03 de octubre de 2020
03.10.2020
La Opinión de Málaga
El Adarve

Comparecencia parlamentaria

Es necesario un Pacto Social por la educación. Sentar las bases para que no dependa todo del color político del partido que gobierna

03.10.2020 | 05:00
Comparecencia parlamentaria

El día 22 del pasado septiembre viví una singular experiencia en el Parlamento de Andalucía. Fui invitado a comparecer ante el Grupo de Educación del Parlamento para dirigirme a los representantes de los partidos políticos que integran dicho grupo.

En la carta de invitación se nos decía que «el día 14 de noviembre de 2019 el pleno del Parlamento de Andalucía acordó la creación de un Grupo de Trabajo, actualmente constituido en el seno de la Comisión de Educación y Deporte del Parlamento de Andalucía que tiene como objeto la consecución de un Pacto Social por la Educación en Andalucía».

Se nos explicaba a los comparecientes que deberíamos dirigirnos al grupo durante 20 minutos. Luego seguiría un turno de preguntas de los miembros del grupo que lo deseasen. A mí me gusta hablar de intervenciones más que de preguntas. Por dos motivos. En primer lugar porque si solo se trata de preguntas se da por supuesto que quienes escuchan solo tienen preguntas y el que habla solo tiene respuestas. Y no es cierto. En segundo lugar, porque quienes levantan la mano pueden hacer propuestas, poner ejemplos, ampliar lo expuesto, discrepar de lo dicho, expresar sentimientos. Como sucedió. También hubo preguntas. Pero hubo más riqueza en la parte que compartimos sobre la exposición.

Me gustaron algunas cosas de la experiencia y, otras, no tanto. Me gustó que los políticos (representantes del PP, de Adelante Andalucía, de Vox y de Ciudadanos, más el presidente del grupo) se preocupasen por esta relevante cuestión de la sociedad que es la educación, (para mí la más importante de todas). Les vi atentos, escuchando intensamente, tomando notas e interviniendo con aportaciones diversas en la segunda parte de la actividad. Procuré, dada la hora y el amenazador cansancio, ya que comencé cerca de las dos de la tarde, hacer mi intervención rica y amena. El primer mandamiento de cualquier orador debería ser el siguiente: «No aburrirás ni a Dios sobre todas las cosas». Está claro que si quienes escuchan se aburren, desconectarán por muy interesantes que sean los contenidos que se expresen.

Me gustó que invitasen, como es mi caso, a personas de distinto signo político que el del gobierno de la autonomía. Creo que es necesario contrastar opiniones y conocer perspectivas diferentes a las que inspiran el gobierno de turno.

Me gustó que la sesión se retransmitiese en directo y se grabase para el público. De hecho, he recibido comentarios sobre la mía que me llegaron de personas que no habían asistido y que la pudieron ver posteriormente.

No me gustó que la elección del contenido dependiese únicamente del criterio del compareciente y no de un plan lógico elaborado previamente. Un plan que contemplase de forma rigurosa, secuencial y organizada el conjunto de cuestiones más relevantes para el fin que se busca. Al no ser así, como sucedió esa mañana, el colega que me precedió eligió como núcleo temático una investigación que había realizado sobre el Covid-19. Inmediatamente yo abordé una cuestión de carácter más genérico. Ignoro qué tema trabajó quien actuó a continuación. Ni los miembros del grupo lo sabían antes de empezar la intervención ya que nadie de la organización nos preguntó cuál era la cuestión elegida. Es decir, la secuencia de intervenciones no estaba marcada por la lógica sino por la iniciativa de cada uno de los comparecientes, de manera aislada.

No me gustó que faltase el representante de una fuerza política tan importante como el PSOE. Imagino que la causa de la ausencia estaría más que justificada, pero podría haber sido sustituido por un compañero de partido. Sé que podrá presenciar las intervenciones, pero su contribución resultaba indispensable en el debate.

No me gustó la presión del tiempo aunque, por suerte, de hecho, fue superado ampliamente en las dos intervenciones (la mía y la anterior) que presencié. Media hora es un tiempo excesivamente corto para abordar cualquier cuestión de envergadura en el campo de la educación.

Elegí la primera cuestión de las que se nos sugerían: ¿Cómo debe ser el alumnado al salir de nuestro sistema educativo? Centré mi intervención en dos asuntos cruciales respecto a la pregunta. Cómo debe ser el alumnado y qué hace falta, en primerísimo lugar, para alcanzarlo.

No puedo resumir aquí el contenido de mi intervención. Solo diré que la finalidad fundamental del sistema educativo es que, al terminar, hayan aprendido a pensar y a convivir. Que, al finalizar, hayan aprendido a ser ciudadanos, no súbditos respecto al poder ni clientes para el mercado. Porque si el conocimiento que se adquiere en las escuelas sirviera para dominar, explotar y engañar mejor al prójimo, más nos valdría cerrarlas. En cuando al segundo punto, defendí la idea de que la mejor forma de conseguirlo era seleccionar, formar y favorecer un buen desarrollo profesional de los docentes. Más que el presupuesto, más que la estructura, más que la legislación, más que el currículum, la piedra angular de la calidad es el profesorado.

Tuve muy en cuenta para la elección y el tratamiento del tema (ya que se me daba a elegir) la finalidad y el cometido de la constitución del grupo. ¿Cuál es? La elaboración de un Pacto Social por la educación. Quise hacer hincapié en las cuestiones que permiten alcanzar ese Pacto Social. Es decir, hablé de las cuestiones esenciales en las que todos y todas podemos estar de acuerdo.

Considero necesario alcanzar un Pacto Social por la educación. Es decir, sentar las bases para que no dependa todo del color político del partido que gobierna. Para que no se sucedan las leyes, de manera que la última desmonte todo lo que han pretendido las anteriores.

En la carta de invitación se nos decía: «Asimismo, resulta de interés para el Grupo de Trabajo contar con cualquier escrito o documentación que pueda servir para ampliar, completar o precisar el contenido de su intervención en la comparecencia». Por este motivo, hice entrega a los miembros del grupo de un ejemplar de la 6ª edición de mi libro 'La escuela que aprende'.

Los convocados como comparecientes éramos profesionales con experiencia y (que yo sepa) personas que están trabajando en primera fila de la acción. Pero eché de menos a maestros y maestras en ejercicio, alumnos y alumnas que viven de cerca las vicisitudes de la acción. Precisamente por eso terminé la intervención citando las últimas palabras del libro de Ezequiel Valen (2020) titulado 'Crítica a la escuela media. Reflexiones de un recién egresado', que debería ser de lectura obligatoria. Así termina la introducción el jovencísimo autor: «He aquí mi propósito: otorgarle al campo científico una perspectiva inédita e inaudita: la voz de un alumno. Infancia significa etimológicamente el que no habla, aquel que no tiene voz. El lenguaje otorga poder sobre las cosas; apropiárnoslo es fundamental para que la libertad sea una condición para y no un resultado de. Las reformas podrían consultar a aquellos que las padecen; la pregunta y la escucha son las vías para una virtual restitución de la voz».

Si se trataba de reflexionar sobre cómo debería ser el alumnado al salir del sistema educativo, ¿qué mejor que escuchar las palabras de alguien que ha escrito un libro sobre su experiencia al finalizar su paso por el sistema? Por eso dejé a Ezequiel Vasen poner el punto final. Más bien unos puntos suspensivos.

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