La OMS ha decidido un año y dos millones de muertos después enviar un grupo de ‘expertos’ a China para rastrear el origen del coronavirus. El Gobierno chino, como era previsible, ha dado pocas facilidades pese a que se supone que es el primero en querer descartar cualquier responsabilidad en la epidemia que más daño ha producido en la humanidad. O quizá por ese mismo motivo, y como sucedió desde el primer momento, está empeñado en no ofrecer transparencia. Los ‘expertos’, en esto del coronavirus, no han tenido hasta ahora lo que se dice mucho éxito. Estos de la Organización Mundial de la Salud pasan por ser los mejores sabuesos que existen para detectar bacterias misteriosas, pero en China su labor puede verse reducida a estas alturas al papel de cazafantasmas en un gigante que se mueve entre las tinieblas. En una sociedad mundial que se caracteriza por señalar al culpable a la primera de cambio, asombra que no haya surgido hasta ahora un clamor para depurar responsabilidades dada la catástrofe humana y las consecuencias que acarreará en el futuro. Cualquier incidente de menor importancia es investigado y analizado hasta el último extremo.

Pero la conmoción de la pandemia ha sido y sigue siendo tan brutal que resta fuerzas al mundo para rebelarse contra la propia raíz del mal. Nos hemos quedado con la versión de que todo ha sido un accidente. Pero entre la más disparatada teoría de la conspiración y la del murciélago y el pangolín del mercado húmedo de Wuhan pudo haberse colado, efectivamente, la realidad que puede ser natural o haberse escapado de un laboratorio: el verdadero origen del coronavirus. Es cierto que lo más urgente en la actualidad es frenar los contagios y administrar las vacunas que sean eficaces para acabar de una vez con este flagelo. El daño está hecho, pero para poder seguir sobreviviendo honrosamente como civilización habría que empezar a preocuparse por conocer lo que realmente sucedió. No ha descarrilado un tren.