Habida cuenta de que la alegría dura poco en la casa del pobre, el ser humano, qué duda cabe, se apunta a cada jarana que aflora para disfrutar del momento. Ni que decir tiene que, dejando a un lado la libertad individual que cada cual, muerto o vivo, tiene para irse de parranda, como Blanco Herrera, las excusas institucionales de lo celebrativo a nivel de calendario sobrepasan con creces las efemérides del santoral, los festivos civiles y los días en los que uno suma años. Ya sea bajo el formato de aglomeración reivindicativa, guateque privado, conmemoración solemne o sarao verbenero, el personal no se pierde una juerga y, si no la encuentra, la busca, y si no la halla, la crea. Tanto más en el sur, faltaría más, que somos de espíritu callejero y disfrutón. Dense cuenta de que cada día tiene su impronta conmemorativa, si bien algunas veces más solemne, digna y silenciosa, y otras menos. Por festejar, puestos a festejar, servidor, que tuvo a bien venir al mundo en agosto, cuando «la caló apretaba», que cantaba el gran Gregorio, el de la Calzada, nació, así como si tal cosa, en el día mundial del orgasmo femenino. Que no sé yo, oigan, si eso, quizá, hace mella en uno a modo de horóscopo y, como si te picara una araña radioactiva, te infunde conocimiento cosmológico sobre el tema, grandes habilidades y pericia en la consecución de lo festejado o, quizá, más bien, seguramente, ni mucho ni poco, sino todo lo contrario. En cualquier caso, imagínense lo abrupto de la situación si uno tuviera que incluir en la tarjeta de presentación de su oficio lo festejado el día de su nacimiento: Pedro J. Marín Galiano, servidor de lo público en Justicia, gacetillero (que diría mi querida y reverenciada So Blonde) en calendas semanales de La Opinión de Málaga, escribidor de novelas y poesía, según se le antoje a la musa, y nacido el día del orgasmo femenino. Y es que las fechas de lo conmemorativo, ya ven, existen y acontecen desde que el mundo es mundo y el ser humano echa cuentas. Pero bien es cierto que la cosa se nos ha ido, a mi sencillo parecer, siempre tan cuestionable, un pelín de las manos. Porque así, a bote pronto, sepan ustedes que, verbigracia, entre las francachelas celebrativas mundiales tenemos el día de Batman, diecinueve de septiembre, san Jenaro; el día del paraguas, diez de febrero, santa Escolástica; el día (ojo, que éste es bueno) de la apreciación de los chicles, trece de enero, san Hilario; o el día, sí señor, del pene, ¡del pene!, quince de marzo, san Zacarías y santa Isabel, que digo yo que cuál sería la culpa de los padres del Bautista para que les endiñaran la adjunta festividad. Pero es que, además, las fechas constituyentes, fíjense, también se nos irradian al cine, esto es, Nacido el cuatro de julio, por ejemplo, o a la música, «veinte de abril del noventa, hola, chata, cómo estás». En cualquier caso, no todo es algazara y farra. El ser humano deja también impronta de su historia, de sus logros y de su dignidad o indignidad por todas las callejuelas del calendario. Así, sin ir más lejos, este mes de noviembre hemos conmemorado, por si no lo sabían, el día internacional para poner fin a la inmunidad de los crímenes contra periodistas, el día de la prevención de la explotación del medio ambiente en los conflictos armados, o el día de la ciencia para la paz y el desarrollo. Bien cabe concienciar en rojo, desde mi humilde opinión, el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer y el día universal del niño, veinticinco y veinte, respectivamente. En definitiva: cada día tiene su eco y cada santo su novena. Pero siempre, un año más, me queda y me quedará el vacío (el granadino regomello, si me lo permiten) de rememorar y añorar en trazas otoñales de evocativa melancolía, que, estando más que avanzado noviembre, pasado incluso el diecinueve, día del inodoro, nadie recuerda ni conmemora a Cecilia o a Manzanita: aquellos que, cada nueve del presente, puntuales como un reloj suizo y, como siempre, sin tarjeta, le mandaban, quién sabe si a mí o, quizá, a alguno de ustedes, un ramito de violetas.