No hace mucho que se descubrieron fragmentos de unos importantes textos filosóficos de la escuela platónica en las ruinas de Ai Khanum, en el actual Afganistán. Probablemente provenían de la biblioteca del palacio de algún sabio gobernante - helénico - de aquellos lejanos tiempos. Me imagino la sorpresa del campesino afgano que se encontró esos textos. Afortunadamente los talibanes no los vieron. Loado sea Dios.

Tan perplejos estaban aquellos labriegos afganos como probablemente lo estaría dentro de unos cuantos siglos, una vez vencidos estos tiempos de las temibles plagas y las calamidades de la metástasis de la post-verdad, un imaginario campesino que se encontrara en sus tierras del sur de la Península Ibérica aquel singular objeto plateado, al que se dedica este texto. Tenía éste en sus formas la elegancia y la pureza matemáticas de una pequeña nave espacial. Es posible imaginar que los arqueólogos llegarían a la conclusión de que aquel objeto podría haber sido un utensilio muy valioso en alguna lejana civilización, ya desaparecida e incluso olvidada. Sin duda lo utilizaban para poder ayudarse con él y así degustar cómodamente los frutos marinos de aquellas aguas que separaban dos continentes. Y sobre todo para poder saborear las salsas que los acompañaban, a todas luces deliciosas. De ahí la forma cóncava del extremo de la pequeña pala, que sabiamente permitía recoger hasta la última gota.

Después de laboriosas investigaciones se descubrirían en el metal (una compleja aleación de plata y acero) unos caracteres, casi borrados por el paso del tiempo: ‘Christofle, Orfèvre à Paris’. También ocurría en la Persépolis imperial, en la que un poderoso Shah del que muy pocos se acuerdan, intentaba extraer del polvo y de los cascotes de aquel lugar toda clase de objetos que pudieran glorificar a sus antepasados. Pues aquel instrumento culinario confirmaría la existencia de antiguas culturas en aquellas tierras donde podría haber florecido una civilización tan pujante como la que hizo posible la existencia de la biblioteca de Alejandría. Y en la que las palas para el pescado hubieran tenido un importante protagonismo. Tal como lo tuvieron las portentosas bibliotecas del pasado para aquellos gobernantes que se esforzaban en conseguir los grandes textos imperecederos de la Antigüedad. Aguijoneados en muchas ocasiones por el ejemplo de sus súbditos más ejemplares: como Demetrio el Ateniense, preclaro discípulo de Aristóteles.

Supongo que incluso un día un sorprendente descubrimiento llamaría la atención de aquellos futuros arqueólogos. A unos metros del lugar del hallazgo de aquella pala para el pescado se encontraron restos que probaban que en aquella época los habitantes de aquellos lugares se alimentaban también de pescados ensartados en rústicas cañas fluviales, manjar que preparaban con esmero sobre las brasas de venerables olivos.

Lo sorprendente de aquella enigmática civilización sería el que en las mansiones de los poderosos aparentemente no había rastros de bibliotecas. Obviamente no tuvieron ni monarcas ni caudillos que fueran también doctos lectores, como lo fuera Ptolomeo I, el rey de los egipcios. El que fue el amigo y compañero de mil batallas del Gran Alejandro. El que hubiera entregado parte de sus tesoros a cambio de las claves secretas de las sabidurías de su tiempo. Y que también hubiera hecho lo imposible para entronizar en las mesas helénicas aquellos fascinantes utensilios, adelantándose así a la deslumbrante corte de Catalina de Médici, Reina Consorte de Francia. Donde sin duda los consagrarían como el talismán de alguna deidad de la antigua Grecia. Solícita protectora de la felicidad y la sapiencia de los seres humanos. Como las antiguas bibliotecas.