La hija de José Luis, un querido y muy admirado amigo de toda la vida, me dio una muy dolorosa noticia: su padre había fallecido el primero de enero. Fue siempre un maestro, como buen zaragozano, en las nobles artes de andar derecho por la vida. Cada sábado le enviaba mi artículo. Siempre me daba las gracias. Incluso cuando el beneficiario de su lúcida inteligencia y su bondad fuera siempre yo. Con golpes como la pérdida de un buen amigo como él, cada vez nos sentimos más solos. Como se proclamaba en las lápidas de los antiguos romanos, le deseo que la tierra le sea dulce.

Se convierten en motivo de reflexión estas despedidas, que siempre nos duelen y que nos dejan desarbolados y a la deriva. Por supuesto, en nuestro horizonte vital están también los millares de caídos anónimos que la pandemia va dejando cada día, como un reguero de muerte y dolor. Ausencias esperadas, algunas de ellas, otras no. De alguna forma parece que se van vaciando nuestras vidas, poco a poco. Lo sentimos cuando llegan a diario las noticias sobre los avances de la pandemia, ya regimentados, con una robótica frialdad, a través de los partes de bajas que publican las instituciones. Desgranando cada 24 horas nuevos rosarios de números, ya convertidos en rutinarios, reflejo de los nuevos contagios y los inapelables fallecimientos.

Me permito ser el portador del eco de aquellas palabras de John Donne, las que tanto inspiraron a aquel visceral admirador de España y de los españoles, Ernest Hemingway. «La muerte de cualquier hombre me empequeñece, en tanto que soy parte de la humanidad; y por lo tanto nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti».

Hace un par de semanas, una muy admirada y apreciada amiga nuestra, Françoise F., la que fuera la ´Châtelaine' de Las Chapas de Marbella y de uno de los lugares más bellos de la Normandía, nos envió desde París un regalo de Navidad. El cartero depositó en el buzón un libro importante: el Outre-Terre, de Jean-Paul Kauffmann. Aquel valiente periodista y escritor fue secuestrado en Beirut por terroristas islámicos. John le Carré, otro maestro, también conoció a Kauffmann y sus experiencias como rehén. Lo menciona con respeto en su reciente e imprescindible autobiografía, The Pigeon Tunnel. No sé si puedo llamar a John le Carré mi amigo, sobre todo por haber sido mi huésped en dos grandes hoteles en los que trabajé: Los Monteros en Marbella y el Villa Magna de Madrid. La relación de respeto y admiración que puede unir a un modesto hotelero con un personaje universal como el gran escritor británico puede ser difícil de encasillar.

Confieso que el comienzo de la lectura del libro de Kauffmann ha eclipsado estos días una gran parte de eso que consideramos la realidad cotidiana. En la que incluyo los horrores que nos llegan desde el fascio trumpiano, al otro lado del Atlántico. ¡Gracias, Françoise¡ Mi antigua fascinación por el Báltico y Kaliningrad, la antigua Königsberg, hicieron el resto. Como nos cuenta Kauffmann en Outre-Mer, el 8 de febrero de 1807, Napoleón libró en Eylau, en la entonces Prusia Oriental, una de las batallas más peligrosas de su reinado. Pudo haber sido un primer Waterloo. Con la anexión por Rusia de la antigua capital prusiana y sus territorios, al final de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades soviéticas le cambiaron también el nombre al antiguo campo de batalla de Eylau. Ahora se llama Bagrationovsk, en honor de un distinguido general georgiano, héroe de la resistencia de los ejércitos rusos contra Napoleón.

Conocí muy bien a uno de sus descendientes, el príncipe Bagrat de Bagration. Vinculado a la Familia Real española, honró con su presencia, en compañía de su esposa, nuestra modesta casa marbellí. Falleció recientemente, mientras paseaba por el jardín de su residencia de Marbella. Fue un gran señor y una gran persona. Tuve el inmenso honor de dar lectura en la capilla de Guadalmina a la oración fúnebre que la princesa Françoise Cazeaudehore de Bagration compuso para su marido.

No se aleja de mi memoria otro ilustre georgiano. Le llamé siempre ´mon frère', mi hermano. Fue el devoto esposo de nuestra amiga parisina, la que estos días me ha permitido leer este espléndido libro de Kauffmann. Falleció Boris en París; ya hace tres años. Sus restos reposan en uno de los cementerios más bellos de Europa. El del Père Lachaise. En el 16 de la parisina rue du Repos. Que Dios les conceda a todos la paz eterna.