29 de enero de 2020
29.01.2020
El palique

La mancha

Llegué al café y no estaba en mi silla. Ya me había acostumbrado a ella. Caramba, me dije, se habrá mudado a un taburete

29.01.2020 | 05:00
La mancha

Me senté de buena mañana en mi cafetería y vi que la mancha que suele estar en mi silla ya no estaba. Me dio pena. Le había cogido cariño. No era una mancha peor ni mejor, ni siquiera muy grande o notoria, pero era la mía. Como ya estaba seca no la podía quitar. Tampoco podía el camarero. Como estaba tan seca ya no me manchaba el pantalón. La mancha pasó a formar parte de la decoración de la silla, diría yo, aunque no soy muy experto en sillas. De hecho, una vez me dijeron que me iban a dar una silla y me dieron un taburete. No me di ni cuenta. Piqué inocentemente. La mancha en cuestión era redondeada, pero no perfectamente circular. Podría haber tenido origen en un tembleque que hiciera derramar un goterón de café. O de Cola Cao. Un Cola Cao derramado por un niño. Los niños son muy de derramar cosas y a veces te derraman la paciencia o el amor, que no mancha pero deja huella. Tal vez mi mancha, cansada de mí, ha decidido mudarse de silla. O buscarse un taburete. Una mancha, que no un manchurrón, que suena despectivo.

'La mancha humana' es una novela del escritor estadounidense Philip Roth, publicada en el año 2000. Unos años más tarde se hizo una película, con Anthony Hopkins y Nicole Kidman, que siempre parece que está como manchada de blanco de puro pálida. «La mancha de mora con otra verde se quita», decían antaño las señoras mayores cuando querían aliviar el mal de amores de algún chaval o chavala, lo cual era una incitación a mancharse de nuevo en el amor. Lo que no mancha, engorda, podríamos decir parafraseando al dicho. Un dicho cenizo pero certero, que no hace justicia a las judías verdes, que ni engordan ni matan a nadie, aunque si son plato único sí pueden matar de hambre. Un poco. «Manchada deja su vida el que procura muerte», dijo Séneca, que era tan estoico que no se manchaba con el epicureísmo. Y allí estaba yo, con mi café y mis pensamientos y sin mancha. Al fin, pensé. Ya sabemos que nada es para siempre. Si acaso alguna mancha. Para no manchar más el día con baldíos o melancólicos pensamientos, me levanté y pagué, si bien a veces prefiero pagar y luego levantarme. Oiga, aquí hay una mancha, dijo un señor cerca de mí cuando iba a tomar asiento. Iba a tomar asiento y siete churros, que no veas tú el saque que tiene la gente por las mañanas. No quise comprobar si era mi mancha o no. Mancha viajera. Salió entonces el camarero con una bayeta húmeda.

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