Como si no tuviéramos suficientes excusas nos trae el frío una nueva para no salir de casa y refugiarnos entre mantas y radiadores. No invita el frío a salir a la calle y uno comprende en estos días azotados por las bajas temperaturas el distante carácter de los habitantes donde el frío es uno más. Y es que el clima influye en las sociedades y las moldea con sus gélidas, cálidas o templadas manos, dando forma a las distintos temperamentos que caracterizan cada zona geográfica.

Que venía la tormenta hasta nuestra casa se sabía con tanta certeza y antelación que hasta le pusieron nombre, era tan previsible que la nieve y su frío se iban a dejar caer a pie de calle que puede resultar extraño que nos pillara por sorpresa y provocara tantos problemas y tan lentas fueran luego las reacciones, pero a estas alturas de la película el guión ya no sorprende, aunque le deje a uno helado su dramática trama, o los infames personajes.

Contrasta la belleza de las fotos de ciudades cubiertas de nieve con los numerosos destrozos que esto ocasiona, no hay arquitectura, ni calle, ni paisaje que no reluzca con un tono níveo, con ese blanco natural y homogéneo que hace sucumbir a los más llamativos colores, pero la belleza de lo exótico no tarda en mostrar con toda su fuerza que no nos pertenece causando estragos a su paso.

Ha venido Filomena a ofrecernos una tregua envenenada, es decir, otra guerra, por unos días el problema ha sido otro y la pandemia ha quedado relegada a un segundo plano, como una más atrapada entre la nieve, acallada por el frío apenas ha articulado palabra, la noticia era la tormenta, las carreteras cortadas, los destrozos, la gente atrapada, pero se irá la nieve derritiendo y aparecerá debajo de ella todo lo que ahora oculta sin que haya cambiado nada.