05 de octubre de 2020
05.10.2020
La Opinión de Málaga
Tribuna

Montaigne y los médicos

05.10.2020 | 05:00
Montaigne y los médicos

Antes se creía que era un castigo divino, la cólera de Yahveh desatada en Sodoma y Gomorra. Culpables desde antes de nacer, acumulábamos ofensas hasta que el rayo justiciero caía sobre nosotros. A occulta coeli influentia se atribuían las enfermedades, por eso los florentinos llamaron influentia coeli a la epidemia de gripe, o eso creemos, que los asoló en 1357. Y si del cielo venía, a él había que invocar, con rezos, procesiones, castigos a los pecadores, sacrificios de los justos. Pero ya Hipócrates había buscado en las causas naturales el origen de la enfermedad, lo mismo que Aristóteles, que tenía pasión por la disección de los animales. Pero realmente, la medicina científica es cosa reciente.

Es difícil imaginar el desamparo de los seres humanos antes de que la ciencia pudiera contener tantas y tantas enfermedades. Confiaban más en sus preces que en el consejo del médico. Montaigne fue un testigo destacado y creo que fiable de su tiempo. Cuando ya se consideraba un anciano –no había cumplido los 50– le arremetieron los cólicos renales. Como su padre, que los había sufrido al final de la vida. Por eso Montaigne cree que es hereditario, que en la mínima sustancia de la que procedemos están inscritas las tendencias. Aunque a veces tarden en manifestarse. Intuye acertadamente que algunos genes se activan en diferentes periodos de la vida: cada vez nos parecemos más a nuestros padres. Montaigne detestaba a los médicos: «Lo que entre nosotros designa (la medicina) ni lo honro ni lo estimo». Sin embargo, dice que venera sus promesas, «de utilidad indudable para el género humano». Esa esperanza de que algún día se alcance a conocer y tratar las enfermedades.

Hasta los primeros años del siglo XX apenas teníamos medicinas que fueran útiles. En la segunda mitad del XIX se habían dado pasos importantes en la comprensión de la fisiología. Mucho antes ya estaba bien descrita la anatomía. Dos teorías fundamentales aparecen entonces: la celular y la del medio interno. La primera, formulada por Wirchow, establece que estamos compuestos de unidades discretas y funcionales, las células, que se agrupan en órganos y tejidos para, regidos por el sistema nervioso y el endocrino, constituir organismos. La teoría del medio interno de Claude Bernard dice que los seres vivos hacen un esfuerzo para mantener estable su interior frente a las agresiones y cambios del entorno y también para resolver los desarreglos que el propio vivir producen en su interior: un sensor recoge la señal que un receptor interpreta y un efector modifica la situación en el caso de que esté fuera del rango. Pero hubo más descubrimientos en ese siglo de conquista científica de la naturaleza. Quizás el más importante fue el que confirma que las enfermedades infecciosas estaban producidas por agentes vivos, los microbios. La demostración más brillante la hizo Koch cuando reunió a los académicos para comunicar que había descubierto la causa de la tuberculosis. Y para que le creyeran, había dispuesto en la sala varios microscopios con preparaciones en las que se veía el bacilo, teñido de rojo: agrupaciones de bastoncitos. Entonces, con su suegro, Henle, estableció las leyes de la causalidad: para ser tenido por tal ha de ser necesaria y suficiente. Hubo que esperar varias décadas para tener un tratamiento contra esta enfermedad. Que las enfermedades que entonces asolaban a la humanidad las causaran seres vivos generó muchas promesas. Montaigne lo celebraría.

Si el agua de bebida está contaminada y si los microbios no resisten la lejía, por qué no añadirla en los depósitos y asegurar agua potable. Era la propuesta de los higienistas que trataban de concienciar a la sociedad sobre la precaria salud de los trabajadores de las fábricas. Vivían con sus familiares en condiciones insalubres. Ya entonces, en el último cuarto del XIX , presentaron estudios de coste-beneficio para convencer a las autoridades sobre la conveniencia, para los burgueses y capitalistas, de proporcionar agua limpia a sus trabajadores. Poco a poco se fue extendiendo la práctica a la vez que disminuían las enfermedades diarreicas. Pero no había medicinas para las otras: las bronquitis, las neumonías, las fiebres puerperales, las meningitis... El primer fármaco eficaz fue la sulfamida, hoy casi en desuso. Y el primer antibiótico, la penicilina, que, si bien se descubre al final de la década de 1920, no se fabricó comercialmente hasta la II Guerra Mundial, urgido el Gobierno americano por las heridas de contienda.

Esa presión, que aceleró el desarrollo tecnológico, se repitió varias veces a lo largo de la historia. Notable es la rapidez con que se diseñaron, al mismo tiempo, dos vacunas para la polio. Y también la creación de fármacos que contienen el VIH, un patógeno muy difícil por su capacidad para mutar y ocultarse. No sé qué hubiera dicho Montaigne. Creo que hoy confiaría en la medicina y los médicos. Como creo que lo hacemos todos, con la esperanza de que pronto se creen fármacos y vacunas contra el SARS-CoV-2.

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