04 de octubre de 2020
04.10.2020
La Opinión de Málaga
Mis días marinos

El silencio de las piedras

Joaquín Marín era un hombre especial para todo, incluso para no perder la esperanza nunca cada vez que un incendio arrasaba la sierra de Mijas, porque sabía bien que el pino mantiene intacto su corazón verde y a los cinco años el bosque volvería a lucir su deslumbrante esplendor - No sé si, Joaquín, desde donde quiera que estés, podrás contemplar el panorama español y que pensarás en caso de ser así

04.10.2020 | 05:00
Mariano Vergara y Joaquín Marín, en octubre de 2003, en Málaga.

Altas vuelan gaviotas de plata en una tarde huracanada que anuncia el otoño. El mar de un gris acerado corre hacia el este, cubierto de pañuelos de espuma, que dicen adiós a un extraño y vacuo verano, que deja tras de sí un rastro polvoriento y triste de soledad y tedio. Leo que Felipe González, con esa letal capacidad de síntesis del desprecio que atesora, acaba de destruir de un zarpazo la estatura política de Alberto Garzón, al decir que sus ataques al Rey se deben a que «tiene un ministerio, que mucho trabajo no le da». Madrid vuelve esta noche al confinamiento. El emperador ha dado positivo en un test y las columnas del imperio se tambalean.

En mis largos paseos solitarios descubro la realidad oculta de las cosas, el misterio de la vida que transcurre como un torrente hacia el mar de la muerte. Hay un mundo paralelo al que a veces conseguimos entrar, casi sin darnos cuenta. A veces siento que los que se fueron están aquí aún y podemos percibir su presencia misteriosa en contadas ocasiones. ¿Qué es realmente internet? ¿Qué hay más allá de la pantalla del ordenador? No son las redes un medio tan frío como imaginamos. Tengo amigos a los que nunca he visto personalmente, con los que tengo una extraña confianza y a los que hago confidencias como si estuviéramos solos, olvidando que nos observan millones de ojos y nos escuchan miles de oídos. Pero no sé por qué, uno no percibe peligro en ello. Quizás porque ingenuamente uno piensa que los secretos siempre son guardados. Hoy casualmente he encontrado una referencia en Facebook a una persona con la que quise tanto y con la que compartí y aprendí tanto. ¿Ha sido realmente casual? Su recuerdo ha aflorado con tal fuerza que hasta he cambiado la idea que tenía pensada para estas líneas dominicales. Porque esa persona se fue injustamente, como son todas las ausencias inesperadas, o esperadas, con la incomprensión que encierra la negación de lo que somos: seres vivos. Y he sentido que tenía la necesidad de escribir de esa persona, necesidad y casi obligación, la necesidad de cumplir un rito que incumplí cuando se fue. El rito de contar algo de su convivencia conmigo, los mejores recuerdos de nuestro convivir, las ilusiones compartidas, el alejamiento y la posterior recuperación, contar lo mejor de su existencia, su capacidad de entrega, de sacrificio, su extraordinaria capacidad de aguante y encaje de los golpes a traición, su decencia y vergüenza y dignidad cuando compartíamos las experiencias de caer en desgracia que los dos sufrimos y me preguntaba incrédulo, mirándome fijamente a los ojos: «Puedo entender que a uno lo expulsen, pero no hay necesidad de que lo ejecuten en la plaza pública». Esa persona era Joaquín Marín.

Ni siquiera recuerdo donde, ni cuando nos conocimos, ni quien nos presentó. Es posible incluso y a veces lo comentábamos, que nos hubiéramos conocido de pequeños en su Mijas del alma, cuando viví unos meses allí con mi madre en la casa donde estuvo después 'El mirlo blanco' y yo jugaba en la plaza con los niños del pueblo. Lo cierto es que, aparte de otras circunstancias que no vienen al caso, empatizamos como se dice ahora en poco tiempo, porque a los dos nos preocupaban las mismas cosas, a los dos nos ilusionaba mejorar la vida de los demás, hacer cosas positivas, crear, leer apasionadamente, escribir, soñar con un país libre, digno, decente, feliz. Un país que se aceptara a sí mismo y asumiera su propia historia. ¿Qué pensaría Joaquín de la España de hoy, con su sentido del pudor, del honor, de lo que se puede y lo que no se puede decir, o hacer, con su extraordinaria auto exigencia y auto disciplina? Llega a veces un tiempo en la vida de los pueblos que estos necesitan héroes, líderes, personajes que, incluso desde las páginas de un diario, prediquen la verdad y condenen la mentira, aclaren ideas, difundan el valor de la decencia y del cumplimiento de la palabra dada, no mientan jamás y sean capaces de decir en voz alta y clara, «así, no». Joaquín era uno de esos hombres. Forjado a martillazos y a cornadas por la vida, guardaba en su interior un fondo de pureza, de nobleza, de creer que cuando alguien le decía algo, había que creerlo, porque no existía ningún motivo para mentir. Por eso se quedaba esperando llamadas que nunca llegaban. Mientras, charlábamos interminablemente de política, que le apasionaba, de España y su historia, de nuestra capacidad, o incapacidad para ser libres. A veces la ilusión se le quebraba como un frágil cristal y aparecía su malhumor gruñón, pero su corazón siempre noble y sobre todo esperanzado, le impulsaba de nuevo a emprender la marcha. Los que lo conocieron como yo, o mejor que yo, saben a qué me refiero en cada una de mis palabras.

Uno de los viajes más hermosos de mi vida lo hice con Joaquín. Después de una ruptura amorosa en su vida, emprendimos juntos el viaje iniciático que cualquier joven de aquel tiempo tenía que hacer para empezar a entender de qué iba esto de vivir. Londres era la meta de la modernidad, el destino deseado de libertad y frescura, era el lugar donde descubríamos que ser libres era realmente extraordinario y que no pasaba nada por decir, pensar, hacer, o vivir lo que aquí era algo simplemente escandaloso. Recuerdo nuestros interminables desayunos de huevos fritos y bacon y pan bimbo en un cutre hotel, para llenarnos el estómago y aguantar hasta la noche con nuestras escasas libras. ¡Ay!, si los jóvenes de hoy conocieran la humillación que suponía en aquel tiempo llegar a la aduana de Heathrow, con el pasaporte de un país que ni siquiera sabía si emprendería el camino de la reforma o la ruptura, entregar lo que nos parecía una fortuna en pesetas y que a cambio te dieran unas cuantas libras y unos pocos chelines y peniques, con el gesto displicente que solo un inglés es capaz de poner ante quien considera simplemente un extranjero. Pero a cambio, merecía la pena ir a la Cámara de los Comunes a contemplar estupefactos un debate que escasamente entendíamos, pero que era apasionante solamente por los abucheos, las carcajadas y los aporreos de las bancadas que se dedicaban mutuamente laboristas y conservadores.

Y bajar al bunker del Almirantazgo desde el que Churchill ganó la guerra acostado en un camastro, entre nubes de humo y vapores de whisky y oír su voz en el mejor discurso en la Europa del siglo XX, «we will never surrender», nunca nos rendiremos. Y Joaquín escuchaba aquello con ojos emocionados y se preguntaba en voz alta cuando podríamos ser así en España. Y contemplar las manifestaciones pacíficas por la acera delante de la embajada de Grecia cuando el conflicto interminable de aquel momento, Chipre. Siempre hay en cada momento de la Historia un conflicto interminable, que al final termina por acabarse. Pero recuerdo con especial emoción la excursión a Oxford, que me empeñé en que hiciéramos, porque sabía la impresión que aquella venerable y solemne ciudad, aquel ambiente, aquellas facultades, colegios y patios enclaustrados iban a dejar en su alma soñadora y enamorada del saber. Caminando por aquel campus bellísimo, rodeados de los edificios góticos de las capillas, se quedaba pensativo y se preguntaba por qué en España no había césped verde y perfecto, por qué no llovía, por qué no se cultivaba el saber de aquella forma€y los jardines estaban tan cuidados como las mentes. Y se preguntaba y me preguntaba qué dirían aquellas piedras ennoblecidas por el musgo y el moho de los siglos, si pudieran hablar. Y él mismo se contestaba que no hacía falta que hablaran porque ya lo decían todo con su simple presencia. Con el silencio de las piedras.

Joaquín Marín era un hombre especial para todo, incluso para no perder la esperanza nunca cada vez que un incendio arrasaba la sierra de Mijas, porque sabía bien que el pino mantiene intacto su corazón verde y a los cinco años el bosque volvería a lucir su deslumbrante esplendor. No sé si, Joaquín, desde donde quiera que estés, podrás contemplar el panorama español y que pensarás en caso de ser así. Es posible que la cólera bíblica que con tu capacidad descriptiva solías achacarme, se desate en tu voz ahora, como en aquellas tertulias que los terceros miércoles de cada mes mantuvimos muchos años en un reservado de 'La Taberna del Herrero' seis personas de diferentes ideologías, que en aquel tiempo ocupábamos cargos de responsabilidad. Gloriosos almuerzos que duraban hasta las siete de la tarde, en que se hablaba de todo y de la que nunca se escapó ni un secreto. Tiempos felices de convivencia, que resultan casi insólitos en estas horas amargas de enfrentamientos y descalificaciones, en que, de verdad, Joaquín, solo nos queda ruina, enfermedad y desvergüenza. Pero cómo me gustaría oír tu siempre acertado juicio político, tu fina capacidad de análisis, tu disección de la realidad como con un bisturí, hasta llegar al fondo del asunto.

Desconozco si tu fondo de espiritualidad profunda y dolorida, aunque agnóstico, se habrá colmado con la existencia de un Más Allá, o si, en el peor de los casos, has desaparecido como los héroes que se desvanecen en el aire. Tampoco en este último caso debemos apenarnos. Cuando hundo mis manos en la turba de la planta de café que cultivo desde hace años a la espera de verla florecer, pienso que algún día yo también formaré parte de esa tierra abonada por nuestras cenizas. Y aunque nosotros no la veamos, la planta florecerá. De eso no cabe la menor duda. Fue un placer y un honor compartir contigo unos años de vida.

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