Aunque hay buenos y malos ciudadanos las apariencias engañan. Por ejemplo los hay que en sus capas superficiales son educados, no levantan la voz, reciclan basuras, dan los buenos días, evitan molestar y respetan las normas urbanas, pero defraudan a Hacienda a mansalva y su buena ciudadanía es pura fachada. El problema es que esto resulta difícil de saber: son malos ciudadanos asintomáticos. Curiosamente el asunto de las mascarillas permite que aflore a la mismísima cara un dato claro sobre la civilidad de fondo, al ser obvio que un ciudadano que no la usa y se convierte en factor de riesgo para los demás no es buen ciudadano. Durante un tiempo (hasta que caigan en la cuenta de que se delatan) los veremos en las calles, espacios públicos y tiendas. El juego de ir atento deparará sorpresas, y hacerlo (incluso formar un registro mental de ciudadanía) no atenta al derecho a la intimidad.