27 de diciembre de 2020
27.12.2020
La Opinión de Málaga
Mis días marinos

El hombre tranquilo

27.12.2020 | 05:00
Cruz celta en los restos de la abadía de Clonmacnoise.

Desconozco la razón por la que los irlandeses, en general, casi cualquier irlandés, tienen esa extraordinaria facilidad para escribir de forma rotunda y lineal, para componer líricas canciones y para narrar historias y cuentos. Puede que sea porque su endiablado clima de cumbres borrascosas, aguaceros horizontales y vientos huracanados, les hace permanecer largas horas en el pub bebiendo pinta, tras pinta, de esa cerveza que recuerda al café hasta en la temperatura. O en el hogar, junto a la lumbre, trasegando whiskey -que es como se escribe en gaélico, con una "e" incluida- que posiblemente ellos mismos hayan destilado, un licor que recuerda en olor intenso y sabor dulzón al bourbon norteamericano. Todo ello lleva a vivir en un estado de permanente ensoñación, de llamar a las cosas por su nombre, que es la que provoca que la imaginación enriquezca lo que puede ser una simple anécdota y la convierta en una fascinante historia. El caso es que en Irlanda se escribe condenadamente bien, aunque a ello coadyuve, como dice Carlos Pérez Ariza, la inspiración del Espíritu Santo, siempre posado en la torre de la catedral de Santa Maria en Killarney, o en Galway en el "Spanish Arch", el ennegrecido arco español, que es el único que se conserva de las antiguas murallas de la ciudad, o en un noray en el "muelle de los españoles" en Kinsale, o en forma de gaviota -el Espíritu Santo puede adoptar la forma avícola que prefiera, o más le convenga en cada momento- sobrevolando en picados de vértigo las columnas y gárgolas naturales de piedra de los terroríficos acantilados de Moher, eternamente barridos por el viento y azotados por olas arboladas, antes de llegar a Connemara, el desolado paisaje malva, ocre y verde más puramente irlandés, en Waterville, el lugar en el que Charles Chaplin y Oona O`Neill pasaban los veranos con su tribu de hijos. Es fascinante estudiar y comprobar la intensa, estrecha y católica relación de amor entre aquella zona de la costa oeste de Eire y la costa cantábrica de España, no solo en el marco de las guerras anglo-españolas, sino en el comercio marítimo de lanas durante siglos y de pesca del bacalao en aquellas aguas turbulentas, de hondos azules grisáceos, empenachados de crestas blancas de espuma. Y otro tipo de relaciones de misteriosas razones causadas y de posibles consecuencias imperiales seguidas. ¿Qué hacia Cristóbal Colon en Galway diecisiete años antes de descubrir América, en esos periplos atlánticos que le llevaron incluso a las Azores? Naturalmente que el almirante no era un visionario. Era un marino curtido y avezado, que habría pasado muchas horas conversando con otros marineros, observando el mar y el vuelo de los pájaros, que sabía que allí enfrente existía otro mundo, otra tierra, otras gentes. Y conocía el sentido y la dirección de las corrientes marinas, que se dirigían al oeste en el Atlántico sur desde Canarias y que regresaban al este por el Atlántico Norte, hacia Irlanda. Pero aquel mundo no era lo que él suponía. ¡Ay, la bella, salvaje y literaria Irlanda, y el recuerdo del confort de la antigua vida de hoteles bellísimos y servicios de plata!, como contaría el maestro Rafael de la Fuente, donde puedes regresar aterido en medio de la nevisca, coger un viejo libro de cuero encuadernado, ponerte una copa de whiskey y hundirte en las mullidos almohadones de una cama blanca y cálida, con un edredón ingrávido por cubierta, techo de habitación abuhardillado y chimenea encendida, frente a Saint Stephens Green, al que rodean casas palladianas con puertas eduardianas de intensos colores€

Este es el país, que con una milenaria historia de guerras contra los ocupantes ingleses, imperiales, anglicanos y ricos, planta las cruces celtas en las encrucijadas de los caminos, como un motivo de rebelión, como una muestra de orgullo nacional, como en Polonia, como símbolo de rechazo al extranjero invasor. De todo ello nace un riquísimo folklore, origen y raíz de la música norteamericana, manantial de la música country y pop y una extraordinaria narrativa literaria, también madre generadora de toda la literatura del realismo americano, que huele a bosta de caballo, a leche recién ordeñada, a hierba fresca, a olor de plantas silvestres, de regreso a la tierra, como Jim Harrison, pero también de olor a aceite de coche, a cargadores de muelles, a marineros de lejanas tierras, a soldados que mueren cantando a Tipperary, de humaredas de fábricas y de linimento de salones de boxeo. Cuando hay tantas historias que contar y tantos cuentos que narrar y tantas vidas que compartir, y se ha luchado tanto y ha habido tanta emigración y tanta hambre, las elucubraciones de naturaleza abstracta y músicas celestiales de cuernos de ágata y pífanos de lapislázuli, sobran. Porque si hay que escribir poesía, ahí está Yeats. De ahí nace la rotundidad de John Ford, y el encender un cigarro de John Wayne y la cabellera roja al viento de la O`Hara. De ahí surge El hombre tranquilo.

Pero no se confundan. O a lo mejor, soy yo quien los confunde, con mi irresoluta tendencia al esparcimiento, lo cual tampoco es malo, porque solamente quien mucho ha visto, vivido y aprehendido, puede tender a la dispersión. Y perdonen la inmodestia, pero no es Azorín, precisamente mi ídolo literario. Esto no es un artículo sobre Irlanda, ni sobre viajes, ni siquiera sobre cine. Pero es cierto que anoche, mientras veía el discurso del Rey en Nochebuena, al contemplar su semblante serio, pero sereno, su aplomo, su tranquilidad de espíritu, su llamar a las cosas por su nombre, pensé en que era el hombre tranquilo, el hombre que calla mucho, porque tiene que hacerlo por pura prudencia, pero que también dice lo que tiene que decir porque para eso es el Rey. Y aunque tenga que poner las cosas en su sitio con su padre, aunque sea sin nombrarlo, delante de toda la nación, lo hace, a pesar del dolor que pueda producirle hacerlo. Y si tiene que decir que el año ha sido muy duro, pero que lo que viene puede que sea peor, pero que tenemos que tener esperanzas, lo dice, Y si tiene que decir que la situación económica de la clase media y de las empresas es insostenible, responsabilidad del gobierno, lo dice. Y si tiene que decir que el índice de paro de los jóvenes, que es también responsabilidad del gobierno, es intolerable, lo dice. Y si tiene que recordar la labor de médicos, sanitarios, enfermeros, militares, guardias civiles o policías nacionales, lo dice. Era la imagen del hombre tranquilo. No sé si recuerdan cuando Wayne se niega a darle un puñetazo a su contrincante, por razones que solo él conoce, y causa con ello el desprecio de su novia, la pelirroja bravía. Pero sigue tranquilo y adelante.

El Rey anoche habló de todo lo que tenía que hablar, como tenía que hablar y en el momento en que tenía que hacerlo. Hay un hombre tranquilo a los mandos -no se olvide esto- del timón de la nave del Estado. Y su compromiso anoche ante la nación fue que estará al servicio de la nación hasta el último día de su vida. Eso en roman paladino, supone que olviden los independentistas y podemitas cualquier posibilidad de seguir chantajeando al Estado. Y sobre todo, chantajeando al Rey, a causa de cualquier falta, o delito, que pudiera haber cometido su padre. Que aún no está imputado por nada. La respuesta de la jauría independentista ha sido la normal en ellos desde que existen. La de las hienas. Porque es lo que han hecho desde que existen, hubiera o no motivo para ello. Lo de Podemos ha sido realmente indecente, indignante, insoportable. El diputado argentino puede decir lo que quiera y hay que entenderlo. Aunque ya podía aprender a escribir "sexto" en números romanos. Lo del señor vicepresidente del gobierno tiene un nombre: desvergüenza. Atreverse a pedir una Ley de Transparencia de la Corona, para encubrir que aún no sabemos nada de las maletas de Barajas, ni de la Tuerka, ni de Irán, ni de los manejos de Zapatero con Maduro, ni de las investigadas cuentas internas de su partido, ni de la gestión de la pandemia que él mismo asumió voluntariamente, ni de lo que haya ocurrido en las residencias de ancianos, ni de la cifra real de muertos, y ni siquiera cuánto ha costado realmente su casa y cómo, o quién se la ha pagado, es de carecer absolutamente de vergüenza, de decencia y de dignidad. Y por cierto, entérese, lo que el Rey dijo es que la Constitución tiene que cumplirla desde Él mismo, pasando por su padre y toda su familia, hasta el último ciudadano, sea del color político que sea. Incluidos podemitas e independentistas vascos y catalanes.

Lo del presidente del gobierno y su constante ninguneo al Rey, mientras finge ayudar en estos momentos realmente graves y difíciles, es de no poder creerlo. Ello ha traído tal desprestigio al nombre de España en la Unión Europea, que nuestro país es hoy una especie de paria, al que nadie escucha y que tiene que esperar a que países "menores", y de signo político radicalmente opuestos, consigan que no se tengan en cuenta determinadas razones a la hora del reparto de los fondos para la lucha contra la pandemia. Y sin el menor pudor, este apuesto galán se lo atribuye como mérito propio.

Y tampoco es de recibo la publicación de las astronómicas sumas que se está embolsando la generalidad de la clase política española, con un parlamento que ahora, en estas circunstancias, se va dos meses de vacaciones. Si nos están robando, cosa que ya sabemos, no nos restrieguen las cantidades por la cara con absoluta impunidad. Y cuando tengan un rato libre, dense una vuelta por las colas de los comedores sociales a mediodía. Me refiero a ustedes, señores políticos, que nosotros elegimos para que nos representen y a los que les pagamos a base de impuestos asfixiantes en momentos en que no hay ingresos. Y por eso les exigimos que solucionen esto ahora, ya.

Supongo que ahora estará más clara la razón de todo lo que he escrito al principio. El mantenimiento de los valores y de la ética y la obediencia a la Constitución está por encima de todo. De todo y de todos. Hay que guardar la serenidad, pero todos tenemos derecho a expresarnos libremente, no solamente una parte del país. Españoles e irlandeses somos muy parecidos, quizás, entre otras cosas, a nuestra raíz católica, por mucho que le moleste a Colau y similares. Somos abiertos, alegres, decididos, emprendedores, valientes, generosos, borrachuzos y con hambre de siglos. Y dispersos por el mundo no precisamente por hacer turismo. Pero si alguien pone a prueba la determinación de nuestro carácter, verá de lo que somos capaces. Así que, como decían los viejos médicos de pueblo, tranquilidad y buenos alimentos.

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