05 de julio de 2020
05.07.2020
La Opinión de Málaga
Notas de domingo

Terral y bourbon

Padezco resaca imaginaria de imaginar una cena que habría sido gozosa. Mi hijo de pasos hacia su conversión en lobo de mar y por fortuna los buenos libros no dejan de aparecer

05.07.2020 | 05:00
Terral y bourbon

Lunes. Un alboroto de padres con sus chavales, que llevan mochilas de vivos colores. Coches en doble fila. Toda la mar enfrente. Campamento. El diseño de las mascarillas ha evolucionado una barbaridad. Hay quien deja a su hijo como quien al fin suelta un molesto paquete. Otros lo despiden como si se fueran a la guerra de Corea y no falta quien exhibe una prisa impostada. Me voy a desayunar y miro la mar en la que tal vez mi hijo ahora esté nadando. Cuando lo recoja a mediodía verbalizará un resumen propio de un futuro lobo de mar: «montar en barco está bien, pero te dan demasiadas explicaciones». Surge un improvisado almuerzo en lugar desde el que se ve la costa de África. Está saliendo el día muy marino así que me voy a casa a tomar un poco la sombra y a exponerme al ordenador.

Martes. «Faulkner: leerlo da calor y produce envida. No conviene imitarlo. Es insuperable». Me llega el 'Abecedario del lector' (Paidós), obra de Adolfo García Ortega, que ganó el Premio Málaga de Novela con 'Una tumba en el aire' (Galaxia Gutenberg, 2019). Es volumen nutritivo y didáctico, ingenioso. Me gustan los diccionarios. Sobre todo los subjetivos. «Biblia: sucesión de desgracias».
Por algún lugar de la casa andará 'El diccionario del diablo', de Ambrose Bierce, Biblia del descreimiento, la socarronería y lo corrosivamente incorrecto. Un clásico. Lo publicó en periódicos, casi mil definiciones. Luego fue libro. Bierce: «Cita: repetición errónea de palabras ajenas».

Miércoles. Me pierdo una cena con Paco Reyero y Agustín Rivera, no sé cuál de los dos tiene más raza como periodista. Entre la vocación de uno y la vocación de otro están dejando poca vocación para los demás. Reyero ha presentado en la Diputación de Málaga la versión en inglés de su libro sobre Bernardo de Gálvez ('Y Bernardo de Gálvez entró en Washington'), que salió hace un año en castellano. Gálvez, de los Gálvez de Macharaviaya, fue un héroe de la independencia americana. Hace no mucho colgaron su retrato en el Capitolio y a ello contribuyó también Alfonso Vázquez, periodista de esta casa e igualmente gran experto y divulgador de Gálvez. Fantaseo con cómo habría sido la cena. El chocar de unos vasos de cerveza brindando, la conversación, el entusiasmo de ambos derrochado y quizá salpicando los espetos de sardina. Me he imaginado tanto cómo de gozoso habría sido el encuentro que al día siguiente, al despertar, tengo resaca, creo que tengo resaca. No es una resaca de libro. Ni de garrafón. Es galvenstoniana, o sea, marcial, heróica, con toque americano tal vez por el bourbon. Bourbon imaginado. Kingsley Amis ('Sobrebeber', Malpaso Ediciones) clasificó dos tipos de resaca, metafísica y física. La mía es metafísica, aunque me apetece más el remedio que da para combatir la otra: «Practica el acto sexual con vigor». Miedo me da preguntarles cómo lo pasaron.

Jueves. Hace ese calor que describe Soler en su última novela. Un calor también como de crimen pasional, de España negra. Un calor de terral, un viento que ya se iba mereciendo su literatura. Pla hacía literatura con la tramontana, pero a mí lo que se me ocurre son blasfemias. Cae fuego, el viento es como una férula inmovilizadora. No se habla de otra cosa si es que hay humor para hablar. El terral, nos lo explican todos los años, es un viento caliente de no sé cuál procedencia. Es el aliento del demonio. El terral es también el nombre de un acreditado ciclo de conciertos. Y un género periodístico, incluso un género columnístico. Colecciono columnas sobre el terral. Pero las voy a mandar a tomar viento.

Viernes. Voy a trabajar en pantalón corto. No sé si es un acto subversivo o un atentado estético. Pero eso tiene un artículo por sí mismo. Corto.

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