Este 2021 recién estrenado nos deja más claro -si cabe- que el año nuevo se trae todo lo de antes y que de uno a otro apenas cambia el dígito y las expectativas y que cuando éstas no cambian lo anterior sigue sin solución de continuidad. Todos habríamos querido dejar atrás un año tan malo como el 2020, que desde marzo nos cambió tanto y a tantos la vida, un 2020 que se llevó por delante la economía, a las personas, las relaciones, la ilusión, la normalidad y los planes, pero no es tan fácil cerrar el paso al año viejo como dar la bienvenida al nuevo, el tiempo es un pasillo sin puertas por donde va corriendo el aire.

Tenemos, eso sí, el recurso de poner todos los marcadores a cero, desprendernos del cansancio acumulado, imaginar un nuevo intento, y buscar en los reiniciados números otras tendencias, ansiadas esperanzas, agarrarse a la vacuna como nueva variable y esperar que a medida que aumenten las dosis se reduzca el problema y vaya emergiendo una solución si no definitiva al menos más estable. Nos queda esperar que la anunciada tercera ola no coja suficiente altura como para que sumerja todavía más la economía y nos empape de nueva deuda y más pobreza. Nos queda también aplicar lo aprendido, ser más cautos y responsables, restar del problema que nos aplasta el peso de nuestros propios errores. La solución siempre estará más cerca se haga lo que se haga, aunque uno no pare de dar vueltas, va cambiando lo que se rodea, pero siempre será mejor salir del laberinto probando nuevos caminos que esperando a que se extinga.

Lo que será difícil que desaparezca, incluso más que el persistente virus, será la teatralizada pelea política, el afán de protagonismo de los que hacen poco o nada y el permanente boicot entre siglas. Hay cosas que no tienen cura y ningún año las cambia.