04 de julio de 2020
04.07.2020
La Opinión de Málaga
Artefactos

*felicidad

04.07.2020 | 05:00
*felicidad

Fue al principio del estado de alarma. Estábamos tumbados en el sofá, después de comer. Yo leía un libro, no recuerdo su título, mientras Lau hacía crucigramas. Sonaba Alejandro Pelayo, La memoria de la nieve. Llovía, llovía en Málaga como si fuera Coruña y Telma dormía en su rincón. Volví a leer aquel párrafo de aquel libro. No tenía nada que ver con mi pensamiento, pero me había llevado hasta él. Lo marqué con un signo de admiración y escribí con tinta violeta "Tengo más de lo que necesito".

Cuando me siento feliz, me asalta, inmediatamente, el presentimiento de que algo arruinará esa felicidad. Como si no me lo mereciera.

El libro lo había comprado ella. No sé dónde ni por qué. Compramos libros. Y, aunque ella me dijo que se lo había terminado, yo no la creí. Hay libros que olvidamos, pero que nos siguen perteneciendo, a los que podemos volver con solo leer una de sus páginas. Aunque ya, ni ellos ni nosotros, seamos los mismos.

Hace mucho tiempo, aun no había teléfonos móviles, Lau llegó una hora y media tarde a nuestra cita. Debía ser la segunda o tercera vez que quedábamos. Apareció con su sonrisa y un ramo de margaritas.

"Yo todavía no conocía la erosión que conlleva la convivencia doméstica y estaba contenta con mi nueva vida" escribe Yuko Tsushima en el segundo capítulo de Territorio de luz. Redacto esto sin una opinión formada sobre la novela. No he terminado de leerla, pero me urge plasmar aquí, también, mis pensamientos. Compartirlos. Tsushima escribe al detalle, sin aspavientos. Un tiempo pasado, pretérito, en el que ella y su hija vivieron en un edificio de oficinas en el centro de Tokio. Se acababa de separar de su marido.

Desde la solidez de mi matrimonio, me contagio de su miedo. Me pregunto ¿Se puede escribir sobre la (feliz) cotidianidad? La respuesta parece sencilla: es necesario el drama. No se puede hacer buena literatura con buenos sentimientos. Por eso cada página es la promesa de que esta madre, que trabaja de bibliotecaria, y su hija se terminarán enfrentado a algo atroz. Es una promesa que espero que no se cumpla. Y, al mismo tiempo, me obliga a seguir leyendo.

A veces, tengo la sensación de estar leyendo una autobiografía, ¿importa?

El paso del tiempo, la luz y las sombras. Ese edificio de oficinas como un paquidermo inútil donde madre e hija se desean la felicidad. Fragmentos tan bellos como "Cuando advertí ese color tan intenso en medio del tejado envejecido, tuve un mal presagio y se me aceleró el corazón de inmediato. Me asomé por la ventana y entorné los ojos. Eran papeles de origami. Un papel rojo. Un papel azul. Verde, amarillo. Cada uno de los papeles de origami que le había comprado a mi hija unos días antes se había ido posando lentamente, tomándose su tiempo, disfrutando del viento, sobre el tejado. Sin duda la niña los sacó del envoltorio uno tras otro, después estiró su pequeña mano por la ventana y los arrojó al vacío. Con sus tres años recién cumplidos, debió de reírse a carcajadas, llena de felicidad, viendo tantos papeles de colores ondeando al viento y precipitándose sobre el tejado".

Precisión en cada una de las palabras. Y sentimiento.

Esta es la historia de una mujer que acaba de divorciarse y tiene una hija. Una mujer que no entiende por qué ha pasado lo que ha pasado. Ella sigue amando (y deseando) a su marido. "...había sido mi mejor amigo. Había sido la única persona de la que había esperado que entendiera mis sentimientos". Una mujer que se ve obligada a rehacer su vida y no sabe cómo porque todo lo que le han dicho, desde siempre, es que debe tener una pareja, debe vivir en pareja, ¿dónde va a ir ella sola? Con una niña de tres años. "Desde que me divorcié, todo me fue de mal en peor. No volví a encontrar a nadie como él [...]. No va a encontrar a nadie como él. No le espera nada bueno" son los consejos que le ofrecen.

Los capítulos, casi relatos autónomos, se deslizan ante mí con suavidad y una precisión que me asalta. El abandono, el miedo a lo que pueda suceder, sobre todos ellos. Momentos que parecen tomados con una Polaroid, una sucesión de imágenes que necesitan su tiempo para decantarse, un estudio del detalle, de las emociones. "...un espectáculo silencioso, en el que nada se movía". Y una revelación que duele por cierta "Los padres son solo los padres, no son nadie especial. Hay padres a los que hay que abandonar por el bien de uno mismo".

Una sucesión de polaroids (no creo que sea casualidad la portada) que nos muestran sus éxitos y sus fracasos, los errores que se cometen cuando el cansancio y la angustia vencen a la razón y el cariño. Una historia sobre la maternidad desde ambos lados. "A pesar de todo, soy madre, me dije para mis adentros. Quería creer que, por muchas estupideces que cometiera, aún quedaba algo incorruptible en mi interior". Como madre, como hija, la protagonista nunca termina de contarnos todo lo que sabe. Y eso me crea incertidumbre.

Jueves, después de comer, han pasado más de tres meses desde que escribí con tinta violeta "Tengo más de lo que necesito". Termino de leer Territorio de luz, una historia sobre la soledad y los sueños, con cierta sordidez soterrada. Lau y yo estamos en el sofá. Todavía faltan unos minutos para las cuatro y media. Tercer día de Terral. Observo como el viento juega con la vela que hemos puesto en la pérgola. Quizá, si le damos tiempo, la vegetación termine por cubrirla y no sea necesario que pongamos un toldo. La buganvilla blanca está como despeinada. No le queda ninguna bracea. Sin embargo, el jazmín de Madagascar permanece impoluto. Sus flores son como de miga de pan, blancas también. Huele mucho menos que el jazmín de la esquina, el que da nombre a la casa. Y la que más ha crecido, la más fea de este concurso, porque es como desgarbada, sus hojas de varios verdes y amarillos, como un traje de camuflaje. Tiene unas flores ligeramente rosadas, no recuerdo su nombre. Ha lanzado ramas hasta el otro lado de la pérgola, le han salido brotes de los nudos, ha florecido. Pregunto, en voz alta, ¿Crees que lo conseguiremos? Lau se encoge de hombros. Estamos tumbados en el sofá, tengo mis pies hacia ella. Dejamos, despacio, en silencio, que pasen esos minutos que nos quedan.

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