Los Reyes Magos llegaron de muy lejos -de Oriente o de Tarsis- y de muy antiguo. Se cree que eran sabios astrólogos, seguramente de la corte persa, acostumbrados a leer en las estrellas los designios de los dioses. En ese caso no serían judíos ni cristianos avant la lettre, sino seguidores de Zoroastro, el profeta persa que fundó el mazdeísmo. Los magos que se acercaron a Belén seguramente fueran, por tanto, dualistas. Creían en una lucha perpetua entre el bien y el mal, entre el reinado de la luz y el de las tinieblas. Sabemos que eran tres por la tradición y no por el Evangelio de Mateo, que es más bien parco al respecto, aunque sitúe la escena de los Magos en el centro del prólogo, subrayando así su importancia. El número tres, en clave simbólica, apela a la Trinidad, a los tres regalos -oro, incienso y mirra- y a las tres etapas de la vida -niñez, edad adulta y ancianidad-. En las catacumbas romanas se pueden ver representaciones antiquísimas de los Reyes de Oriente, la estrella y la Madre con el Niño. Tiene sentido, pues la adoración de los tres Reyes demuestra que «fueron los primeros frutos del mundo pagano», en palabras del cardenal Newman. Será más adelante, ya con el Evangelio Armenio de la Infancia -en el siglo VII u VIII-, cuando queden fijados definitivamente para la posterioridad sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar.

La Historia, sin embargo, nunca es inocente: el mal actúa. Avisado por los tres Magos, la inquietud se apodera de Herodes. ¿Ha nacido un Salvador? ¿Un rey? ¿El Mesías? Deja pasar unos días, a la espera de que regresen los tres Reyes. Estos, prevenidos por un ángel, no lo harán. Y entonces Herodes decidirá matar a los inocentes, asesinar a todos los niños de Belén menores de dos años. Fue un acto de exterminio masivo, como tantos otros a través de los siglos. No obstante, sorprende pensar que, en el hermoso relato de la Natividad, esa luz que seguían los magos persas desembocara en una matanza. El mal no cede fácilmente su posición de privilegio. No lo hizo entonces ni lo hará ahora.

La festividad de la Epifanía que celebramos hoy nos habla de todo ello, sepultado bajo un aluvión de regalos. Este año, sin embargo, se añade la ausencia del encuentro de los Reyes con los niños, motivada por el coronavirus. Han llegado los presentes y quizás la cabalgata por el televisor, pero no la presencia real, concreta, física, de los tres Reyes. No existen. Una afirmación clásica de la teoría política asegura que sólo el poder es soberano. Si es así, hoy el poder lo detenta el coronavirus, que rige sobre nuestras vidas hasta el punto de eliminar el encuentro con los Reyes Magos o de obligarnos a una vacunación universal, como prueba de su soberanía sobre los hombres. El mundo sigue igual, aunque al mismo tiempo todo parece haberse transformado; no se sabe si a mejor o a peor. La Historia no es inocente, en efecto. Y quizá sólo logremos entender estos años dentro de muchas décadas, con la perspectiva que se obtiene cuando ya han sucedido las cosas. O no. El futuro es un misterio, el pasado se oculta entre las brumas, el presente se ha convertido en un lugar incierto. Los reyes han llegado y no los hemos visto. ¡Qué señal de nuestro tiempo!