03 de marzo de 2020
03.03.2020
Tribuna

El coronavirus y los ancianos

La mayoría de los científicos consideran muy improbable una mutación viral como la que se produjo en la llamada gripe española, que provocó también la muerte de numerosos jóvenes

03.03.2020 | 05:00
El coronavirus y los ancianos

En una tertulia radiofónica de estos días, uno de los participantes sostuvo que no había que preocuparse excesivamente de la amenaza del coronavirus, dado que esta peste es peligrosa especialmente para los viejos. Las tres o cuatro pastillas que diariamente tomamos la gente mayor, por prescripción médica, hacen que nos olvidemos de un famoso mito helénico sobre la vejez. Eos o Aurora, diosa cuyos dedos color de rosa abren las puertas del cielo al carro del Sol, se enamoró y raptó a Titono, o Titón, joven de gran belleza de raza troyana, para el que consiguió que Zeus lo convirtiera en inmortal. Pero la diosa se había olvidado de pedir para su amado la juventud eterna. Por eso, al envejecer, Titono se vio abrumado por enfermedades y dolor, llegando a quedar, con el paso del tiempo, arrugado como una uva pasa, perdiendo el aspecto humano, por lo que acabó convirtiéndose en una cigarra seca. El bienestar que producen las tres, cuatro, o hasta cinco o seis pastillas que toma, hoy, cada anciano, lo hacen olvidar todo lo que realmente ha envejecido. Casi todos los viejos creemos que no aparentamos los años que tenemos. El anuncio de la amenaza del coronavirus nos despierta del sueño juvenil, y de que, como en Titonio, el tiempo va incrementando la vulnerabilidad y la fealdad de todos. Siempre se asoció la belleza a la juventud y la fealdad a la vejez. Hay una sola excepción: las personas que de jóvenes son exageradamente feas, con la vejez empatan en fealdad con los demás, puesto que no pueden empeorar más. Y hasta se vuelven más amables puesto que –como señaló Max Scheler– ya no sienten resentimiento por su fealdad.

Habría que decir al tertuliano que minusvalora la vida de los viejos, que no se ponga ufano ni estupendo, porque, según algunos biólogos, nadie puede prever con seguridad cómo se desarrollará la epidemia, o pandemia, del coronavirus, ni si sufrirá una mutación, como la llamada gripe española de 1918-1919, que se convirtió en letal, también para los jóvenes, desde septiembre a diciembre del 18.

Afortunadamente, la mayoría de los científicos, que se han pronunciado, consideran muy improbable una mutación viral como la que se produjo en la llamada gripe española, que provocó también la muerte de numerosos jóvenes, lo que causó, incluso, la extinción de núcleos familiares. Los medios con que se cuenta, hoy, son infinitamente superiores a los de hace un siglo, por lo que no debe cundir el pánico. Pero, tampoco debe banalizarse la peligrosidad del coronavirus. En Asturias conocemos bien las enormes dificultades para desarrollar, hace tres décadas, las campañas de saneamiento animal, y los esfuerzos de las Consejerías de Agricultura y de Sanidad, especialmente frente a la tuberculosis bovina y los casos de contagio de brucelosis a las personas. Sin embargo, no todo deben ser malos augurios para los mayores. Cicerón, que tomó de ejemplo a Catón el viejo, señala en 'De Senectute' que la vejez puede ser una de las mejores etapas de la vida, si se tiene una salud aceptable, se mantiene una vida activa, si se cuenta con una pensión digna –diríamos hoy–, una buena medicina pública, con la que hacer frente al coronavirus, y unos buenos amigos para conversar, ya que el secreto de la vida –sostenía don José Ortega– no es vivir, sino convivir.

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