Todos tenemos o tuvimos madre. Afortunadamente yo aún estoy entre los primeros. Pasar del tiempo presente al pasado equivale a recordar la vida y recordar es algo que nos hace viejos, en la medida que los recuerdos superan a los proyectos. Cuando son agradables, los recuerdos alivian nuestras penas y cuando resultan dolorosos, mejor olvidarlos. Olvidar es relativamente fácil, basta con cumplir años. Olvidar es algo cotidiano, especialmente en la mente de muchas de nuestras madres. En este tiempo de pandemia hemos perdido muchas madres. Algunas sin las lágrimas necesarias ni con la despedida imprescindible. Los propios hogares o las residencias de ancianos han sido testigos de los estragos del coronavirus en las personas mayores. En España más del 70% de los fallecimientos han ocurrido en personas de más de 65 años, aunque debemos recordar que nuestro país tiene una proporción del 19,8% de personas en esta franja de edad (Asturias tiene el 26,1%, según datos del Instituto Nacional de Estadística -INE- para el año 2019). Estas distribuciones no son iguales para nuestros padres, que en muchos casos hace ya años que perdimos, que para nuestras madres. La esperanza de vida en España (INE-enero2020) para los hombres es de 80,9 años y para las mujeres de 86,2 años (la media es de 83,6 años). Todo ello conforma una población con un claro predominio de madres ancianas, viudas en muchos casos, que viven solas, y en la mejor de las situaciones son atendidas por hijas (os) que trabajan y que necesitan el apoyo de cuidadoras (es), o ser trasladadas a residencias geriátricas. Si nos centramos en la frialdad de las cifras, Asturias tiene una población de unas 190.000 personas con una edad igual o superior a los 70 años y de los cuales 48.000 tienen 85 o más años. El número de plazas disponibles en residencias para esta población asciende a unas 13.500 (4.500 en centros públicos y 9.000 en centros privados). Números, solo números aproximados, que no deberían dejarnos insensibles. Hablar de madres es algo muy común en todas las conversaciones y más en estas fechas. No es bueno dejarlo solo para las esquelas, donde aparece una larga lista de nombres de hijos, hermanos y nietos que repiten 'nunca te olvidaremos'. Asistimos a un tiempo de aislamiento y de separación, únicas medidas hasta la llegada de las esperadas vacunas para reducir los estragos de este virus, y esta separación conduce a aumentar la rapidez con que la senilidad se instala en la mente de nuestras madres. La compañía, la conversación diaria, el paseo, la lectura,€ son instrumentos para reducir el impacto de la soledad en los ancianos. También cantar. Aquellas canciones que aprendimos en la infancia y que ayudaban a dormir, aquellas melodías que canturreaban en el campo durante el verano, las letras nunca olvidadas de nuestras reivindicaciones sociales, o las que se decían al oído de la persona amada. Antonín Dvorák (1841- 1904), el conocidísimo músico de Bohemia, compuso esta bella melodía 'Canciones que me enseñó mi madre' en 1880, cuando se encontraba en la parte ascendente de su creación artística, al poco tiempo de presentar sus danzas eslavas y antes de sus fructíferos viajes por Inglaterra y EEUU (Sinfonía del Nuevo Mundo). Compuesta para voz y piano (sugiero la interpretación de Anna Netrebko y Daniel Barenboim), forma parte de la colección 'Canciones gitanas' (Opus 55) del autor. Dvorák era el mayor de 14 hermanos de los que 8 sobrevivieron a la infancia y, además de sus aptitudes, tuvo una excelente formación musical. La letra de la canción es un cariñoso recuerdo de su madre (Canciones que mi madre me enseñó en unos días que ya se desvanecieron, con ojos siempre regados por sus lágrimas. Ahora enseño estas melodías a mis hijos y fluyen en mí de nuevo las lágrimas con su memoria). Mi receta profesional y de hijo: una canción diaria cuando visitemos a nuestras ancianas madres.