22 de junio de 2020
22.06.2020
La Opinión de Málaga
De buena tinta

¿Para qué sirve una historia?

22.06.2020 | 05:00
¿Para qué sirve una historia?

«Deberías leer más», le dije a mi hijo de quince años. «¿Por qué?», me preguntó él. «Porque los libros atesoran historias», le respondí yo sin pensarlo. «¿Y para qué sirve una historia», volvió a preguntarme a la par que sus seis saetas verbales me atravesaban el corazón. No recuerdo qué era lo que fuera que estuviera haciendo cuando escuché semejante desatino, pero soy consciente de que, paradójicamente, me quité las gafas antes de mirarlo fijamente. Y cuando un padre se quita las gafas, por todos es conocido que la situación toma un cariz meridianamente serio. A partir de ahí, toda mi reflexión fluía por dentro. Hablaba para mí más que para él. Y maldije por siete generaciones a todos aquellos que, en pos de un plastificado utilitarismo extremo, nos vendieron la máxima de preguntar para qué sirve algo a fin de otorgarle o no nuestro valor. Un valor, a ser posible, cuantificado en euros. Servir o no servir, that is the question. «Maldita sea la educación que estás recibiendo», pensé después, y maldito sea yo como padre si no soy capaz de transmitir el tremendo bienestar de aquellos infinitos horizontes que emergen tras la sagrada puerta a partir de la cual comienzan todas las historias, historias que nos enseñan, que nos embriagan, que se apoderan de nosotros y que se graban en nuestros huesos para jamás abandonarnos. Posiblemente, todo lo que recordemos acerca de nuestra vida cuando, sentados en una silla, acumulemos años de sobra como para entregarla de manera natural, posiblemente todo lo que aflore en nuestro corazón en ese preciso instante, no sea cuantificable en euros. ¿Para qué sirve el amor, cuánto cuesta la compañía, cómo medimos la calidad del tiempo entregado al otro y a cuánto estará el kilo de oportunidades perdidas y su consecuente aprendizaje? ¿A cuánto las historias que nos regalaron en la niñez, las que nos divirtieron y emocionaron en la juventud y las que nos hicieron asentir con complicidad en la madurez? ¿A cuánto los horizontes perdidos en países y escenarios imposibles? ¿De qué sirve el continuo diálogo de libros entre libros a través del cual uno nos lleva a otro en una red silenciosa de palabras que invitan a la fantasía? Las historias nos divierten, nos emocionan, nos consuelan, nos evaden, nos enseñan, nos estremecen y nos hacen crecer, sonreír y temblar. Hace unos días que cruzaba el último de los horizontes un icono de las historias, de las grandes historias. Alguien que me enseñó desde pequeño que la valía que otorgamos a las cosas sencillas, al hogar y a los nuestros no está reñida con el valor, con ese paso al frente que la vida nos implora de tarde en tarde y que siempre nos arrepentimos de no dar. Como también me enseñó que el camino hacia los grandes proyectos y la persistencia frente a las ilusiones se inician con un primer paso que comienza en el umbral de tu casa. La vida es algo más que ver las horas pasar. Y lo acomodaticio, desde nuestra sinceridad más profunda, casi siempre está reñido con las ilusiones y los sueños. Como decía, hace unos días que Sir Ian Holm partía hacia la otra orilla y, junto a él, el recuerdo del hobbit más famoso: aquel que nos enseñó que la vida se alza como la Historia de una ida y una vuelta. Como también, casi de la mano con el anterior, se marchaba Ruiz Zafón para aguardar nuestra llegada desde el otro lado. Echada está la llave de su Cementerio de los libros olvidados, pero sus historias, todas las historias, siguen flotando en una eterna comunicación que nos contacta con otros, genera vida, conversaciones, encuentros y buenos momentos que, sin duda alguna, recordaremos en el último de los que viviremos. Y es que es muy posible que si yo pudiera elegir con total libertad a aquellos que pudieran pasar por mi habitación el día de mi muerte para darme la mano antes de dejar estas costas, sin duda alguna, haría llamar a mi familia y a mis amigos de hoy, de ayer y de siempre. Pero también, puestos a pedir, me gustaría que pasaran por allí Guillermo de Baskerville, Fermina Daza, Hercules Poirot, Sherlock Holmes, Wilhelmina Murray y, como no, el señor Bilbo Bolsón.

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