16 de septiembre de 2020
16.09.2020
La Opinión de Málaga

Cartas al director

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16.09.2020 | 21:35
Cartas al director

Residencias de ancianos

Cuando yo era un niño o un jovencito, las residencias de ancianos no existían o había muy poquitas. Los ancianos normalmente hasta que fallecían permanecían al cuidado de sus familias. Y cuando esto no era posible, porque estaban solos o carecían de parientes, iban a lo que ordinariamente se llamaba 'asilo para viejos'. En Málaga, que yo recuerde, había dos regentados por las Hijas de la Caridad: el Asilo de Los Ángeles y el Asilo de las Hermanitas de los Pobres, que está frente a la estación María Zambrano. Los mayores que tenían posibilidades económicas iban a pasar el último tramo de su vida a los hoteles o a las pensiones. Recuerdo que tanto en el Hotel Pez Espada como en el Hotel Tritón había ancianos que se hospedaban los 365 días del año como si fuesen sus propias casas. Con dinero se compra todo o casi todo. Medio siglo atrás, estando yo viviendo en Londres, tenía una amiga muy entrañable, que se llamaba Mandy Lipman, e íbamos semanalmente a una residencia de ancianos donde se hospedaba su abuela. Esta residencia para personas mayores era de titularidad judía y estaba regentada por personal de la misma religión. Sus huéspedes habían vivido todos la II Guerra Mundial y el terror ocasionado por Hitler con personas que practicaban esa religión monoteísta. Yo estaba encantado de acompañar a Mandy todos los sábados por la tarde a ver a su abuela, porque era una mujer muy dulce y cariñosa. Y todo hay que decirlo, las visitas se hacían en un salón, donde las auxiliares de la residencia constantemente nos ofrecían té, chocolates, café, refrescos, pastas, sándwiches, pollo, jamón, queso, etc. Me quedaba alucinado de cómo la comunidad judía en Londres cuidaba de sus mayores.

Allí estaban atendidos sanitariamente las 24 horas por médicos y médicas, enfermeros y enfermeras. Cuando regresé a Málaga pude contrastar que dependiendo de dónde se nazca, se vivirá de una forma u otra. Los miles de ancianos que han fallecido por el coronavirus en las residencias, la culpa al cien por cien se la echo a las instituciones públicas tanto estatales como autonómicas. Por no exigir a estos establecimientos que para poderles dar el permiso de apertura deben garantizar un servicio médico diario de la salud de sus hospedados, personas especialmente vulnerables. Además de inspecciones periódicas que verifiquen que estas normas sanitarias se cumplan a rajatabla.

A ninguna residencia de ancianos le interesa que fallezcan sus residentes, ya que automáticamente pierden un cliente de por vida. Mientras mejor cuidados estén, más se prolongan sus vidas, así como su estancia y los honorarios mensuales que la residencia recibe. Por ejemplo, si voy a una cafetería y me sirven un café mal hecho, no vuelvo. Si voy a un bar y me ponen un vaso sucio para tomar un refresco, además de rechazar el vaso, no vuelvo. Si voy a un restaurante y la comida me la ofrecen en malas condiciones, no vuelvo. Si voy a un hotel y las sábanas de la cama donde voy a dormir están sucias o tienen mal olor, no vuelvo. Si voy a un comercio y tengo que esperar a la persona que me va a atender, porque se está fumando un cigarro en la calle, no vuelvo. Entonces, entiendo que a nadie le interesa tirar piedras sobre su propio tejado. Y las residencias de ancianos no pueden, ni deben ser una excepción. Yo tuve una alumna, que era dueña de una residencia de mayores, y me decía: «Yo tengo pánico cuando un anciano se me pone enfermo y puede fallecer, porque mi residencia tiene capacidad para 18 abuelos y si fallecen tres, a mí ya tampoco me salen las cuentas».

Bartolomé Florido. Torremolinos

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