23 de septiembre de 2020
23.09.2020
La Opinión de Málaga
360 grados

Contrastes

Pensé, mientras veía campos de cereales primero y luego, llegados ya a Andalucía, inmensos olivares, en el pueblo del Madrid que había dejado

23.09.2020 | 05:00
Contrastes

Recién llegado de la capital alemana, he dejado el Madrid del gobierno esperpéntico camino del sur. Ha sido un viaje instructivo sobre España vacía, por un lado, y las dificultades, por otro, de controlar un virus insidioso que parece jugar con todos a la ruleta rusa.

Hice el viaje esta vez en coche, en compañía de un viejo amigo de mis tiempos de aquel semanario antifranquista llamado paradójicamente Triunfo y del que no sabrán seguramente nada las nuevas generaciones, a las que se ha querido mantener en la ignorancia de la historia más reciente de España.

Pasamos por viejísimos pueblos de la ruta cervantina, entre ellos el de Almagro, donde mi hermano, el artista Andrés Rábago, más conocido como El Roto, exponía en una galería algunos de sus dibujos dedicados al arte escénico. Fuimos por carreteras de segundo y tercer orden, pues no teníamos prisa y es la mejor manera, lejos de las autovías, de disfrutar del paisaje.

Pensé, mientras veía campos de cereales primero y luego, llegados ya a Andalucía, inmensos olivares que llegaban hasta el horizonte, en el pueblo del Madrid que había dejado atrás, sobre todo los de los barrios del sur de la capital, donde vive la gente más humilde, incluidos muchos inmigrantes, compartiendo pisos demasiado pequeños y obligados a ir al trabajo diario enmascarados y en trenes abarrotados.

Me pregunté si tenía sentido dejar crecer tanto la densidad de las ciudades como Madrid y si no sería mejor trabajar por una mejor distribución de la población por todo el territorio. Haría falta, es cierto, una política de estímulos de todo tipo, pero tendría sentido aprovechar para ello lo que será uno de los cambios más importantes de la actividad laboral: el teletrabajo.

Observé durante el viaje en todos los pueblos, grandes y pequeños, por los que pasamos la enorme y ejemplar disciplina con la que los ciudadanos habían asimilado las instrucciones de los gobiernos autonómicos sobre el uso en todas partes de la mascarilla.

Esa disciplina parecía llegar muchas veces al absurdo cuando uno veía a un ciudadano pasear solitario por una calle desierta sin quitarse un momento el trapo que tapa nariz y boca y le produce a uno la sensación de estar respirando el propio aliento.

Que incluso en pleno monte mucha gente, sobre todo gente mayor, lleve todo el tiempo puesta la mascarilla como si el aire que respira fuese pestilente a uno al menos se le antoja un despropósito. Tal vez sea ese comportamiento fruto del pánico generado muchas veces por el tratamiento mediático de la pandemia.

El problema es más bien otro, como me temía y tuve ocasión de comprobar, llegado ya de noche a una ciudad como El Puerto de Santa María, aunque estoy seguro de que la misma escena se estaría produciendo en cualquier otro lugar turístico costero.

Allí pude ver grupos muchas veces de más de diez personas, en su mayoría jóvenes, agolpadas en torno a las mesas de los bares de copas, sin mascarillas y sin guardar ni mucho menos eso que se ha dado en llamar 'distancia social', hablando a voz en grito y gesticulando como solemos hacer los mediterráneos como si la pandemia no fuera más que un espejismo o un invento de la prensa o de los laboratorios para vender luego vacunas.

Evidentemente algo está fallando cuando vemos coexistir tan distintas realidades – la de los trabajadores de los barrios más pobres de la capital y cualquier otra ciudad grande, obligados a viajar hacinados en los transportes públicos, la de esos ancianos que, temerosos, van hasta por las calles desiertas o incluso por el monte con la mascarilla siempre puesta– y la de esos jóvenes del 'carpe diem' a los que no importan los otros ni el mañana.

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