04 de octubre de 2020
04.10.2020
La Opinión de Málaga
La señal

Muchachito y el coronel Kremen

04.10.2020 | 05:00
El hispanista Paul Preston.

Cuando la batalla de Málaga (1937), el Muchachito aún no había nacido. A principios del año, los sublevados y los italianos iniciaron su ofensiva contra los republicanos que, en semanas, cayeron o se retiraron. El frente gubernamental en estas tierras fue un batiburrillo de milicias de distintos partidos y sindicatos, y así no podían vencer. Quien estuvo al mando en la provincia fue el coronel José Villalba Rubio, que tenía como asesor al coronel soviético Kremen, aunque entre ellos no hubo colaboración alguna y sí una mutua y gran antipatía. Al Muchachito, si hubiera visto la luz con edad suficiente, le habría gustado ser como aquel coronel con la estrella roja de cinco puntas en la gorra. Hasta lo había soñado.

Cayetano Bolívar, el primer diputado del PCE -nacido en Frailes (Jaén) pero afincado como médico en Málaga, donde atendía un sanatorio de El Palo-, tuvo que escribir cartas reclamando ayudas al presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, Francisco Largo Caballero, llamado el Lenin español, apodo que lo dice todo del personaje, pero nada€ el mentado respondió con la frase de «ni un fusil ni un cartucho más para Málaga».

Durante los primeros días de la guerra, los grupos extremistas, todos lo eran, y entre ellos los anarquistas y los comunistas como más activos ejecutores, habían arrasado el barrio de la burguesía en La Caleta, destruido iglesias por toda la ciudad y saqueado viviendas por aquí y por allá, y unido esto a los bombardeos de la ciudad por los cruceros Canarias y Baleares y por la aviación, la ciudad estaba en ruinas.

Muchachito, nacido en Logroño pero residente entre Málaga y Madrid (por mor de la política), hacía poco tiempo que había entregado su partido a otro con más fortuna electoral que el suyo, no sin alguna oposición interna, todo hay que decirlo, pero ya se sabe cómo se resuelven estas críticas entre comunistas. Ahora él era ministro, con 35 años y sin haber trabajado nunca.

Muchachito, en este primer cuarto de hora del siglo veintiuno, tuvo la suerte de tener acceso a fuentes de toda clase para conocer qué había significado el comunismo en el mundo, como El Libro Negro del Comunismo, escrito por profesores e investigadores europeos y editado por Stéphane Courtois, director del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia. Esa oportunidad no la tuvo el coronel Kremen, que solo sabía lo que veía y oía en el limitado espacio que pisó. Su jefe era el temido Alexander Orlov, que en realidad se llamaba Lev Nikolsky, un sicario de Stalin que se llevó el oro de España a Moscú y después escapó a los EEUU ante la posibilidad de que el tirano le purgara. Medía poco más de 1,70, tenía una nariz de boxeador y bigote oscuro. Otros no pudieron huir, como Andrés Nin, que fue llevado a la catedral de Alcalá de Henares, que funcionaba como cárcel del NKVD soviético, antecedente siniestro del KGB. Según Paul Preston, Nin posiblemente fue asesinado por desollamiento por orden de Orlov y con ayuda de Iósif Grigulévich. Estos episodios, que no son de Netflix, Muchachito creía que eran inventos de los fascistas. Sin embargo, Jorge Luis Borges había escrito que hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista y que esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón. En fin, ya en 1866, el filósofo Johann Erdmann dijo que la estupidez se refiere a la estrechez de miras, de ahí la palabra mentecato, privado de mente, y estúpido es el que solo tiene en cuenta un punto de vista, el suyo, de ahí la notable resistencia que ofrecen los estúpidos a la pluralidad de otros puntos de vista como, por ejemplo, a la democracia. Entonces, Muchachito, le dijo al chófer de su Peugeot 607 blindado que acelerara porque temía llegar tarde a la cita con su jefe. Ambos se habían despachado en las últimas fechas con críticas al Rey de España y así habían ocupado muchas páginas en los periódicos. Muchachito pensó entonces en el coronel Kremen mientras la Castellana, colapsada pese al virus, se teñía de un gris de septiembre. Un escritor anónimo había dejado dicho hace siglos:

¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido,cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco€

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