración de mariposas en el parque respondía al último ensayo general del espectáculo previsto por nuestras mariposas para recibir a sus congéneres, las mariposas venidas de Oriente. Más tarde tuve clarísimas evidencias de que mi intuición no erró.

Con la venia de la política traicionera que tanto nos maltrata últimamente azuzándonos la mejor bestialidad y rudeza sibilinas del peor sapiens, que hace de la política su modus operandi y su modus vivendi, nuestras mariposas de cada principio de año son mariposas de esperanza, de anhelo, de aguardo... Y estimo, amable leyente, que, en tiempos de mariposas, ni los desencuentros, ni las crisis de angustia, ni las de ira, ni las del orgullo malentendido debieran ser bienvenidas, pero, ay..., mire usted, en eso no manda uno, sino la vida, esa entelequia.

Cada primero de enero es la génesis de infinitos proyectos perpetuos y la demostración fehaciente de que a rey muerto, rey puesto. Y cada grito in pectore de ¡el año ha muerto, viva el año! es la incuestionable reafirmación de la metamorfosis que experimentan los lepidópteros del mundo durante su ciclo vital, que es la demostración natural de la perfección del círculo.

Muy a pesar de que la perspectiva de la experiencia nos recuerde que adentrarnos en las profundidades de cada año significa sumergirnos a pulmón libre en las entrañas de la vida, esa ingrata que a veces nos planta desabridamente advirtiéndonos con tono de desprecio que ya no tiene nada que hablar con nosotros, el proyecto de vivir un nuevo año, además de un regalo impagable y un ejercicio de libertad, es un bien ilusionante, meritorio de ser abordado con la mochila de la ilusión amorosamente acomodada sobre los briosos hombros de la esperanza.

Transitar cada uno de los trescientos sesenta y cinco días –más uno este año, de propina– ilusionados y esperanzados, es garantía de hacerlo con el estómago pletórico de esas mariposas hechiceras que mantienen vivos todos los proyectos en los que la única sustancia que los conforma es la emoción en carne viva. Y, sépase, en el fondo y la forma, de eso es de lo que trata la felicidad.

Por si usted que me lee no lo ha notado, le señalo que 2020 es un año con dos enormes ojos, dos ojones, abiertos de par en par, a los que cada cual debemos añadirles las pupilas. Pruebe, generoso leyente, pruebe a configurarle la mirada al numeral cardinal de este año, píntele las pupilas y obsérvelo atentamente. Seguro que averiguará algo...

Y, ¿sabe?, sea lo que sea que averigüe, deje que las mariposas milagrosas lo invadan, emociónese, desinhíbase de sus frenos y apueste por ser feliz, que ese es su papel en la obra magna de su existencia.

Feliz 2020.

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