12 de enero de 2021
12.01.2021
La Opinión de Málaga
El jugador número 13

Los que importan

11.01.2021 | 22:04

En la línea de la racha que el equipo del Unicaja lleva explotando varias semanas, este domingo ha sufrido incluso el retraso en la celebración del partido de Liga ACB. No ha sido por el temporal que ha puesto en jaque a toda España (sí, incluso sin nevar, también ocurren cosas más allá de Madrid), sino por la pandemia que ha podido quedar algo minusvalorada ante las inclemencias climáticas. Pero al final se jugó, ocurrió lo que este grupo nos tiene acostumbrado y se cerró la primera vuelta de la temporada 2020/2021.

Al final se ha clasificado el Unicaja para la Copa del Rey del mes próximo, con un balance que nos dice que sólo se ha ganado al Valencia Basket de los equipos que están por encima de los de Luis Casimiro Palomo en la tabla, y con la resolución de no haberse disputado todos los encuentros que eran necesarios para tener una clasificación justa al final de la primera ronda.

Entre la Liga impar, la pandemia y los aplazamientos, un acuerdo de la Asamblea de la ACB (la misma de la que se levantan los equipos que están o pretenden estar en la Euroliga para presionar y conseguir los objetivos) permite que el equipo de Málaga entre como octavo clasificado para el torneo de Madrid. Lo que no espero es que se saque pecho por esto y mucho menos se hable de objetivo cumplido, me parecería tremendamente pobre.

Ya que nuestro equipo no está cumpliendo con lo que esperábamos de él, visioné el documental de Informe+ «La plata de Los Ángeles». A ver, leí por ahí que un exceso de nostalgia se traduce en depresión, no creo que recordar aquellos días tenga una consecuencia directa tan drástica, pero me sirvió para refrescar recuerdos y personajes que para nuestro deporte me parecen imprescindibles.

Suele ser muy humano quedarse con lo último y no recordar a quienes estaban en los inicios, pero una figura como la de Antonio Díaz-Miguel tal vez no tuvo el final merecido. Algo, por otro lado, tan español como la siesta.

Aquel verano de 1984 fue un verano de pocas horas de sueño, de llegar al bar de al lado de la oficina y ver esa guerra que fue el partido frente a Uruguay, de morder los cojines del sofá para no despertar a la familia, o de irte en blanco al trabajo, porque si el partido era a las cuatro de la mañana, ¿para qué acostarte si puedes verlo con los amigos?

Ya tenía mi opinión formada sobre el seleccionador y el resto de integrantes desde hace tiempo, y creo que al entrenador manchego le aquejó ese mal tan español que es no saber dejar el cargo a tiempo y que tras veintisiete años no se recordara que la selección era víctima propiciatoria de equipos como Polonia. Y lo habitual en su clasificación que era caer en cuartos de final era injusto. Igualmente es lógico hacer partícipes a los jugadores que pasaron por sus manos, gente como Juan Antonio Corbalán, Epi, Fernando Martín, Andrés Jiménez o Josep María Margall tampoco tendrían que sacarse fuera del contexto de un grupo que fue el primero que ganó una medalla olímpica en deportes de equipo para un país que precisamente tenía gente no muy alta.

Antonio Díaz-Miguel obtuvo el reconocimiento entrando en el mítico Salón de la Fama de Springfield, y fue capital para el baloncesto español. Aprovechándose de la facilidad de Real Madrid y de FC Barcelona para nacionalizar proyectos interesantes, el apoyo de Clifford Luyk y Wayne Brabender inicialmente y de Juan Domingo de la Cruz y Chicho Sibilio posteriormente fueron unos apoyos capitales para desarrollar el crecimiento de nuestro deporte.

Aquella medalla en 1984 fue derribar la puerta. Anteriormente ya hubo podios, ya se avisaba derrotando a dos equipos de ensueño que añoramos todos los que los vimos jugar: las gloriosas Unión Soviética y Yugoslavia, y no todo fue bonito e idílico. Sin ir más allá, recordar que Chicho Sibilio no fue a la Olimpiada por decisión propia, o que Jordi Villacampa fue sustituido casi en el desfile inaugural por José Manuel Beirán, deja claro que la vida real no reside en Disneylandia, pero aquí estamos para convivir con lo cotidiano. El guión que nos gustaría protagonizar nos exige trabajar para intentar aproximarnos a lo que nos gusta luchando contra los problemas propios y ajenos que tenemos a diario, por eso, no recordar los buenos momentos que se han vivido por culpa de estas pequeñas cosas es un peaje emocional que hay que pagar en la dosis adecuada.

Inicié esta columna pensando que nuestro equipo merecía unas «vacaciones», a ver si así mejora, pero sí que tengo claro que era mejor recordar algo que sí merecía que se hiciera, porque hay personas y ocasiones que merecen no abandonar nuestros recuerdos.

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