He leído y oído en varias ocasiones que éstas que vivimos son las peores navidades de nuestra historia contemporánea. Y quizá sea cierto. Al margen de las calamidades particulares y personales que siempre pueden marcar las fiestas, la de 2020 está siendo una Navidad muy difícil. La muerte acechando con la guadaña, personas queridas enfermando, limitaciones en los entierros, dolor, soledad, preocupación, carestía y miseria, se han dado cita para culminar un año que, comenzaba con ánimo, pero al primer despiste, nos sumió en una cascada de penurias.

Lo estamos pasando muy mal. Estamos padeciendo el dolor de amigos y familiares enfermando. Raro es el día que no te llega el whatsapp donde te enteras de que fulanito está contagiado, menganito en cuarentena y un buen amigo ingresado en la UCI. Hijos, fuera de casa, con el virus y la preocupación difícil de sus padres. Abuelos con el miedo por no morir y, dentro de su universo de bondad, no querer ser una losa para su gente. Nietos creciendo como locos y familia sin poder estar cerca en esos momentos clave. Pero también mucha preocupación. El ERTE que no se cobra o viene doble. El empleo que se detuvo y no hay nada en el horizonte. La reducción de jornada que te da oxigeno para no morir, pero casi. Y un mundo entero de proyectos completamente paralizados.

Falta mucho aún para que esto vuelva a la normalidad. El sistema es lento y pensar que con la primera vacuna todo será coser y cantar es cavilar muy en positivo.

Quizá será cuestión de gustos pero, en mi caso, si no se ha celebrado la Semana Santa ni tampoco la Romería del Rocío, que no haya fastos navideños me da profundamente igual. En cualquier caso, es comprensible que haya muchas personas que adoren estas fiestas. Un amor profundo y surrealista pues, no logro detectar de dónde saca la gente el ánimo para estar más feliz que una perdiz mientras vive en un sistema paralizado y te puedes morir con una alta probabilidad si no cumples con las normas. Y, cumpliéndolas, no estás libre del todo tampoco. Por tanto, no capto bien mucho de lo que veo en torno a todo el mundo navideño.

Aún así, el sistema tiene que seguir. Hay que vivir, comer y gastar para no morir todos de hambre. Y con esas, se ha desarrollado un plan para sacar adelante la Navidad de la mejor manera posible. Pero mi sorpresa ha sido, y es, observar cómo a una numerosa porción de la sociedad, le importa tres pepinos la pandemia, las normas y todo lo relacionado con la obligación que tenemos de cumplir las normas y ser sensatos.

Hace unos meses, cuando el confinamiento duro comenzaba a relajarse, recuerdo escribir un artículo donde, prácticamente, llamaba sinvergüenzas a todos aquellos que se estaban pasando las normas por ahí. Era directo, claro y tajante. La cosa avanzó, vimos lo que supuso la relajación y volvimos al redil, aunque con más libertad.

El frío ha llegado, nuestra ciudad es muy calurosa, llamamos frío a asuntos más que soportables y tenemos un modelo exterior de vida social incluso en los meses más fríos.

Pero el horno, como es natural, no está para muchos bollos.

Al principio de la pandemia, la culpa siempre era de otro: El gobierno de España, la Junta, el Ayuntamiento, los chinos, los comunistas, Donald Trump... Pero la gente no. Nosotros nunca éramos los culpables. Más bien víctimas. Y es normal sentirse así cuando apareció todo esto. Sin datos, un mundo -literal- estaba dejado de la mano de Dios sin información, porque los propios informadores tampoco sabían a qué nos estábamos enfrentando.

Pero ya sí lo sabemos. Ya conocemos qué hacer para protegernos. Qué no hacer si quieres seguir viviendo y cómo comportarte si tienes cerca a alguien de mayor riesgo en caso de contagio.

¿Y qué está pasando? Que a muchísima gente le da absolutamente igual. Es más, hacen todo lo posible por pasar una Navidad idéntica a la de años anteriores. ¿Qué me tengo que recoger temprano? Salgo antes y estoy de jarana las mismas horas. ¿Qué me multan en la calle? Me busco una casa para hacer mis copitas, sin protección alguna y bien de risas. ¿Qué mi abuela o mi madre se pueden morir si les pego el virus? Mejor no pienso en ello y sigo con lo mío.

Pero está sucediendo el remate de los tomates. Y es que, hay muchísimo personal que, además de incumplir las normas, tiene los santos -aquí va una palabrota- de subir sus actividades sociales a las redes sociales. Sí. No solamente lo haces mal sino que, encima, lo pregonas.

Y aquí llegamos al problema de todo. A la insensatez del personal. A los que cogen las palabras y las llevan al límite y a los que los superan. Igual de tonto es el que apura al máximo las normas de limitación por la pandemia que el que se las salta. ¿No tenéis miedo a morir? ¿No os da miedo ser los responsables indirectos de vuestro padre o ese amigo que veis con asiduidad?

Yo no logro comprenderlo. No encuentro sentido a estos días donde bajo la vomitiva, hortera y ordinaria expresión del tardeo, se están tirando por la borda los esfuerzos de muchos para poder salir adelante. Y es que ya no solamente se trata de no morir, si no de poder vivir cuando esto acabe. Y así lo transmite nuestro alcalde en cada tuit donde transmite la preocupación propia de un padre -o abuelo-, al ver cómo sus descendientes -los malagueños-, están comportándose de manera irresponsable.

¿Es la mayoría? Ni mucho menos. Por suerte el mayor número de personas está compuesto por la gente normal, responsable y consciente de lo que estamos pasando. Pero, por desgracia, el virus no distingue entre responsables y subnormales. Y es que, de ser así, se irían muriendo todos los que al mediodía alternan con muchísima gente, pero por la noche abrazan a su abuela de su alma a la que tanto quieren. Lo que no saben esos canallas es que su tardeo, con mucha probabilidad, será de muerte.

Irresponsables.

Viva Málaga.