21 de octubre de 2020
21.10.2020
La Opinión de Málaga
Tribuna

Tomar el fresco

Con la irrupción del Covid y los meses de 'volaera', vivimos en la ilusión del cambio de tendencia. Documentales de delfines, Venecia sin cruceros 'Costa Marea', la Castilla vaciada, el paradigma de la panacea

21.10.2020 | 05:00
Tomar el fresco

Mecedoras, sillas de anea, bolsas de pipas –de las grandes–, unos cinco kilos de sal y arena –la palabra snack, muy fina, no llegó hasta que entraron los 'anuncios' con los cambio de antena–. Filas de vecinos, la avenida 'Pepe López' al estilo Baena y los primeros 'ni-nis', que entonces eran quinquis, con Seat's Ibiza 'Special's', lo último de lo último, para meterse en faena. Carne de cañón, pero sobre todo materia prima para los 'Socialité Deluxe' rurales que poblaban las esquinas hasta los cantos de acera. Las redes sociales era 'la Juana', 'la María', 'la Concha' y la 'Encarna, la de las eras' y los planos de ángulo corto para el 'selfie' eran cierres de párpado con los ojos por peteneras.

Parece una peli de Almodóvar, pero no es más que el retrato de la Andalucía Interior de mediados de los ochenta –que podía ser cualquier calle normal de Ardales a Caniles o de Arquillos a Canena–; una estampa repetida en una tarde-noche cualquiera. La vida era tan simple que mi padre y mis tíos 'sólo' tenían un trabajo fijo, un sueldo con el que se ahorraba hasta para pagar a Hacienda y un sofá de sky en el que nadie les molestaba en las dos horas –aprox.– que duraba la siesta. Los teléfonos no eran móviles –sólo el cable daba tregua–, las conversaciones eran públicas –hasta para el vecino de la casa de la calle 'La Iruela'– pesaban tres kilos y lo único que destacaba en ellos era la funda con candadito que le encasquetaba la abuela.

A los pisos de planta baja entraba cualquiera; no había remilgos para los visitantes y la gente de las afueras. Así transcurrían las cosas en el verano y durante el final de la primavera en cualquier rincón de la Andalucía campera ¿Retraso o avance? Que juzgue el que se atreva.

A los de mi generación, creo que nos llaman 'milénicos / milénicas', que no sé si es lo mismo que 'milenials' porque nacimos a finales de los setenta o principios de los ochenta; desde luego tiempo suficiente para lamentar toda esta treta: Los híbridos, netbooks, los Smartphone, la prisa, el cambio, minipisos de treinta –metros–; contratos exprés y licenciaturas de pandereta; televisión a la carta, portátiles, redes de banda ancha, enlaces de Amazon, tablets, hiperconexión con el mundo a tiempo real y de cualquier manera; el no parar ni de noche ni de día, ni en la Pascua de Ramos; hemos llegado a la Guerra.

Con la irrupción del Covid y los meses de 'volaera', vivimos en la ilusión del cambio de tendencia. Documentales de delfines, Venecia sin cruceros 'Costa Marea', la Castilla vaciada, el paradigma de la panacea; ballenas surcando océanos, zorros en las gasolineras; gentes de todas partes aplaudiendo por la azotea ¿En qué ha quedado todo esto? No hay ya quien se lo crea. Sólo corrupción, fealdad y política barriobajera, enemigos velados de una España macilenta.

En fin, pocas ganas de seguir hablando me quedan. No me hagáis caso, que no es más que una mala tarde de un domingo de pena. O a lo mejor no, porque echo de menos la tierra, nostalgia de mi pueblo, encaramado a una loma bermeja. Allí vive 'La Aceituna Pepa', sola en una ladera; ganas no me faltan de volver junto a ella. Como esto no hay quien lo pare y la vida cambia como cambia la marea, no ha me quedado más remedio que escribir con nostalgia por ella. Mirar para otro lado, seguir adelante, escribir un cuento; cada loco con su tema. No me lo tengáis en cuenta, que esto no es mas que un romance, un romance perverso; perverso para quien lo lea.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog