Hace ya algún tiempo recibimos en casa una carta que nos permitió el retorno con el corazón a Santa Maria sopra Minerva, una de las basílicas menores de Roma. Entonces me hice, y no por primera vez, una pregunta: ¿Qué ocurrirá con el arte epistolar? En el que una coreografía tiende sus redes de palabras y sentimientos - que siempre agradeceremos - prendidos en una red de plata. Con las magias de una caligrafía, la tinta y el papel, todos con alma. ¿Podrá alguien en el futuro escribir cartas como aquella que Rilke le envió a la princesa Marie von Thurn und Taxis desde el Hotel Reina Victoria de Ronda, un 17 de diciembre de 1912? Es bastante improbable. Cada nuevo y siempre asombroso milagro de las actuales tecnologías de la comunicación a través de los ´guasás' que nos inundan a través de galaxias donde navegan los iPhones portentosos, me obligan a agradecer más que nunca aquellos otros momentos, felizmente antitéticos. Que por su rareza se van convirtiendo en auténticos tesoros existenciales.

El sobre de esa carta, sencillo y marfileño, estaba franqueado con un sello de La Poste, el pundonoroso servicio de correos del estado francés. Era ese discreto salvoconducto elegante en su diseño. Llevaba como una bandera la efigie de la república gala con su gorro frigio; en blanco y azul marino. Nos enviaba la carta, con su letra siempre apresurada, intensa, una providencial amiga nuestra, afincada en Estrasburgo, en el Consejo de Europa, donde trabaja en el salutífero proyecto de intentar hacer posible un mundo más inteligente.

Mi mujer y yo jamás olvidaremos el periplo que hicimos en compañía de nuestra amiga por las campiñas irlandesas con un grupo de sabios expertos en las ciencias dedicadas a la protección de la irredenta naturaleza. «Ay, la bella, salvaje y literaria Irlanda» que invocaba el domingo pasado el maestro Mariano Vergara en El hombre tranquilo. Las misivas de nuestra amiga, coincidentes generalmente con sus muy escasas épocas de vacaciones, suelen ser especiales. Es obvio que en los envíos ella se desprende de algo que aprecia. El sobre al que nos hemos referido contenía, en vez de una felicitación navideña, una antigua tarjeta postal. Que reproducía la figura de la Madonna que simboliza el misterio sagrado de la feminidad, depositado en los frescos de la capilla dedicada al cardenal Oliverio Caraffa en Santa Maria sopra Minerva.

Fueron aquellos frescos obra de un esplendoroso Filippino Lippi, discípulo de Botticelli en un Renacimiento tardío. Esta sencilla iglesia, el único templo gótico de Roma, se encuentra en la piazza della Minerva. A tan solo unos metros del Panteón. Sobre los vestigios de un antiguo templo dedicado al culto de la que fuera la diosa de la sabiduría y fiel protectora de los romanos. Algunos autores mantienen que estaba dedicado en realidad a la diosa Isis, de exótica cuna egipcia. En el centro de la plaza se levanta el Pulcino, el curioso elefante de Bernini, portador de uno de los once obeliscos egipcios de la Ciudad Eterna. La tarjeta postal nos llegó en perfecto estado de conservación. Ya no se suele poner el nombre del lugar desde donde se envían las cartas. Afortunadamente no fue así en este caso. Al final de su peregrinación, el eficiente cartero de mi barrio marbellí, ya en los confines meridionales de Europa, la depositó, como un objeto ya sagrado, en el buzón familiar. Dios se lo pague.