14 de junio de 2020
14.06.2020
La Opinión de Málaga
El Palique

Andar, leer, escribir

Noticias como la resolución del caso Olof Palme te evocan recuerdos. El café, gran institución española de plena vigencia

14.06.2020 | 05:00
Personas paseando.'

Lunes. Me siento muy temprano en el Café Central a tomarme un mitad. En todas las ciudades debería haber un café central. Un café céntrico y señorial, con gran terraza y camareros uniformados, mesas como de mármol. Un café donde uno sepa que han sucedido las grandes conspiraciones y donde se haya retado a duelo, se haya partido la cara a mequetrefes o se hayan escrito poemas. Los habrá seguramente. Ah, el Novelty en Salamanca, el Iruña de Pamplona. En los cafés con solera y éxito suele haber camareros malafollá, pero de una malafollá nada impostada ni airada y sí natural. Esta característica, ese camarero esaborío, acaba formando parte del encanto del local. Incluso hay camareros que por no defraudar son secos a su pesar, siendo en realidad personas propensas a la bondad. Caballero, ya me ha dicho dos veces lo de la sacarina e iré cuando pueda.

Martes. Caminar. Gran lujo. Caminar es ver, observar cómo cambia la ciudad y cómo se comportan los viandantes. Cazar asuntos para las columnas, atisbar noticias, vigilar obras, hacer fotos, merendar, encontrar a un amigo, edificar neologismos, husmear en comercios de barrio. A Nietzsche le dio por caminar por montes bucólicos y le salió un libro, 'El paseante y su sombra'. Murakami escribió uno sobre correr. Andar, leer y escribir, Actividades gozosas. Según el día, una de las tres le roba mucho tiempo a las otras dos. Y además hay que trabajar y hacer la compra. Te descuidas y se te pone el culo gordo.

Miércoles. Hace 34 años que mataron a Olof Palme, primer ministro sueco, cuando una noche salía del cine en Estocolmo. Yo era un pipiolo con el bachillerato por acabar, pero me gustaba ir alguna tarde a estorbar a la redacción de La Tribuna de Marbella. Aquel día, de pronto, un teletipo con la noticia. Los teletipos salían impresos y se iban acumulando en rollos en el suelo si nadie los iba cogiendo, recortando y dejando por temas en unas bandejas cercanas. Cogí el teletipo sobre el asesinato y corrí a dárselo al redactor jefe. Han matado a Olof Palme, le dije ¿A quién? me respondió. No sé si fue una respuesta de incredulidad o que no pronuncié el nombre bien. Hubo algo de alboroto en la redacción. El jefe de sistemas era sueco, por cierto. Se llamaba Kurt pero todos le decía Pepe. Yo no hice nada, pero durante bastantes segundos, quizás minutos, yo fui el único de la redacción que sabía del crimen. El que iba a dar la noticia a los que luego la iban a dar. Me obsesioné un poco con aquel crimen (se ve que la policía sueca no. El caso en ese país está en el imaginario colectivo como ejemplo de impericia), leí todo lo que pude sobre el caso y también sobre Palme, padre de la socialdemocracia. El caso se ha cerrado ahora. Más o menos. Parece que el asesino murió hace veinte años. Ninguna de las teorías de la conspiración fueron ciertas. Mucha gente lo quería matar. La idea de perfección de las sociedades nórdicas se fue un poco al garente entonces. Un hombre sale del cine con su mujer y es cosido a balazos. Aquello no podía pasar en Suecia y menos si la víctima era el primer ministro.

Jueves. Viceviernes.

Viernes. El gran Roberto López (no se pierdan sus columnas aquí) me invita a 'Llegó la hora', su programa de 101 TV. La cosa va sobre el papel del periodismo en esta crisis. Bueno, antes entrevistan a Rocío Madrid, algo bastante más entretenido. El programa es a las cuatro y yo en general soy poco partidario de decir nada a las cuatro de la tarde, ni sobre periodismo ni sobre canicas. A esa hora tengo los reflejos bajos y el estómago trabajando. Entro desde casa y ademas de pensar que podría haber elegido un fondo mejor, sopeso si debería lanzar la sabia y favorita frase sobre periodismo de mi redactora jefa, Virginia Guzmán. No. Me contengo, no vaya a haber estudiantes viendo el programa. Algún día la haré mía. A la frase, no a Virginia. Y la meteré como greguería transgresora y propia en un libro de aforismos. El coloquio resulta ser atinado, nutritivo y sensato. Teresa Santos, Manuel Castillo, Daniel Villalba y Concha Travesedo. Estamos de acuerdo (sin grandilocuencia y con autocrítica): el periodismo malagueño ha estado a la altura. Pese a todo.

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