Diríase que fue ayer, pero no, no es desde ayer que mis años terminan cuando el mes de enero ya ha nacido. El vals del tiempo que mide la vida, cambió, y pareciere que fue ayer que los dioses reescribieron mi calendario con un diciembre de treinta y cinco días y un epitafio: ¡hasta aquí!

Después, para cerrar el círculo del tiempo, reescribieron mi mes de enero desnudo de sus primeros cuatro días. Por imposible que parezca, desde aquel día, en mi almanaque perpetuo, el primer día de cada año es el día cinco de enero, que llega con un inexorable mensaje: ¡desde aquí!

Supongo que los párrafos con los que he abierto este artículo obedecen a mi manifiesta impericia para dominar mi pluma cuando cobra vida propia, y que lo que ha pretendido ella hoy es advertirle de que será pasado mañana, y no antes, que me tocará hacer mi particular balance e inventario y proyectar mis deseos y mis emociones y mis sueños y mis brindis en los que usted, generoso leyente, ocupará su lugar. Si pasado mañana, en algún momento de sus veinticuatro horas, oye campanillas mágicas, escúchelas sin alarmarse; esta vez seré yo y no el director del banco con la cantinela de siempre. El suplicio bancario es como la gota china, que no malaya, como la denominan tantos.

Ya puesto, doy fe: pocas cosas hay --quizá ninguna-- más peligrosas que un sapiens bancario hecho rehén del sistema operativo de su ordenador. De hecho, en mi humilde opinión, en la actualidad, nada mejor que un banco para demostrar quién domina a quién en el viceversado mundo de nuestros días. ¿Decide el hombre o decide la máquina?

Sorprendente: justo ahora, mientras escribo, a través de mi ventana veo llover neuronas y escucho susurros. Las que susurran son de ellas, las neuronas, que son pléyade. Curioso: aunque nunca hasta ahora había visto a ninguna de las neuronas que lloviznan en este momento, me suenan sorprendidas, como si las conociera de toda la vida. Presumo que su sorpresa es lógica, porque deduzco que las neuronas no son muy de llover cotidianamente. De susurrar sí que son. De hecho, yo oigo a mis neuronas susurrarme a menudo, pero siempre en seco. Por cierto, ¿las neuronas llueven o son llovidas? No, no es lo mismo, paciente leyente, recuerde, si no, la anécdota que cuentan como acaecida en el Sanedrín de los Diputados, protagonizada por don Camilo, nuestro Nobel, que se non è vera è ben trovata, que demostraba que no es lo mismo joder que ser jodido.

Desde mi ventana, la calle es un sereno manto multicromático de neuronas susurrantes. Veo cómo los transeúntes transitan empapados de ellas hasta los tuétanos. Algunos, quizá los menos dados a excesos neuronales y/o a susurros moralizantes, a medida que la lluvia arrecia, caminan en tropel, con dificultad, hasta que, exhaustos, terminan cayendo al suelo como pesos muertos que empujan a las neuronas susurrantes que los empapan a diseminarse y ser absorbidas por la tierra. Visto con cierta perspectiva intencionada, pareciere que dibujan una moraleja en la que es la Naturaleza la que reparte las neuronas. Y uno, al verlo, se pregunta si no llegará el día en el que algunos minúsculos gusanos de tierra tengan más neuronas adaptadas al medio que nosotros, los más torpemente sabihondos del Universo.

A pesar de lo inclemente del tiempo, el espectáculo es tan grandioso como sorprendente. Me pongo en el papel de los transeúntes agraciados con el orvallo y vivo en primera persona la sensación de estar formando parte de una aventura mágica. Me pellizco enérgicamente, temiendo despertarme con un tebeo de aventuras sobre mi regazo, y mis emociones crecen. A no ser que se trate de un bucle que consista en soñar que sueño, no, no estoy soñando. Fuera llueven neuronas que susurran y en las ventanas y balcones de los edificios colindantes veo gestos tan maravillados como el mío. Otros ven lo mismo que yo veo.

No puedo resistirme, quiero salir a compartir la calle. Necesito empaparme de neuronas susurrantes.

Mientras llega el próximo martes, amable leyente, le avanzo mi deseo de un 2021 lleno de emociones y de sueños por cumplir. Recuerde que no hay sueño ni deseo más inmortal que el que habita en cada paso, ni emoción mayor que la que nos encuentra vestidos solo de nosotros mismos.