Quizás la pregunnta que mpugne la salud institucional de Estados Unidos no sea cómo es posible que Donald Trump siga actuando como ahora mismo (intentando subvertir los mecanismos democráticos hasta el borde mismo del golpe de Estado) sino cómo resultó elegido un rufián mafioso de semejante catadura moral, un sujeto al que le importa un bledo Estados Unidos, la democracia o la situación de sus conciudadanos, que aunque perdió claramente las elecciones del pasado noviembre, obtuvo más votos populares que hace cuatro años.

Trump no es una lejana curiosidad antropológica. Es la expresión política, ideológica y cultural de una época: el trumpismo, como el coronavirus, flota por todas partes. Quienes le votan -en su gran mayoría- cree que lo están haciendo contra el establishment político y financiero tradicional que identifican como la causa de su perdición, de sus sueños rotos, de las promesas de prosperidad incumplidas, del subempleo y la degradación de los servicios públicos, de lo que se les antoja un desorden moral que mina su identidad individual y comunitaria. Por eso son inmunes, entre otras muchas canalladas de un narcisista criminógeno, a la información sobre el fraude fiscal que Trump ha cometido durante lustros. No lo valoran como una prueba de su villanía, sino como un indicio de su astucia frente a los cabronazos de Hacienda, cuya voracidad relacionan con un gasto social disparatado a favor de las piojosas minorías o con los costes de bases y campañas militares en el exterior. Lo que ha conseguido Trump es magnífico en términos de rentabilidad política. Si algo funciona bien es obra suya: como dirigente supera cualquier dificultad. Si algo funciona mal, en cambio, es el resultado de la torpeza, la ignorancia o la crueldad de élites políticas, empresariales e intelectuales que controlan directa o indirectamente el Estado Profundo. Porque Trump es un titán, pero un titán que lucha contra ejércitos de multimillonarios sin patria, demócratas degenerados, actores de Hollywood más degenerados todavía, chinos asesinos y críticos del cambio climático, entre otras pestes. ¿Quién debe cargar con la responsabilidad de que las campañas de vacunación no se estén llevando en Estados Unidos un buen ritmo? Bueno, los gobernadores de los Estados. ¿Y por qué los gobernadores? Los demócratas, porque son unos sádicos y quieren dañar la imagen de Trump. Los republicanos, porque aunque parezca increíble algunos no están dispuestos a jugarse la carrera por el presidente saliente: jodidos traidores y mentecatos. No entienden que el trumpismo ha llegado para quedarse. Que la guerra civil es inevitable si quiere mantenerse el status quo y declarar cualquier reformismo como un ataque contra los Estados Unidos como religión común y retórica compartida, pero nada más. La guerra civil puede ser simbólica - desplazando los marcos legales hasta donde sea necesario - y si resulta imprescindible, llegará a ser real a través de una represión sistemática y decidida. Ya basta de tonterías. Para los trumpistas el objetivo no es combatir la pobreza, sino a los pobres. Porque quien es pobre en los Estados Unidos es porque moralmente se merece serlo: una convicción de toda la vida actualizada ahora por un empresario mentiroso, ladrón y corrupto.

Trump no podrá salirse con la suya ahora mismo, ni es posible en esta coyuntura una guerra civil estilizada, pero dedicará tiempo, carisma y medios económicos en inutilizar el mandato de Joe Biden e incendiar la política en Washington y en los estados de la Unión. La democracia estadounidense - rota, anémica, prostituida - va a ser sitiada ferozmente en los próximos cuatro años por los que no están dispuestos a perder un dólar, un solo privilegio, una brizna de futuro que es suyo y solo suyo.