31 de enero de 2020
31.01.2020
El espíritu de las leyes

Cambio de paradigma

31.01.2020 | 05:00

¿Por qué el Partido Liberal inglés, que había gobernado la nación, con escasos intervalos conservadores, desde 1688 hasta 1914, acabó por quedar reducido a la irrelevancia tras la Gran Guerra? Este interrogante sólo tendría interés para estudiosos muy especializados si no fuera porque refleja la conclusión de toda una época de expansión y consolidación imperial y el comienzo de otra muy distinta, y sobre todo más convulsa, de aquella que, tras las contiendas napoleónicas, conoció, durante un siglo, el predominio mundial de la pax britannica. El libro del periodista e historiador George Dangerfield (1904-1986) La extraña muerte de la Inglaterra liberal, aparecido en 1935, explica los factores que, entre 1910 y 1914, se concitaron para dar fin a todo un paradigma de gobernanza imperial desde el Parlamento de Westminster. Se trata de una obra admirable de análisis político, económico, social, psicológico y cultural, maravillosamente escrita, primorosamente traducida por Pablo Fernández Candina y recientemente editada por Tecnos dentro de su prestigiosa colección de Clásicos del Pensamiento.

Dangerfield se expresa en ella con rigor, pasión y legítimo humor sarcástico, haciendo que su lectura sea, además de indispensable para los lectores aficionados a la Historia, una muy grata experiencia intelectual. Refiriéndose a su propio trabajo como «historiador social», escribe Dangerfield que para ejercer de tal «los hechos no son la única consideración, ni siquiera la más importante. La historia social, al igual que la historia tout court, es una combinación de gusto, imaginación, ciencia y erudición que reconcilia lo incompatible, equilibra las probabilidades y termina por revestirse de la autenticidad de la ficción, que es la realidad más elevada de todas». A este programa se atiene rigurosamente el libro de George Dangerfield, y por eso, siendo una obra de ciencia, es al mismo tiempo una obra de arte. ¿Y cómo era el país que precedió a los trastornos del período estudiado? Sin duda, la Inglaterra de la reina Victoria fue la esplendorosa encarnación del liberalismo más genuino, o sea, «un variado y valioso acopio de oro, valores, biblias, ideas progresistas e inhibiciones decentes»; en suma, la quintaesencia de lo sólido y lo razonable. Al margen de sus convicciones políticas, el ciudadano inglés de los años 70 y 80 del siglo XIX poseía «un corazón liberal: creía en la libertad, el libre comercio, el progreso y el séptimo mandamiento. También creía en el reformismo. Era un ferviente partidario de la paz, es decir que le gustaba que sus guerras se combatiesen lejos y, a ser posible, en nombre de Dios». ¿Qué pasó después, en los años inmediatamente anteriores al primer Armagedón? Pues que le sobrevino la muerte a «aquel organismo moral, generoso, dispéptico y absolutamente inaprensible conocido como Partido Liberal». La cosa es saber de qué murió, y a ello se consagra la explicación del libro que reseño. Hay, no obstante, dos diagnósticos médicos que sirven para todo: fracaso multiorgánico y septicemia. Políticamente, esto puede traducirse por un agotamiento definitivo del modelo, incapaz ya de afrontar problemas enormes desde una «familiar y serena ineptitud». La reforma de la Cámara de los Lores, destinada a reducir los anacrónicos poderes de una Asamblea hereditaria, fue, con la Parliament Act de 1911, el último triunfo del espíritu reformador liberal. Esta vetusta institución legislativa y judicial, poblada por «una horda de augustos donnadies poseídos por un aristocrático afán por hacer el mal», hubo de decidir, según un discurso de Lord Selborne, entre «morir en la sombra, por nuestras propias manos, o a plena luz, a manos de nuestros enemigos».

Luego de este éxito todo serían desastres: intensa agudización de los conflictos sociales, un movimiento sufragista de espíritu martirial y combatividad extrema, la inminencia de una guerra civil irlandesa, un acto de desobediencia masiva del Ejército€ Acerca de esto último, la opinión de Dangerfield resulta particularmente severa: desde 1688, cuando Jacobo II perdió el trono, el Ejército nunca había rechazado obedecer las órdenes del poder civil. Pero en marzo de 1914, instigado a la rebelión por una oposición tory reacia a meter en cintura a los asilvestrados unionistas del Ulster, el Ejército se negó a obedecer y el Gabinete liberal dejó de facto de gobernar. Si un día, se lamenta Dangerfield, la guerra borrase los últimos vestigios de la Inglaterra imperial y la nación se viera reducida a vagar, como escribió Horacio, «entre pulvis et umbra, los polvos de Atenas y la sombra de Roma, la historia del motín del general Gough podría constituir un eterno recordatorio, no solamente de las mezquinas traiciones y locuras del hombre, sino también de las extrañas formas en que puede malograrse una gran filosofía política y caer en la deshonra el Gobierno de un gran país». ¡Cuánto hubieran apreciado este libro el Tocqueville de los Recuerdos de la revolución de 1848 y el Marx de El 18 brumario de Luis Bonaparte! Pero, a mi juicio, la obra de George Dangerfield las supera.

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