Termina un año que algunos nos prometíamos muy feliz, por eso de las dos veintenas, pero que ha resultado verdaderamente trágico. Tanta ruina, tantos amigos, o conocidos muertos, cuando estaban sanos una semana antes de morir, tanta desolación, hay algo del Apocalipsis en todo esto, algo como del fin de una era, de un tiempo fácil y vano, de una tierra baldía. Eliot se inspira en el Eclesiastés para escribir esos terribles versos de «en mi comienzo está mi fin€»,·hay un tiempo para todo, un tiempo para vivir y un tiempo para morir€», «€no me hagáis oír nada sobre la sabiduría de los ancianos, sino más bien sobre su locura, su miedo al miedo y frenesí, su miedo a la posesión, a pertenecer a otro, o a otros, o a Dios. La única sabiduría que podemos adquirir es la sabiduría de la humildad: la humildad es interminable». Los ancianos muertos a solas en las residencias, asfixiados, estrangulados por ellos mismos, intentando inhalar un halito de esperanza aérea.

Pero también la vida da alegrías inesperadas, por pequeñas que sean, que sirven para para paliar la decepción producto de algo largo tiempo esperado, que por circunstancias odiosas resulta un fiasco monumental. Me regala Eduardo Cestino una preciosa obra, Veinte escritores americanos de su hermano Joaquín, ido tan injustamente -toda marcha es una injusticia- editada a su costa y al que no tuve la alegría de conocer. En una bella edición, de esas en que el papel se deja acariciar y oler, porque parece como un reencuentro con algún amor perdido, en la que se recogen las biografías de los más altos escritores norteamericanos, que son como viejos amigos desvanecidos en el tiempo y que uno de pronto reencuentra en el andén de una estación, junto con unas excelentes fotografías y trozos escogidos de sus obras, de las que entresaco esos versos del cada vez más grande Thomas S. Eliot, cuya obra parece estar escrita como una profecía de lo que nos sucede, de lo que nos rodea, sin saber siquiera qué es, rodeados a ciegas de algo que nos mata, como por azar. O como si fuéramos diezmados por un ejército invisible. Están pasando cosas tan extrañas, tan inexplicables y tan poco y mal explicadas, tan insospechadas, tan distópicas, cosas que ni sabemos qué son, ni por qué ocurren, ni si son casuales, o causales.

Hoy 1 de enero en que escribo, a la caída de una tarde gélida, como todas últimamente, en las que el poniente se impone un día tras otro, como el siroco en Muerte en Venecia, no quería ver el concierto de Viena, ese que es «el concierto anual» de muchos seudo melómanos, por miedo a ver la sala vacía y pensar en qué pasaría por la cabeza del también cada vez más grande Riccardo Muti, en qué ocurriría cuando nadie acompasara con sus palmadas La marcha Radetzky, a cuyos sones desfilaban las tropas imperiales ante el Emperador, como un símbolo de la eterna decadencia vienesa, pero es también una novela demoledora de Joseph Roth, que recoge el vórtice en que se hunde en la historia el Imperio Austro-Húngaro, como simbolizan las dudas del estudiante Torless, o de la incapacidad para el suicidio del barón Trotta por pura desidia. En la duda, he optado por arriesgarme y he podido oír la más deslumbrante versión del Vals del Emperador, que haya oído nunca, con los maestros de la Filarmónica de Viena puestos en pie, aplaudiendo al excelso Muti. Ni Francisco José escuchó nunca nada igual, sin duda. No ha habido palmadas obviamente en una sala desierta y fantasmal, pero las palabras del maestro han alcanzado la altura de su dirección, como cuando se queda impasible y deja a la orquesta que siga por sí sola en la sonoridad irreproducible de una obra de arte efímera. Ha hablado del espíritu de Mahler y de Brahms y de Berlioz que los rodeaban en esos momentos, como cuerpos celestes que impulsan con su inapreciable presencia la interpretación de los músicos y el sonido de los instrumentos. Ha hablado de la salud física y de la medicina necesaria para poner fin a la muerte, pero también de la Cultura, como medicina para el cerebro y para el alma, de la música como un arma que no mata, sino que engrandece, ha apelado a los gobernantes, porque la Cultura es lo que nos mantiene vivos y nos hace mejores y nos diferencia de los animales. Y, como la medicina, exige un rigor absoluto en su creación y ejecución. El mismo rigor que exige cualquiera de las ciencias. Porque la Cultura y todos los medios a través de los que se hace visible, es algo más que un entretenimiento, o un atractivo para el turismo, o una manifestación del espíritu diletante de algunos excelsos aburridos. La Cultura exige un respeto absoluto, porque si algo referente a ella, se lleva a cabo con frivolidad, con desgana, como para salir del paso, se convierte en la más perfecta representación de por qué estamos como estamos, ocurre lo que ocurre y somos lo que somos: una civilización a la deriva, una humanidad deshumanizada, un mundo desalmado, es decir, sin alma. Y seremos como nuestras queridas mascotas, que han llegado a tan alta estima en nuestro mundo feliz que en muchos casos han ocupado el lugar que antes ocupaban los hijos.

Antes he hablado de decepciones y naturalmente que me refiero a la fallida instalación del poema Ciudad del Paraíso en un enclave privilegiado entre la Aduana y la Alcazaba, como corresponde a tan altas palabras. Un poema tan absolutamente elevado y profundo dedicado a una ciudad como la nuestra, tendría que convertirse en uno de los iconos de ella. Y eso como signo de identidad tiene mil veces más importancia que cualquier mejora urbanística que se proyecte y no digamos, que cualquier error urbanístico de los que se proyectan. Porque todo eso será barrido por el viento de la historia, antes o después, como ha ocurrido con las viejas piedras de los últimos descubrimientos arqueológicos. Y de la misma manera que no es igual colocar parte de esos restos expuestos como objetos decorativos en cualquier lugar fuera de su contexto, no puede plasmarse un poema de cualquier manera, porque hay quien todavía no sabe que una coma puede cambiar la Historia.

Miren, la madera es noble y trabajar con ella es una labor realmente apasionante. Pero la madera es propia de los países del norte, en los que hasta las casas se fabrican de madera. Porque hay árboles. Aquí en el sur, en el Mediterráneo, en la latinidad, hay pocos árboles y por ello nuestros materiales son la piedra y el mármol. Es tan simple como sumar dos y dos. Ahora ya no tiene remedio y tenemos que olvidarnos del sueño de la lapidaria marmórea con la tipografía romana incisa en el mármol. Como símbolo de eternidad, de permanencia, de afirmación de nuestra forma de ser y vivir. Pero si ha de hacerse en madera por razones que desconozco, hágase rigurosamente, seriamente, de forma perfecta. Y que todas las ideas dignas de ello sean escuchadas. Porque este tiene que ser un proyecto colectivo.

Hemos vivido un año terrible, hemos vivido peligrosamente, hemos comprobado una vez más que la vida es fugaz y maravillosa. Pero también hemos vivido más unidos a pesar de las distancias impuestas. Hemos reaccionado colectivamente de forma bastante aceptable, con muy deshonrosas excepciones. A pesar de los intentos en contra, hay más conciencia de pueblo, de nación, de colectividad que tiene que luchar unida para salir de este inmenso cataclismo. Hagamos las cosas de forma rigurosa, con la certeza de que cuesta el mismo trabajo hacer las cosas mal que bien. Y seamos justos con quienes tanto nos amaron como el señor Aleixandre.

Cuando empezamos con la idea del poema, compré a un amigo un precioso opúsculo en el que se recoge la carta en la que el poeta daba las gracias a los inspiradores de colocar una placa en su casa de la calle Córdoba, diecisiete años antes de que le otorgaran el Premio Nobel de Literatura. No iban mal encaminados. Recojo aquí los párrafos más hermosos de ella:

En Málaga abrí los ojos a la luz recordada. Yo no recuerdo otra luz primera que la de Málaga. Y en Málaga, bajo esa luz sin caída, aprendí a leer, que es otro modo de nacer al mundo. En Málaga amaneció mi conciencia y tuve el privilegio, yo, un hombre como los demás, de despertar a ella en una ciudad que, desde dentro y desde fuera, desde todas partes, he pensado siempre como la única ciudad del paraíso. He intentado decirlo con la voz que Málaga me ha dado - no tengo otra -cuando ya estaba lejos, sintiendo todavía su sombra, su luz: a la sombra del paraíso.

Vaya, pues, mi hondo reconocimiento a los hombres que he mencionado; y lo quisiera extender a Málaga toda. Y esto como un hijo, por amor, de la ciudad del paraíso.

Lleven allí a los colegios, a los niños, el día que esto haya terminado y cuéntenles la historia de un chico que corría de su casa en la calle Córdoba, cruzaba la Alameda y Puerta del Mar, subía por calle Nueva, cruzaba la plaza de la Constitución y por calle Granada llegaba a su viejo colegio, mientras por el camino sus ojos intensamente azules iban enamorándose de la luz de su ciudad.