11 de octubre de 2020
11.10.2020
La Opinión de Málaga
Tribuna

No cometamos, de nuevo, el mismo error

11.10.2020 | 05:00
El Teatro Romano de Málaga, con la Alcazaba detrás.

Cuando en junio de 1951 aparecieron los primeros restos del actual Teatro Romano, el pueblo de Málaga lo interpretó como la llegada de un nuevo «maná», tales eran las carencias que sufría la mayoría de la población: trabajo, vivienda, alimento, etc., que cualquier cosa que no fuese el duro «día a día» se celebraba como una feria. Sobre los hallazgos corrieron los más diversos rumores, incluido el de que habían aparecido vasijas llenas de monedas, todo era bueno con tal de dejar volar la imaginación.

El hallazgo que realizaron Enrique Atencia y Juan Temboury no tuvo nada de ocasional ni anecdótico, suponía, por fin la cristalización del empeño de Temboury, quien sostenía que bajo la calle Alcazabilla, abierta en los años treinta sobre el antiguo e intrincado barrio del mismo nombre, se conservaba un enorme tesoro arqueológico oculto bajo las bravas y limos que el Arroyo del Calvario había arrastrado durante siglos.

Eso llevó a que Juan Temboury se opusiese siempre a las construcciones que se iban realizando en los nuevo solares y principalmente en aquellos que quedaban a las faldas de las murallas de la Alcazaba. En especial cuando se decidió construir en el ultimo de ellos el futuro Palacio de Archivos y Bibliotecas, al que, según consta en una memoria que se conserva en el Legado Temboury y realizada por él en 1959, bajaba por las tardes cuando las obras de cimentación estaban paradas a contemplar con dolor cómo se estaban usando piedras de origen romano en la construcción de los cimientos, cuando no habían sido destrozadas por las piquetas y mazas. Pero la situación política no permitía la disensión, por lo que su oposición y dolor los llevó en la mas estricta confidencialidad (incluso la memoria de 1959 la mantuvo siempre en silencio). Por ello vio la oportunidad de intentar algo irreversible cuando a su amigo Enrique Atencia, como arquitecto municipal, le encargaron el adecentar con unos jardines la parte delantera del futuro Palacio de Archivos y Bibliotecas, que estaba a punto de finalizarse. Temboury convenció a Atencia para que, aprovechando los movimientos de tierras, se hiciese un sondeo, casi clandestino, hasta encontrar algunos restos sólidos, algo que se consiguió a una profundidad de cuatro metros. Por fin había conseguido Temboury lo que tanto había perseguido, ya nadie podía negar la evidencia, o al menos eso creía él, de que bajo el suelo de calle Alcazabilla se encontraba un importante tesoro arqueológico, aunque la importancia de lo hallado no la previó ni él.

Entre la multitud de opiniones que siguieron a los hallazgos, una vez que se había determinado que eran los restos de un antiguo teatro romano, fueron múltiples y osadas: se llegó a valorar su importancia por encima del Teatro Romano de Mérida con tan solo puesta a la luz unas cuantas gradas de la cávea del teatro; se valoró muy seriamente, y por distintas fuentes, la posibilidad de que nunca se llegase a inaugurar el Palacio de Archivos y Bibliotecas (renombrado por la población como «el mufeo»), se le consiguiese otra ubicación y se demoliese el edificio.

En septiembre de 1959 todas las «fuerzas vivas» de la ciudad se habían pronunciado y posicionado, todas menos una, el Gobernador Civil, quien a la vuelta de un viaje Madrid trajo la consigna de que lo que había aparecido no eran más que «cuatro piedras viejas que sólo le interesaban a unos cuantos especialistas» y continuó con una cita de la «Lex Flavia Malacitana» ,ya recogida anteriormente por el archivero Francisco Báguenas, «Nadie destruya un edificio que no ha de volver a construir», para continuar diciendo «con esta rúbrica romana fijo yo mi criterio».

A partir de las declaraciones del Gobernador Civil, Manuel García del Olmo, un manto de silencio cubrió todo lo descubierto. Al principio, muchos de aquellos que no callaron lo hicieron para adoptar una postura opuesta a la que habían ido manteniendo. Ese manto de silencio también cubrió la labor de Juan Temboury quien durante la década que duró el ostracismo fue silenciado y ninguneado, oportunidad que no fue desaprovechada por aquellos que no le querían bien, aunque él siguió trabajando en los yacimientos impenitentemente. Esta situación, que no era más que el resultado de la lucha por el poder de dos facciones dentro del Franquismo, duró hasta que en 1957 José Luis Arrese, en un cambio de fuerzas de poder, fue nombrado ministro de la Vivienda y en 1958 consiguió llevarse a su ministerio la Dirección General de Arquitectura.

Todo lo que he relatado me ha venido a la memoria con motivo de las excavaciones arqueológicas que se están realizando en el solar de los antiguos cines Astoria y Victoria y de las disputas y presiones que se está ejerciendo sobre la importancia de lo que se está descubriendo. Yo siempre me he declarado partidario de dejar diáfana esa parcela, igualmente estimo que pueden ser importantes los hallazgos, pero esto sólo es la apreciación de un neófito. De lo que estoy seguro es de que se debe dejar trabajar, en libertad, a los especialistas. Que realicen todas las excavaciones y catas que consideren necesarias, sin presiones como las que ya hubo cuando aparecieron en un primer estrato los restos del Hospital de Santa Ana, en donde algunos quisieron dar por finalizadas las excavaciones; o lo ocurrido en las obras del metro con el arrabal árabe de Al-Tabbanin. De nuevo, dejemos trabajar sin presiones y en libertad a los especialistas y no volvamos a cometer el mismo error.

*Sarria Fernández es historiador del Arte por la UMA y master Relaciones Sociales de la Cultura Artística

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