Algunos excursionistas de fin de semana, habituados a la visión de monótonas masas de pinos de repoblación (plantados de forma simultánea y a intervalos regulares) suelen –solemos– tener una noción equivocada de lo que es un bosque. Hasta el día en que, en cierta ascensión a la Torrecilla, se atraviesa un pinsapar viejo: troncos gigantes abatidos por el tiempo, entre los que crecen ejemplares jóvenes aquí y allá; árboles colosales modelados por el viento con forma de candelabro, desde cuyas copas un grupo de buitres otea el horizonte. Líquenes, cortezas, hojas y rocas componen un catálogo de texturas que son un festín para los sentidos, a los que aún se les reserva una sorpresa final: superada la cañada, un quejigal de alta montaña, una atalaya inverosímil desde la que contemplar toda la provincia y más allá. El recién llegado toma conciencia de estar como visitante en territorio ajeno, y también de la excepcional y rara belleza del lugar por el que transita.

La Sierra de las Nieves, el reino del pinsapo, la más reciente adición a la red de Parques Nacionales, recorre estos días los últimos pasos de su tramitación. Esta semana se producía una primera aprobación del anteproyecto de Ley por el Consejo de Ministros, a la espera de que sea remitido a las Cortes para su aprobación final hasta el más elevado rango de protección.

Algo más al norte, en los límites del –por el momento– parque natural, la Sierra de Los Merinos todavía muestra en sus afloramientos calizos las dolorosas cicatrices de lo que iba a ser una macro-urbanización con campo de golf, cuyos viales habían comenzado a trazarse. Son un buen recordatorio de las presiones a que está sometida esta comarca; ahora hay que confiar en que el tiempo y la naturaleza reviertan el daño hecho y que la nueva figura de protección sirva de salvaguarda ante eventuales agresiones. Al fin, una noticia luminosa entre tantas sombras.