09 de agosto de 2020
09.08.2020
La Opinión de Málaga
Mis días marinos

Un largo y cálido verano

«Los genios humanistas aman a los viejos arboles tanto como a una hermosa y antigua construcción, porque conocen que la obra de la naturaleza en crear algo así es superior a la de Salomón en toda su gloria. Recuerdo nuestros largos paseos por las calles habaneras, abigarradas de una multitud a la que iba saludando por sus nombres»

09.08.2020 | 05:00
Eusebio Leal y el autor de estas líneas andando por la Habana Vieja.

Suele ser el verano una estación del año en que grandes tragedias quedan semi ocultas y pronto olvidadas por el insoportable calor, la bajada de tensión, el sudor, la actitud mental de una continua siesta y el alejamiento a lugares insólitos de la mayoría de los parientes y amigos. Ello trae consigo una predisposición a la melancolía, acentuada por las gafas de sol que ocultan nuestras miradas de ardiente deseo , como la calima en el asfalto, al desnudo de verdaderas esculturas vivientes, o de repulsión emética a desbordantes carnes blanquecinas de axilas melenudas. Ahora que vivimos un tiempo en que todo está regulado y reglamentado, ante la alegría ciudadana, que no solo no rechaza las prohibiciones constantes, sino que parece desear una dosis diaria, podrían situar un jurado a la entrada de las playas, que decidiera quién puede y quién no mostrar su cuerpo juncal, simplemente por una cuestión estética. Los rechazados, incluido yo a mis años, tendríamos que conformarnos con una ducha hogareña. Pero me temo que no es una idea políticamente correcta, dado el feísmo imperante.

Este verano, al que la gente califica de «raro» para no llamarlo simplemente terrorífico, está siguiendo la estela de espanto que se inició el uno de enero y mejor es no pensar en lo que nos queda por delante. A la muerte de personas muy queridas, ocurridas en una primavera sin sonrisas, se une la ruina de un sector como el turístico, verdadera columna vertebral de la economía española, aunque algunos lo desprecien por su escaso valor añadido, el desplome del PIB, la tristeza de las calles incluso cuando circulan personas o vehículos, el silencio de los autobuses con viajeros enmascarados que se esquivan para no rozarse, los esbozos de sonrisas en los supermercados, las vergonzosas colas al sol a la puerta de los bancos siempre pensando en la comodidad del cliente, los cuarenta y tres punto siete grados de hace una semana€¿se han dado cuenta de que en pleno verano es muy raro ver un avión sobrevolando la bahía, en el centro de la cual está fondeado un barco fantasma de cuya chimenea sale un constante hilo de humo que se eleva vertical por la carencia de viento, como si fuera a partir hacia puertos que nunca existieron?

La llegada de la peste china ha ayudado a que cuestiones muy graves hayan pasado casi desapercibidas, cuando no aplaudidas. Ya hemos olvidado que el uno de agosto la Hagia Sofía, el templo de la Santa Sabiduría, construido hace mil quinientos años por los excelsos bizantinos, el Imperio de Oriente, la Segunda Roma, la mayor cúpula nunca construida por Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto hasta que Miguel Ángel erigió la de San Pedro, la de los gigantescos mosaicos de teselas de oro del Pantocrátor y la Theotocós, donde eran coronados los emperadores Comnenos, Angelós, Heraclianos, Isaúricos, Justinianeos y Paleólogos, con cetros, mantos y coronas de oro que portaban jóvenes dalmacios con áureas dalmáticas -de ahí su nombre- delante del Iconostasio de plata pura de veinticinco metros de largo, la Hagia Sofía, insisto, ha sido consagrada como mezquita por ese Putin turco, llamado Erdogan, ante la indiferencia de la UNESCO y de Europa entera, que asiste impertérrita a su propia disolución. Al menos en 1453, los bizantinos lucharon como leones ante las tropas jenízaras de Mehmet II, que concedió a su ejército el absoluto derecho al saqueo, el robo y el asesinato durante tres días en los que se profanaron los más sagrados lugares de la elegantísima, inteligente, cultísima y bellísima Constantinopla, capital del mundo durante mil años, para sustituirla por la Sublime Puerta, que en 1900 era llamada «el enfermo de Europa». Y cualquier comparación con Córdoba es inadecuada, porque Kemal Ataturk, el líder de los «jóvenes turcos», que derrocó al sultán y que luchaba por un país occidental y moderno, aunque en 1923 asesinó a dos millones de armenios en el primer genocidio reconocido como tal, declaró a Santa Sofía como un monumento a la historia turca en 1934 y desde entonces nunca se ha celebrado allí ningún acto religioso. ¿Qué será ahora de todo el impresionante patrimonio cultural cristiano? Por ahora han empezado a cubrir los mosaicos con cortinajes. Y Erdogan está dispuesto a seguir adelante, creando un nuevo foco de conflicto, el de siempre, en el vientre de Europa, amenazando con abrir fronteras a la inmigración en masa, desequilibrando a la moribunda OTAN y enfrentándose a Grecia, que se considera heredera de Bizancio. Europa mientras tanto dormita.

En el puerto de la antes bella, elegante y mediterránea Beirut, se ha producido por razones desconocidas una explosión de tal magnitud en ese eterno polvorín de Oriente Medio, que puede ser la puntilla que haga morir al país tolerante, civilizado, rico y comerciante de los años treinta, la cuna de Fenicia y de Baalbek, el país donde crecen los cedros símbolos de los justos, después de una agonía provocada por fundamentalistas, Hermanos Musulmanes, Hizbulla e israelíes durante décadas. Y Europa dormita.

Y en España, patria agonizante entre el aburrimiento enmascarado, la ruina embozada, el sesteo veraniego y la indiferencia ibérica que dura hasta que el péndulo histórico da un violento vaivén hacia el otro extremo y se arma una de nuestras impresionantes trifulcas, se lleva a cabo uno de los actos más indignos e indecentes de nuestra historia, por antijurídico, por erróneo, por miserable, por injusto, por desagradecido, por sin sentido, por insensato y por doloroso, ante el espectáculo grotesco de un pueblo de bueyes que se ríe con los memes y un empresariado, unas instituciones, unos intelectuales y un mundo financiero, que callan por cobardía: la salida del Rey Juan Carlos de España, sin acusación y sin condena, al que todos los que han enmudecido le deben sus fortunas y haciendas, aunque solamente sea porque el sistema de libertades que, le guste a quien le guste, trajo la renuncia de sus poderes absolutos, que facilitó la promulgación de una Constitución democrática y el ingreso en el Mercado Común, sin cuya entrada la economía española sería comparable a la turca y las grandes fortunas personales solamente podría tener como origen alguno de los juegos de azar que tanto gustan aquí. Y no solo es la Corona el objetivo perseguido. No, sean algo más largos. Esto supone la entrada en la cuarta economía de la Unión Europea de la desestabilización, del populismo, de un lenguaje político que nos es ajeno, de unas formas de hacer política que creíamos desaparecidas para siempre, de una forma repugnante de enriquecerse y de consagrar a la mentira y la zafiedad como las formas habituales de expresión en la vida pública. España era la vía adecuada para la entrada de todo esto en el continente. Y Europa dormita.

El 31 de julio ha muerto en La Habana Eusebio Leal Spengler, el Historiador de la Ciudad, extraño título como casi todos los que utiliza el régimen cubano, que abarca lo que aquí sería la Gerencia de Urbanismo, el Área de Cultura y todo lo referente a restauración y rehabilitación de edificios históricos, además de fiestas, bibliotecas, actividades culturales en sentido totalizador, referido a la Habana Vieja, el deslumbrante conjunto monumental y arquitectónico que construyó el Imperio y que continuaron las clases altas criollas hasta la Revolución.

Puede que lo que voy a escribir en las siguientes líneas no guste excesivamente a algunos amigos cubanos en el exilio, pero ello no va a ser óbice para que diga cosas que nacen de dentro y que uno no tiene por qué callar. No puedo decir que Eusebio y yo fueranos amigos y no tengo nada que ver con su marxismo, ni su castrismo -aunque podría contar algunas cosas- ni su cristianismo militante por su amistad íntima con el cardenal Jaime Ortega. Creo que intentaba sobrevivir y salvar a su enamorada Habana. Pero sí mantuvimos durante varios años una muy fluida relación, que llegó a la confianza y que nos llevó a un frecuente cruce de correos electrónicos y a encuentros personales suficientes como para llegar a la conclusión de que era uno de los hombres realmente brillantes que he conocido, una persona inteligente y erudita, con una vasta cultura adquirida de forma autodidacta, desde que a los diecisiete años, tumbó su cuerpo pequeño y flaco en el pavimento de adoquines de madera a la entrada del palacio de los Capitanes Generales, mientras gritaba «por encima de mi cadáver», cuando operarios municipales intentaban arrancar aquella joya obra de un pasado glorioso. Simplemente por amor a la belleza, porque su formación era todavía menguada, según el mismo me contó en una ocasión en el café del hotel Ambos Mundos en la calle Obispo, en el que solía residir Hemingway. A su profunda formación de tintes ilustrados desde Feijoo a Jovellanos, unía un verbo apasionado y profundo en su hermosa voz, exuberante, bellísimo, rico y tropical, como la guayaba que salvó en la obra del convento de Paula, igual que hizo Gluckman aquí con la higuera del museo Picasso. Los genios humanistas aman a los viejos arboles tanto como a una hermosa y antigua construcción, porque conocen que la obra de la naturaleza en crear algo así es superior a la de Salomón en toda su gloria. Recuerdo nuestros largos paseos por las calles habaneras, abigarradas de una multitud a la que iba saludando por sus nombres y ellos le contaban sus problemas, mientras me mostraba el palacio de los condes de Jaruco, o de Lombillo, o de Arcos, la Plaza Vieja, mientras en El Aljibe un grupo cantaba 'Chan Chan', «de Alto Cedro voy para Marcané», que según mi querido y nunca olvidado Rafael García Padilla era lo mismo que cantar «de Chilches voy pa la Cala». Adorada Habana, luminosa y digna en su miseria, cuando en el jardín del hotel Nacional, Eusebio con orgullo patrio me enseñaba los cañones de la Armada Española apuntando al norte y uno sentía que la tierra que pisaba era la otra España, de la que él también formaba parte y a la que amaba apasionadamente. Y un día en el claustro del convento de San Francisco a petición mía, cogió unas semillas, unas pequeñas bolitas y me explicó como había que hacer y hoy una hermosa palmera real de Cuba se yergue en casa de mi hermano Gonzalo, y sus palmas verde intenso se mecen con el mismo ritmo pausado de un son cubano. Y aquí en Málaga, mientras le enseñaba la ciudad, al llegar a la plaza de la Merced se paró en seco, con su eterna guayabera gris y dijo «aquí abajo hay algo muy fuerte, una fuerza telúrica», con la convicción con que los caribes hispanos sienten el poder de las fuerzas del Más Allá. Y elogiaba la edificación del XIX del centro histórico y se quedaba fascinado ante el palimpsesto de calle Alcazabilla y me decía «allá me falta de los moros p'atrás». Y me hablaba de sus obsesiones, Félix Varela, Carlos Manuel Céspedes y sobre todo José Martí. Eusebio no restauraba y reconstruía por mero afán de crear un decorado, sino porque creía que Cuba era un monumento al mestizaje, como un todo, como el eje sobre el que gravitaba la construcción nacional. Y aunque amaba aparentemente a los tres por igual -caribes, africanos y españoles- cuando se paraba ante las fortalezas de la bocana del puerto, o ante el Seminario de San Carlos, decía: «¡Qué grande es España!».

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