Demócratas vs populistas

Si la gran batalla ideológica del siglo pasado fue la división izquierda-derecha, el Siglo XXI y la era del posmodernismo nos sitúan en un escenario más complejo, menos simplista, y más difícil de combatir. Hoy, el mundo no se divide en viejos izquierdistas abanderados del progreso frente a la vieja derecha conservadora y rancia. Actualmente, la guerra ideológica ha mutado y la Unión Europea es un buen ejemplo de donde debemos posicionarnos. Liberales, socialdemócratas, conservadores y verdes se alinean en el Parlamento Europeo frente a los que desafían el orden democrático y el sistema de libertades que los europeos decidieron darse en la segunda mitad del siglo XX. Los populistas de todo signo se han propuesto destruir y poner en jaque los cimientos que conforman nuestro Estado de derecho y nuestra democracia; las instituciones.

Lo ocurrido en el asalto al Capitolio es tan sólo un síntoma de un virus que se propaga por el mundo y lo realmente triste es que aún no se ha encontrado la vacuna. La incertidumbre social, tan característica de los últimos tiempos, la corrupción, la falta de liderazgo, de proyecto y de gestión, son las vías por las que el populismo circula y campa a sus anchas. Los líderes populistas se erigen como mesías y se sitúan por encima de las instituciones que acusan de fraudulentas y fallidas.

En el siglo XX, los movimientos totalitarios vencían y tenían éxito rompiendo con el sistema desde fuera, hoy, la ruptura se produce de manera endógena, los populistas de todo signo aceptan las reglas del juego, se presentan a elecciones y compiten con sus rivales políticos, practicando una política de masas e identitaria, precisamente aprovechando los contextos de crisis, ya sean económicos, territoriales (aquí es donde se hace fuerte el nacionalpopulismo), o también institucionales. Pocos países se salvan hoy de fuerzas populistas en sus parlamentos y muchos de ellos ya están gobernando en algunos Estados-naciones. Los políticos moderados, y en particular los gobiernos que históricamente han creído en la democracia y en el Estado de derecho, son los principales responsables del auge de este movimiento nocivo para quienes creemos en la libertad, en la igualdad y en la justicia, pues son ellos los que por medio de sus recetas caducas, errores y falta de adaptación a una nueva era como la que vivimos, han permitido que estos cuentacuentos profesionales penetren por los entresijos legislativos y sociales, captando ya a una gran parte de la sociedad que ha perdido la esperanza y la fe en las instituciones democráticas. Y no hablamos de ilegalizar a nadie, al populismo se le desactiva desinfantilizando a las masas, con raciocinio, y verdad científica.

Lo tristemente cierto es que llegamos tarde, nos están ganando terreno, y ya no hay tiempo para disputas estériles entre nosotros. Los demócratas y los que creemos en los principios de la Ilustración y en el Estado de derecho debemos unirnos, pues las consecuencias de la batalla ideológica que libramos contra los proyectos autocráticos será lo que reconfigure el nuevo mundo, y nuestra será la responsabilidad si no protegemos lo que tanto y tantos siglos ha costado construir.

Decía Albert Camus que «la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas».

Álvaro González Cuesta. Málaga