Qué duda cabe de que las acotaciones temporales nos sirven para organizarnos, gestionar la vida y prevenir los inesperados avatares de lo futurible. Pero también nos valen, no lo olvidemos, para empezar de cero cuando la adversidad se torna dura de roer, o bien cuando precisamos de un borrón y cuenta nueva. «Mañana será otro día», sentenciamos cuando la jornada se ha teñido con más virulencia de la esperada. Un nuevo día bien nos puede regalar el ímpetu renovado que nos faltó para culminar de manera fructuosa lo que ayer nos traíamos entre manos. Y el nuevo mes, por su parte, además de renovar el presupuesto, abarca con mucha mayor extensión el campo de nuestras alternativas a corto plazo, como si de un respiro potente se tratara. Pero es el nuevo año quien plantea de manera simbólica lo que puede ser un verdadero viraje en el rumbo de nuestros días, esto es, un cambio de sentido que nos lleve mucho más allá del horizonte simplón en el que dejamos de fumar y nos apuntamos al gimnasio. En cualquier caso, antes de proseguir, conste que el eje de todo cambio personal, accidental o sustancial, proviene de la voluntad, no del almanaque, pero reconozcamos igualmente que los puntos de partida, simbólicos o no, se alzan como un contador a cero que nos impulsa y motiva hacia el cambio deseado, como si de una libreta nueva se tratara. Ésa es la magia de los folios en blanco, que están dispuestos a moldear lo que a uno se le antoje si la disposición acompaña.

Es posible que el dos mil veinte nos haya traído lo peor: pandemia, paro, distanciamiento, debacle económica, fragilidad y mentiras políticas. También es posible, puestos a vaticinar, que el dos mil veintiuno no venga a ser tanto Heidi como la segunda gemela de El resplandor. Pero lo que sí que es cierto es que, si algo tenemos que cambiar, modular, aprender, corregir o invertir, el nuevo año emerge como un contexto ideal para comenzar a darle cuerda. Y a mayor abundamiento, hablando por no callar, incluso pudiera ser posible tomarse en serio la siguiente reflexión: si en el siglo que nos ronda, gracias al avance médico, contamos, un poner, con una media de ochenta años de vida, bien podríamos plantearnos una nueva vida a los cuarenta para no saltar del bote con demasiados sueños y objetivos sin cumplir. Porque el tiempo, señores, ese derramar de arena que se nos escapa entre los dedos, es, quizá, lo que jamás volverá. Y claro, adormilarse en la rutina de las felicidades, los dramas, las obligaciones y demás inercias ordinarias puede hacernos olvidar las grandes verdades: que el reloj de arena siempre está en marcha y que, en principio, nosotros somos quienes decidimos qué queremos ser y qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Un axioma que, permitan que me repita, está por encima de la pandemia, del paro, del distanciamiento, de la debacle económica, de las fragilidades y de nuestras mentiras políticas de cada día. Con todo, tampoco olvidemos que el pasado conforma más un aprendizaje que una losa, tal y como suele referir la inefable clarividencia de Paco Huelva: «Si uno mira hacia atrás, ve un camino». Tomar conciencia del presente, de lo ya andado y calibrar con idéntica mesura cicatrices e ilusiones forma parte de la mismísima esencia de lo que somos, del derecho a rendirse cuentas a uno mismo y de la obligación de moldear cada día, «entre el espanto y la ternura», que diría Silvio Rodríguez, la mejor versión que nosotros mismos. Y ello, más allá del gimnasio, más allá del tabaco. «Apiádense del hombre que no tuvo», sigue recitando el cantautor cubano, «ni hijo, ni árbol, ni libro»: tres símbolos que vienen a representar los deseos y las metas de cada cual. Porque nadie, a pesar de vivir «en este tiempo hostil, propicio al odio», es totalmente esclavo de su futuro, lo cual nos hace casi, casi libres, y eso, para lo que dura este paso, nos basta y nos sobra. Para no desvanecernos en el presente, para no desvivirnos por deshacer los caminos del pasado. Ya lo decía mi padre, en pláticas de hace muchos años: «Qué bueno, si pudiéramos volver a los veinte años con lo sabío, sabío, y lo pasao, pasao».