Confieso que la primera vez que vi en la prensa una perspectiva del rascacielos del posible hotel del puerto de Málaga no me disgustó la idea. A pesar de su comprometido emplazamiento, el edificio era bastante correcto y tenía el respaldo del saber hacer de Pepe Seguí, a quien yo considero un buen profesional, tanto del urbanismo como de la arquitectura. La propuesta me pareció un gesto positivo de modernidad de la ciudad…, pero había algo que no me encajaba, aunque no sabía precisar exactamente qué.

Cuando hace unos días caminaba por el paseo marítimo e intentaba imaginarme el hotel junto a la terminal de cruceros, de repente ‘me caí del caballo’, como San Pablo, y, tras varios años rumiando las diversas opiniones publicadas a favor y en contra, me vino la revelación que buscaba: el problema de fondo era nada más y nada menos la afección que podía tener en mi salud y en la de otros malagueños y visitantes. Y por ello, en base al cariño que tengo a mi ciudad, me siento con la obligación moral de expresar mi opinión al respecto y compartirla con mis conciudadanos.

Desde que vivo en Málaga, casi toda mi vida, el paseo marítimo y su extensión en el morro y el resto del puerto, son ‘el sitio de mi recreo’: no solo donde hago deporte, me baño o paseo, sino lo que es más importante, mi clínica de reparación tras una noche movida, y mi consulta del psicólogo y hasta del psiquiatra. Al estar Málaga sitiada por montañas y por muchos edificios construidos sin demasiado orden (Malaguetanhattan y otros), y no disponer de grandes zonas verdes, la línea del horizonte vacío del mar, unida a la brisa de poniente o levante, siempre me han transmitido muchísima paz y me han aclarado las ideas, actuando como una válvula de escape de la presión diaria y evitándome males físicos y mentales mayores. Me atrevería a decir que para mí y para muchos otros malagueños esos paseos han tenido y tienen un carácter terapéutico, y que el paseo marítimo y el puerto son nuestro hospital psiquiátrico natural y sostenible.

En mi humilde opinión la edificación de ese rascacielos en ese emplazamiento, no solo rompería la paz material de ese extremo del puerto (con un permanente ajetreo de vehículos y personas), sino también la paz visual (y del resto de los sentidos) desde cualquier ‘punto de tierra’ (paseo marítimo, muelles 1 y 2, centro histórico…) y de ‘mar’ (cualquier barco que navegue cerca). Ese edificio llenaría gran parte del vacío que actualmente sirve para recargarnos las baterías, y nos restaría salud a muchos ciudadanos: más que un ‘rasca-cielos’ sería un ‘rasca-salud’. Y además apunto otra cuestión crucial: ¿qué sentido tiene ese macro-hotel ahí, cuando los escasos cruceristas que no duerman en sus cruceros atracados se pueden alojar en los múltiples hoteles del Centro y aledaños, cuyo uso habría que potenciar?

Pero como pretendo que mi crítica sea constructiva lanzo dos propuestas complementarias. La primera es la posibilidad de reubicar en otro emplazamiento el edificio proyectado, con lo que se podría reciclar la gran inversión económica anunciada. Aunque soy consciente de que los edificios están íntimamente unidos al lugar para el que se proyectan, ¿no sería factible trasladar el edificio a otro espacio más recatado del puerto –como por ejemplo al tan traído nuevo frente de oficinas de Muelle Heredia-, y que, con los reajustes necesarios, fuera el ‘edificio-proa’ que sirviera para potenciar de una vez por todas el Soho y aledaños? La segunda, más importante, es el imprescindible tratamiento del solar previsto para el hotel, la plataforma frente a la terminal de cruceros, actualmente reducida a un desangelado aparcamiento. Propongo que se convoque un concurso internacional de ideas para reordenarla como una gran plaza marítima que incluya un potente hito escultural -de toda la altura que fuera precisa-, un tótem o una instalación tipo las de Jaume Plensa, un objeto sin edificabilidad ni aprovechamiento urbanístico, pero con aprovechamiento ciudadano y vital, que diera a esa importante entrada marítima a Málaga el carácter singular que nuestra milenaria ciudad se merece.

Por todo ello, y por supuesto con el máximo respeto tanto a los promotores y al compañero autor de la actual propuesta como a otras opiniones, la mía es clara al respecto: ¡no al rascasalud en el Dique de Levante del puerto!