Decía Montesquieu que la corriente principal de los acontecimientos siempre arrastra consigo a los acontecimientos especiales, y en estos meses de peste hemos aprendido que cuando la corriente principal de los acontecimientos es imparable los acontecimientos especiales son arrastrados como barquitos de papel en las cataratas del Niágara. El fútbol no era ni siquiera el «Titanic'»sino un barquito de papel arrastrado por una pandemia tan ciega, amoral y fría como el terremoto que arrasó Lisboa en 1755. Si el terremoto de Lisboa contribuyó al nacimiento de la sismología moderna y despertó a filósofos como Voltaire del sueño de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, la pandemia provocada por el virus del covid-19 ha contribuido a que los futboleros abandonemos el baloncentrismo y nos ha despertado del sueño de que vivimos en el mejor de los mudos futboleros posibles.

Estos meses de fútbol con las gradas vacías y emociones medio llenas nos han permitido echar un vistazo al pasado y comprobar que hubo vida en el planeta fútbol antes del Bayern de Múnich de Lewandowski o del cansino dueto escrito para Messi-Ronaldo. La historia del fútbol está llena de partidos maravillosos, futbolistas magníficos, ambientes electrizantes y resultados épicos. Creo que, del mismo modo que podríamos vivir para siempre releyendo a los clásicos, podríamos vivir eternamente revisando viejos partidos de fútbol. Dicho de otra manera, un amante del cine podría vivir mil años en una isla desierta alimentándose solo de las películas que ya existen y, si me apuran, solo de las que fueron rodadas en blanco y negro y, si me apuran un poco más, solo de las películas que dirigió Billy Wilder o protagonizó Katharine Hepburn. Lo mismo ocurre con la música, con la novela, con la filosofía, con la poesía, con la pintura. ¿Por qué no con el fútbol? Si podemos vivir mil años revisando el cine de Billy Wilder o la filosofía de Platón, ¿por qué no podemos vivir mil años viendo viejos partidos del Santos de Pelé, de Nottingham Forest que partiendo de la nada llegó a ganar la Copa de Europa, de la Juventus de Platini, del Independiente que ganó cuatro Copa Libertadores consecutivas, del Celtic que ganó la Copa de Europa en Lisboa o de la selección de Camerún de Roger Milla?

La más humilde de las bibliotecas públicas puede alimentar el espíritu del lector más voraz hasta el infinito y más allá. No hace falta disponer de la videoteca del comentarista Julio Maldonado, más conocido como Maldini, formada por más de 140.000 partidos grabados, para alimentar el estómago, el corazón y el cerebro del futbolero más exigente. Basta con los vistazos al pasado que ofrece Teledeporte o Gol, con las viejas grabaciones de nuestros partidos favoritos, con algún paseo por internet o, sencillamente, el recuerdo de aquel gol, aquella remontada imposible, aquél pase que nadie vio hasta que surgió de la nada, aquella parada tan improbable como la vida en esta esquina del universo.

El filósofo Theodor Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie, y que cualquier intento de domesticar racionalmente o de estetizar el horror es condenable. Pero Adorno se equivocaba porque, después de Auschwitz, la poesía fue más imprescindible que nunca. Algunos dirán que, después de la pandemia, el fútbol es un acto de barbarie o, quizás, de horrible frivolidad. No lo creo. En todo caso, hablamos del fútbol después del terremoto de Lisboa, no después de Auschwitz. No es lo mismo. Feliz año, futboleros del mundo.