27 de octubre de 2020
27.10.2020
La Opinión de Málaga
El palique

La mañana perfecta

Es una mañana como de canon de otoño, una mañana para exhibirla en un Museo de las Mañanas. Pero hoy mismo

27.10.2020 | 05:00
La mañana perfecta

Hace una mañana otoñal perfecta y la chica que empuja el carrito de bebé lo hace con una elegancia como heredada de generaciones. El abrigo es nuevo y es un abrigo ligero, ligeramente verde, un abrigo al que le queda mucha vida por delante, tal vez otros cuatro otoños y tres inviernos antes de pasar a la reserva o al armario de una prima que terminó sus estudios, hizo un mal casamiento y necesita el dinero para el almuerzo y no para abrigos caros que no parecen abrigos y son verdes y ligeros y se lucen como el que no quiere la cosa, la cosa es el frío, en una mañana otoñal perfecta. Mañana como de canon de otoño, una mañana como para exponer en una antología de mañanas.

La chica tal vez se dirija a una notaría o a la guardería o a casa de sus padres. Quizás vuelva a la suya o esté tomando la dirección que lleva al súper, dado que es un buen día para adquirir una botella de vino blanco, unas anchoas, unos espárragos y unos mejillones para cocer.

Si hay suerte y el pequeño o pequeña del carrito se duerme, tal vez la espera de la cocción la emplee en leer unos poemas modernos o un fragmento del diario de un escritor de principios de siglo. O tal vez añada un párrafo a su tesis doctoral, casi culminada, sobre los pueblos precolombinos y su economía, sobre bioquímica o acerca de la pertinencia de unas reglas a la hora de homologar la fabricación de violines.

Me gustaría seguirla para satisfacer mi curiosidad pero prefiero satisfacer mis expectativas del comienzo de la jornada y capturar otro instante. La mañana que se exhibía groseramente prometiendo no repetirse se está ya metiendo en mediodía y comienza a correr una brisa fría que me hace echar de menos un abrigo, ya fuera verde o ligero. Caen adverbios de los árboles.

Mi camisa blanca y mi americana azul como de entretiempo, o entreguerras, nos metemos entonces, para matar la media hora que queda hasta una cita en uno de esos restaurantes en los que tantas veces hemos espantado la infelicidad, en un local incierto.

De servilletas en el suelo, donde todo el mundo puede permitirse unas pocas gambas, el vino es de barril y se oyen todos los acentos de la ciudad. Huele a tiza y vinagre. Hay mejillones. Nadie lleva abrigo.

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