No estoy muy segura de que este nuevo año traiga la normalidad, quiero decir la forma de vivir que teníamos antes de la pandemia; porque hablar de normalidad en un mundo tan diverso, pese a la globalización, no deja de ser un concepto vacío.

Sin entrar a definir lo que es la normalidad y admitiendo una de sus acepciones que califica lo normal como lo habitual y ordinario, ¿cuánto de normal encontramos en este recién estrenado 2021?

Vacunas aparte, la noticia más llamativa de los últimos días ha sido la entrada de los seguidores de Trump en el Capitolio. Nos encontramos con una situación muy normal de inicio: se han producido unas elecciones generales para elegir un nuevo gobierno y lógicamente ha ganado un partido, que en este caso no es el que se encontraba en el poder. Pero el Sr. Trump ya anunció hace tiempo que no le gusta perder y en los últimos días lo ha demostrado con creces.

No voy a cuestionar el sistema de recuento de votos americano, más que nada porque no soy capaz de comprender cómo es posible que tras más de dos meses transcurridos desde que se celebraron las elecciones todavía no tuvieran claro quién era el ganador. Pero lo que sí voy a cuestionar es la falta de respeto al sistema democrático legalmente establecido en un país. Y es que las reglas del juego son sencillas tanto en el juego político como en el deportivo, el perdedor debe ceder su paso al ganador y aceptar la derrota con resignación.

Sin embargo, el jueves pasado miles de personas contrarias al resultado electoral que cerró las puertas de la Casa Blanca a Donald Trump entraron en el sacrosanto Capitolio (edificio que alberga las dos cámaras legislativas de los EEUU, lo que aquí serían el Congreso de los Diputados y el Senado) y la liaron parda. Enarbolando banderas confederadas, banderines de apoyo a Trump, disfrazados de no se sabe muy bien qué y me imagino que portando armas los que tuvieran licencia para ello, cosa que en ese país no es nada anormal, las imágenes de esa turba paseando por el edificio que simboliza más que ningún otro la democracia, sentados en despachos impunemente, entrando por las ventanas del edificio, recorriendo el Capitolio como un remedo de los Village People, en el que sólo el disfraz de policía era auténtico, ponen los pelos de punta al demostrar la fragilidad del sistema democrático. Y eso sólo porque un mal perdedor instigó a sus votantes a que no aceptaran el resultado electoral que condujo a su derrota en las urnas. 30 horas ha tardado el todavía presidente en condenar la reacción de sus seguidores, que él mismo había provocado.

Realmente ¿esto es anormal, tan poco habitual?

Volvamos la vista a Andalucía, año 2018, diciembre, elecciones autonómicas. Tras casi 40 años de gobierno socialista, la lista encabezada por Susana Díaz es la más votada, pero la suma de los escaños de sus rivales deja claro que le van a arrebatar el poder. Ya a las 23 horas de ese mismo día, 2 de diciembre, la hasta entonces presidenta andaluza conmina a sus partidarios a frenar el avance de la «extrema derecha» en Andalucía. Es más, dice que sin la existencia de Vox ella habría seguido gobernando. Minutos antes, el líder de Podemos, Pablo Iglesias había lanzado un llamamiento a la movilización de trabajadores, estudiantes, asociaciones y otros colectivos con el mismo fin. Curiosa manera de pensar, ¿es que acaso todos los trabajadores, estudiantes, etc, votan al Sr. Iglesias? La en otro tiempo celebrada y hoy defenestrada Teresa Rodríguez se suma a llamar a las movilizaciones para parar ese resultado «intolerable». El índice de participación en las elecciones ha sido inferior al 60% del censo electoral.

Y al día siguiente miles de personas, muchas de las cuales seguramente no fueron a votar el día anterior, se manifiestan en distintas ciudades andaluzas en contra del resultado electoral. Rodean el Parlamento andaluz y portando diferentes banderas que poco tienen que ver con la tierra en la que están, irrumpen en la Universidad para protestar contra un resultado electoral que probablemente y con una mayor participación estaba en su mano haber evitado. Se suceden los actos violentos, quema de contenedores, ataques a sucursales bancarias, vamos, un poco lo de siempre. A día de hoy se sigue esperando la condena de esos actos vandálicos por parte de las personas que los instigaron.

Claro que hay diferencias entre ambos casos, veámoslas:

-En primer lugar, el resultado de las elecciones se conoce prácticamente ese mismo día, no al 100%, pero la cara de la Sra. Díaz es un auténtico poema ya a las 9 y media de la noche.

-Afortunadamente el uso de las armas no está extendido en España como sí lo está en EEUU.

-Donald Trump condena los actos que él mismo ha promovido aunque tarde casi 30 horas en hacerlo a diferencia de lo que ocurrió en Andalucía.

Veamos ahora algunas similitudes:

-Se produce una no aceptación de una derrota obtenida tras un proceso democrático.

-Se insta a los descontentos a que protesten y se alcen contra el resultado electoral que nos les satisface, aún desconozco con qué finalidad más allá de demostrar la pataleta del perdedor.

-En ambos casos se portan banderas que poco o nada tienen que ver con la protesta en sí, banderas confederadas y banderines de un candidato en un caso, banderas comunistas y republicanas en otro.

Visto lo cual planteo de nuevo la pregunta, ¿lo que ha pasado es normal o anormal? Si lo consideramos anormal por lo poco habitual, ¿cuántas más veces se tiene que repetir un comportamiento semejante para concederle la calificación contraria? ¿Por qué en unos casos se alienta lo que en otros se condena?

Y ahora vayamos al terreno deportivo, imaginemos a Nadal perdiendo una final de Roland Garros, crispada su mano sobre la raqueta con la que ha golpeado la pelota que ha dado la victoria a su rival, acercándose a la red donde el campeón le espera con la mano extendida en son de paz y propinándole un raquetazo en toda la cabeza con todas sus fuerzas mientas le insulta al grito de tramposo.

O la entrega de la Copa del Rey, imaginemos a Felipe VI reteniendo la copa en sus manos y resistiéndose a entregarla al equipo rival de su adorado Atlético, proponiendo que se prorrogue el partido hasta que su equipo favorito marque un gol o a los jugadores de ambos equipos enzarzados a puñetazos porque no están de acuerdo con el resultado obtenido.

Y es que ¿dónde está la línea que separa la normalidad de lo que no lo es?