Las declaraciones del presidente Sánchez haciendo balance gubernamental del 2020, que por fin es pasado, planteó importantes novedades en los dos asuntos centrales de la Constitución de 1978: la Corona y el modelo territorial. Modernizar la monarquía, renovándola y estableciendo procedimientos para que rinda cuentas, en la línea emprendida por el actual monarca, Felipe VI, para adaptar la institución al siglo XXI, sería el primer gran reto político para este año. El segundo, un posible indulto a los políticos catalanes presos para «el reencuentro, la reconciliación y la convivencia en Cataluña y de Cataluña para con España»; es decir abordar reformas en nuestro modelo territorial para superar la actual quiebra catalana. ¡Casi ná! Ambas propuestas demuestran ambición y audacia. Sin ellas no es posible ni plantearlas. Pero además precisará amplios acuerdos en torno a cada una de ellas. Y ahí empiezan los verdaderos problemas. Con el PP podrá hablar sobre la adaptación monárquica al siglo XXI, pero tendrá la oposición frontal de Unidas Podemos, su socio en el Gobierno. Iniciar la desinflamación del conflicto catalán tendrá sin embargo el apoyo entusiasta de Pablo Iglesias y los suyos, pero ¿es posible una solución duradera para dicho problema con la oposición radical de los populares? La reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 demostró ya su imposibilidad. Pedro Sánchez afronta por tanto el dilema que plantea «Corazón loco», bolero escrito por Richard Dannenberg e interpretado por grandes como Antonio Machín y, a dúo, Diego el Cigala y María Jiménez. «¿Cómo se pueden querer dos mujeres a la vez y no estar loco?». O en este caso, ¿Cómo se puede defender y profundizar en la actual Constitución y al mismo tiempo gobernar con una fuerza política que pretende liquidarla? No tendrá tan fácil, resolver el dilema, como en la canción: «Una es el amor sagrado, compañera de mi vida y esposa y madre a la vez» (la Constitución). «Y la otra es el amor vivido, complemento de mi alma al que no renunciaré» (Pablo Iglesias). Y, sin embargo, con amplitud de miras, grandeza y espíritu de consenso (el mismo o semejante que alumbró el actual periodo constitucional) podría conseguirse. Incluso con egoísmo. Para Felipe VI firmar un hipotético indulto a los políticos presos supondría la prueba definitiva de que la Corona no es de unos sino de todos. Y para Pablo Casado un acuerdo supondría despejar importantes obstáculos en su camino hacia la Moncloa y en su hipotética estancia en la misma. Cierto es que no lo tendrá fácil. Especialmente por la actitud de algunos de sus propios correligionarios. Estoy pensando sobre todo en la presidenta de la Comunidad de Madrid y su ventrílocuo MAR (Miguel Ángel Rodríguez). No se lo iban a poner fácil. Mi única duda es si, el que fuera también jefe de gabinete de Aznar, optaría por montar la «función» como Mari Carmen, con Díaz Ayuso en el papel de Doña Rogelia. O como José Luis Moreno, con la presidenta como Rockefeller.