Hoy te escribo a ti, político, para decirte a la cara que eres la decepcionante confirmación de lo que ya anunciabas al dar tus primeros pasos en esto de la ineptitud y la mamandurria. Has consumado a la perfección la evolución al gañán que, ya desde joven, ansiabas ser. Aprendiste bien a anteponer los intereses partidistas al bien común, a confundir gestión con votos, y a obedecer vilmente a la mano que te da de comer; porque eres tan inútil y tan cobarde que no podrías ganarte la vida en otro sector. Y lo sabes. Esto que te digo es una obviedad, pero, el problema, es que en los tiempos que corren, tu manifiesta incapacidad para acertar, aunque sea por error o azar, mata gente. Todos asumíamos desde siempre que eras bobo, pero un bobo entre tierno y lastimoso, con limitada facultad para hacer daño. Eras un mal menor, pero ya estoy harto de tratarte como una contingencia asumible, una aberración del sistema que, por generalizada, resultaba aceptable. No, ya no, porque tu talento para esquivar responsabilidades, ahora, cuesta vidas.

¿No lo hueles? Es el hedor a mentira que desprendes. Para nosotros es insoportable, pero tú te has acostumbrado tanto a él que ya no puedes detectarlo. Incluso encuentras cierto placer reconfortante en tratarnos como gilipollas porque, en el fondo y en la forma, intuyes que seguimos adormecidos ante vuestros continuos desmanes y, para cuando toque votarte, ya se nos habrá olvidado. Pero yo ya no olvido, ya no. Tengo grabadas a fuego cada una de vuestras maldades en la calamitosa gestión de la pandemia. Cada compra opaca de material, cada medida descabellada, cada negocio en la ruina, cada ataúd cremado en soledad, cada familia rota, cada vacuna escatimada, cada niño o abuelo confinado, cada minuto de agonía en una sala de espera, cada lloroso hilo de voz de un amigo contagiado, cada padre que sobrevive a un hijo, cada temor artificialmente inoculado, cada valoración sesgada, cada falsedad televisada. No, ya no olvidamos.

A ti, que te dedicas a la política porque hasta para robar bancos hay que ponerse de acuerdo. Has pasado de tonto del pueblo, de payaso de la clase, de que la única razón de tu existencia sea que tiene que haber de todo, a cooperador necesario de esta lamentable campaña de terror a cambio de mantenerte en el sillón otros cuatro años más. Y lo haces de una forma inhumana, insensible, dolosa y desahogada, auspiciada por un partido, sea el que sea, que sabrá recompensar debidamente tu sociopatía, el que te prostituyas o que malvendas tu alma, si es que sabes lo que es eso, al demonio. Mascarillas sí, mascarillas no. Toque de queda a las ocho o a las once. Cierre perimetral o quirúrgico. Reuniones de diez o de cuatro. Bares no, terrazas sí. Colegios abiertos o cerrados. Un mismo enemigo y 19 planes diferentes para combatirlo. Tantos como Comunidades y Ciudades Autónomas existen. Sois una banda de malnacidos.

A ti, político, que malgastas los días reunido con tus iguales, diseñando la forma de culpar a los otros, creando ruido para ahogar el lamento de los sanitarios que imploran ayuda, riendo y tragando en vez de alzar la voz para luchar por quienes te eligieron. A ti, que prefieres maquillar la verdad y disfrazar la realidad con tal de escalar en la lista, con tal de probar tu obediencia ciega a una directiva desquiciada que solo piensa en el próximo ardid, la próxima trampa, con la que desviar nuestra atención de los miles y miles de muertos mientras te apropias una dosis que por derecho pertenece a alguien que la necesita más que tú.

No, ya no olvidamos. Ahora sabemos lo maldito que eres. Cuando nos toque votar lo tendremos muy presente, porque de eso depende nuestro futuro.