01 de noviembre de 2020
01.11.2020
La Opinión de Málaga
En solo 725 palabras...

Mi teclado y mi pluma

Tardé en aceptarlo, pero hube de hacerlo sin más remedio: mi teclado es indócil. Tanto, que jamás ha escrito un verso

01.11.2020 | 05:00
Mi teclado y mi pluma

En lugar de mi teclado, hoy es mi pluma la que sostiene mi pulso. Mi teclado, es una especie de aparatoso portaplumas que le tamborilea el ritmo a sus teclas, que son sordas. Cuando las jalea, sus letras, sus signos y sus números se sobrexcitan hasta entrar en estado cataléptico. Y, créame, amable leyente, cuando las letras y los números y los signos de un teclado se ven afectados de catalepsia, mejor desistir.

Aún recuerdo con emoción mi primera Olivetti. Aunque aquellos eran otros tiempos, su teclado también vivía al pairo de los estados alterados de consciencia, que actuaban a modo de una poderosa energía invisible que impelía libidinosamente los mecanismos de sus teclas, de sus números y de sus signos hasta entrelazarlos orgiásticamente sobre el carro. Hoy la cosa es más sutil, menos violenta, pero aun así, mi teclado, que es especialmente silente, no deja de sonar hueco y áspero, como a carraspeo seco contenido. Creo que si yo lo escuchara en la distancia, o sea, usado por otra persona, por educado y alegre que fuera el dactilógrafo, me lo imaginaría como un tipo ceñudo, arisco y malhumorado con la vida y consigo mismo.

Tardé en aceptarlo, pero hube de hacerlo sin más remedio: mi teclado es indócil. Tanto, que jamás ha escrito un verso. La poesía y mi teclado son inconciliables. Como si fuera hoy mismo, recuerdo que una vez, sin esperarlo, mi teclado se dio de bruces con una serendipia y alumbró un pareado. Casi le da un aire de puro desconsuelo. Su angustia agónica fue tal que se bloqueó y bloqueó todo el sistema, y con ello me bloqueó a mí durante varios días.

Desde entonces, procuro mantener a raya mi inspiración cuando estoy con él, porque no me fío. Lo he intentado de todas las formas posibles, pero a lo más que llego es a engañarlo de cuando en vez con algún sutilísimo sucedáneo de prosa poética, que lo afloja y lo relaja, pero si se me va la mano en la dosis se vuelve lento y más lento, y termina dormitando y olvidándose del mundo y de mí.

Mi pluma es otra cosa. Todas mis plumas fuente, que es la única clase de plumas de las que por ahora dispongo, son otra cosa. Todas gozan del pedigrí heredero de los mejores modales de la cortesía y el cortejo, del refinamiento, de la sutileza€ Mis plumas, que son exquisitamente femeninas y declaradas amantes secretas de las letras, nunca pierden la ocasión de convertirse en la torre del fanal del puerto de abrigo de las palabras que navegan todos los mundos y todos los sueños.

A la pluma que hoy dirige mi pulso le sobra todo lo que últimamente han olvidado la mayoría de nuestros estólidos políticos patrios, hoy terminantemente profesionalizados y doctorados cum laude en las peores y más inhóspitas lides políticas. En las actuales tribus políticas son legión los que definen y convierten su quehacer en una actividad profesional peligrosa para el bienestar del ciudadano y en un oficio indeseable, malintencionado, pernicioso, inútil..., cuando no zafio, canalla, mafioso, criminal y hasta presuntamente homicida, a veces.

Mi teclado materializa magistralmente sobre el papel el signo et (&), el numeral (#) y la arroba (@), mi pluma se para a pensar cómo pintarlos, y cada vez termina garabateándolos como irreconocibles monigotes imposibles. Mi pluma se hinche rimando un soneto, mi teclado enmudece si lo invito a ello. Mi teclado sabe sobradamente lo que es un algoritmo, mi pluma lo que es un hemistiquio. Mi teclado, que no representa a nadie, es la fría perfección despersonalizante; mi pluma es la representación sensible de mis anhelos y mis amores, y de mis fantasmas y mis miedos. Mi teclado es un arma sin esperanza, mi pluma un alma esperanzada.

Una vez decidí copiar con mi teclado algunos viejos pasajes escritos con mi pluma, y aquello resultó dramático: conforme tecleaba, las palabras originales, airadas, me volvían la cara. Las íes y las eles me señalaban amenazantes, las enes y las úes, y las emes y las uves dobles, se volteaban intercambiando sus roles, las bes y las des se giraban, parodiándose groseramente. De pronto, comprendí que los folios que durante lustros habían custodiado con mimo aquel pasaje de mi vida amenazaban con borrarse para la eternidad, así que abandoné.

Jamás, nunca después, volví a intentarlo.

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