12 de julio de 2020
12.07.2020
La Opinión de Málaga
Mis días marinos

Atardecer en Churriana

Lo de Santa Tecla clama al cielo. Clara y maliciosamente, después de agostar su bellísimo jardín, se está dejando caer a trozos su hermoso palacete en un lento declinar

12.07.2020 | 05:00
La Casa Brenan.

«La Casa Brenan, que empezó siendo poco más que un sueño imposible, tuvo la fuerza suficiente como para resistir la tentación de intentar convertirse en el hogar inventado de Brenan, que tantas veces hemos contemplado, cuando éramos turistas, desde Shakespeare a Cervantes. En Málaga hubiera resultado muy fácil reunir algunos viejos muebles ingleses y crear el ambiente ficticio del decorado de una función teatral. Afortunadamente no fue así»

Cae la tarde de julio y una luz transparente y dorada va desvaneciéndose sobre la umbría de los esplendidos árboles, cuyas copas se asoman sobre las buganvillas moradas con fondo de blancas tapias de la Casa Brenan, el espejo del agua mansa de la alberca refleja la belleza de las sombras del paraíso. Un intenso olor a romero y salvia inunda el aire, mientras la hiedra asciende verde intensa por las escaleras exteriores de la casa. Una lánguida calma invade el jardín, dos cipreses se lanzan al vuelo en paz y quietud y hasta la voz humana adquiere un tono quedo y susurrante, extrañamente presente en un rincón tan mediterráneo y tan propenso a la algarabía. La conferencia de Pepe Guirao -el incomprensiblemente defenestrado ministro de cultura, intelectual sólido de extensa y honda trayectoria- sobre el palacio de la memoria de José Ángel Valente, ha añadido comedimiento, profundidad y ternura con la evocación de un mundo perdido de risas y versos a la caída de otras tardes en la playa del Cabo de Gata. Nada turba el aire, nada rompe la armonía de un cielo en paz, nada ahuyenta la belleza presente en los cinco sentidos. El borde de la alberca tiene la suave rugosidad de la cal, mientras la estructura de la pérgola metafísica evoca a Gamel sentada en un sillón de viejo mimbre, a la espera del regreso de Gerald de su paseo vespertino con Julio Caro Baroja. El ayer y el hoy se cruzan en estos minutos de despedida de los asistentes, unos llegaban y otros marchan en una confusión de tiempos, en un ejercicio de melancolías y nostalgias.

La Casa Brenan, que empezó siendo poco más que un sueño imposible, tuvo la fuerza suficiente como para resistir la tentación de intentar convertirse en el hogar inventado de Brenan, que tantas veces hemos contemplado, cuando éramos turistas, desde Shakespeare a Cervantes. En Málaga hubiera resultado muy fácil reunir algunos viejos muebles ingleses y crear el ambiente ficticio del decorado de una función teatral. Afortunadamente no fue así. Quizás la falta de presupuesto, derivada de la escasa confianza en la viabilidad del proyecto, hizo que la propia vida interna de la casa llevase a la feliz ocurrencia de empeñarse en ser un centro de estudios «geraldianos» un lugar de reflexión, conferencias, exposiciones, pequeños conciertos, poco a poco, con muy escaso dinero, venciendo la inercia malagueña de que «está muy lejos de calle Larios». Cuidando el detalle, equilibrando la frialdad de panteón de ese impropio pavimento de mármol blanco con la belleza antigua y señorial de los suelos hidráulicos de las viejas casas de Málaga, utilizando una cálida madera que tiene algo de rústica, pero también de la exquisitez de los muebles de la Residencia de Estudiantes, soñando con tener apoyos del British y del Spanish Council, con constituir una asociación de amigos de la Casa Brenan y con crear una gran biblioteca hispano-británica trufada de amor y odio. El camino que inició Silvia Grijalba ya está consolidado por el esfuerzo tenaz, incansable y esforzado de Alfredo Taján, que ha pasado a ser el apóstol creyente de una empresa que ha dejado de ser una quimera.

¿Qué hay en la antigua Siryana fenicia, qué talismán, qué poder de atracción para esa Promenade des anglais de residencias bellísimas, Casa Brenan, San Javier, El Alamillo, El Carambuco, La Cónsula y muchas más, hasta la gloria de El Retiro? Quizás la combinación de naturaleza y cultura ha sido definitiva para ello. Vegetación desbordada, agua abundante y buena, clima suave, unas montañas que la resguardan y un valle por delante, que antes de que se cometieran múltiples destrucciones del patrimonio, tanto por exceso, como por defecto y antes de que se construyera el aeropuerto -que como el de Miami, se ha quedado dentro de la ciudad- debió ser un mar de verde caña de azúcar, como el valle de los Ingenios de Trinidad en Cuba, en el que a la caída de la tarde, las carretas cargadas de caña ordenadamente apiladas traqueteaban renqueantes al paso cansino de enormes bueyes camino de la Azucarera. Esta es la otra España, la que huele a caña, tabaco y brea. Y fue la burguesía la que construyó y creó todo esto, esa misma burguesía que, con todos sus defectos, sus envidias, sus injusticias, su despiadada, a veces, ruindad, fue la burguesía la que creo todo esto, esa misma burguesía que siempre está en el punto de mira de los creadores de miseria, de los amargos holgazanes de larga palabrería y nula consistencia intelectual, de los amigos de lo ajeno, de los populistas empobrecedores, que cargan de impuestos el trabajo y el esfuerzo, para después hacer el paripé de distribuirlo entre los más necesitados, que ellos mismos han creado con su sectarismo ideológico y su ignorancia total. Mientras un español que se ha pasado la vida deslomado trabajando desde los catorce años no tiene derecho a nada, estos salva patrias se reparten el botín y compran voluntades y votos. Como el sheriff de Nottingham en tiempos de Robin Hood. ¿Qué tiene que ver este discurso con la línea que he seguido hasta ahora? Mucho, todo. Tiene que ver todo. ¿Qué hubiera dicho una vecina de Churriana como la gran historiadora de la economía española Margaret Grice-Hutchinson, si hubiera contemplado el espectáculo de la España de hoy, cuando esta tarde la U.E, ha rechazado a Calviño como presidenta del Eurogrupo por razones claramente políticas? Y es que además, en este mundo al revés, una burguesía zafia de nuevos ricos analfabetos, muy diferente a la que construyó todo eso hace más de siglo y medio, está a punto de destruir una de las fincas más hermosas que en su día fueron, Santa Tecla.

Lo de Santa Tecla clama al cielo. Clara y maliciosamente, después de agostar su bellísimo jardín, se está dejando caer a trozos su hermoso palacete en un lento declinar. Y no es solo la destrucción, sino la pretendida construcción de cientos de viviendas, hoteles, campos de golf y demás aparejos que llevan consigo todos estos mega proyectos, que con la que se avecina, pueden quedarse en una más de las construcciones fantasmas que jalonan la autopista, encaramadas en paisajes insólitos y habitadas por todo tipo de okupas, que pronto pueden ser legalizados. Y aunque pudieran terminarse y el proyecto llegara a buen fin del bolsillo de los promotores, casi sería peor. Berta Gonzalez de Vega escribió unas valiosas líneas, un hermoso borrador de un proyecto que se basa exclusivamente en la búsqueda de la excelencia. No ha sido casual que antes haya mencionado la Residencia de Estudiantes, la edad de plata de la cultura española, y en la que Málaga jugó un papel tan crucial, vinculada a ella por múltiples lazos, desde la idea matriz de Francisco Giner de los Ríos, pasando por la cuna de Jiménez Fraud, hasta el nunca valorado e injustamente olvidado Domingo de Orueta y el número de celebres residentes malagueños que allí estudiaron, maduraron y crearon. ¿Por qué no dedicar Santa Tecla a un gran proyecto educativo, en un lugar tan lleno de potencialidades, como sabiduría alberga su memoria? La Institución Libre de Enseñanza sería su modelo a seguir. Un lugar de acogida para investigadores, creadores en todos los campos del saber, en el que convivieran estudiantes y profesores y al que los malagueños tuvieran acceso preferente a su biblioteca, a sus conferencias, a sus conciertos, a sus excursiones. Literalmente, una casa en el campo, dedicada al cultivo del saber en todas sus amplísimas y complejísimas posibilidades, desde el arte a la agricultura, desde la filosofía a la carpintería, desde las matemáticas a la física cuántica, desde la gastronomía a la historia. Un lugar en el que cada alumno pudiese elegir la materia a estudiar, como ocurre en Oxford, o Cambridge. Una gran residencia de estudiantes y profesores en el campo, aunando aire libre, libertad de pensamiento, buenas ideas y sanas intenciones. Un lugar para el pensamiento, el estudio, el deporte y la diversión, por supuesto. Un lugar en el que no hubiera ni buenos, ni malos, ni rojos, ni azules, ni blancos, ni negros, ni hetero, ni homosexuales, ni hombres, ni mujeres, ni impuesta corrección política, un lugar donde todos fueran personas, simplemente, seres individuales, dotados de inteligencia, en busca de su lugar en el mundo. Un lugar en el que se aprendiera a ser libre, que cultivara como en los college ingleses, en el renacimiento, en Grecia y en Roma, tanto el cuerpo como la mente. Esto es cultura, de verdad, solida, impecable, pujante, profunda. Todo lo hecho hasta ahora está muy bien, pero también en esto la pandemia puede resultar definitivamente implacable. Y aparte del miedo, que sigue latente, tengo para mí que ha cambiado el modo de pensar de mucha gente, y que es posible que el mundo de los centros comerciales donde pasar el domingo con los niños y las vacaciones en un adosado tengan una cierta, pero no muy larga virtualidad. ¿Cómo, quién y por qué va a autorizarse algo tan disparatado como lo que se intenta? Esto es una grave equivocación, que aún tiene solución si se quiere.

La tarde ha caído definitivamente. Huele a dama de noche y estefanotis. Una absoluta calma mantiene inmóviles a los árboles. Es una cálida y bellísima noche de julio. Muchas casas encendidas y escaso tráfico en la calle. En poco rato seguiremos soñando. Y esperando el amanecer.

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