En los buenos viejos tiempos los residentes extranjeros de la Costa del Sol siempre adoraron aquel rincón, para ellos lo más cercano a un amable paraíso en la tierra. La llamaban la ‘Orange Square’ y era la prueba de que cierta perfección es posible en este mundo en el que vivimos. La consideraban uno de los lugares más bellos de Andalucía y por supuesto, la joya de Marbella, ciudad clave en el mapa turístico de Europa.

Según me dicen, parece que las autoridades locales decidieron el viernes 29 de enero del 2021 borrar de la faz de la tierra los legendarios jardines de la plaza de los Naranjos de Marbella. El espacio señero que hasta ese día había ennoblecido a la ciudad en la que tengo el privilegio de vivir. En estos momentos me llaman –y no solo desde Marbella- para intentar encontrar una explicación de lo inexplicable. Por supuesto, el príncipe Ataúlfo de Borbón-Orleans, que tanto amaba la plaza de los Naranjos, no lo hubiera entendido. Tampoco el príncipe Alfonso de Hohenlohe. Ni don Fernando Alcalá, el docto historiador de la ciudad, el que también fuera un ilustre vecino de esa plaza en estado de gracia. Y tampoco lo entienden tantos otros y entre ellos los innumerables visitantes llegados desde los cuatro puntos cardinales, los que un día sintieron la felicidad de poder disfrutar de un lugar estéticamente perfecto. Algo muy de agradecer en un mundo que suele ser muy imperfecto. Y por supuesto tampoco lo entendería el escritor escocés John Buchan. Ni el intrépido ‘Mr. Standfast’, el inolvidable personaje principal de la tercera de sus obras.

Parece que las autoridades locales decidieron el viernes 29 de enero del 2021 borrar de la faz de la tierra los legendarios jardines de la plaza de los Naranjos de Marbella

Mr. Standfast fue una buena y salutífera lectura. Quizás por la nostalgia de aquella Inglaterra otrora modélica. Que desgraciadamente ya no existe. Al ser un libro físicamente importante, su manejo exigía ciertas precauciones. Lo encontré a finales de los años ochenta curioseando en un anticuario del Madrid de los Austrias, cerca de las Descalzas Reales. Pertenecía por su encuadernación a las postrimerías de aquella tradición británica del siglo XIX, en la que se solía premiar con libros espléndidos los éxitos académicos de los alumnos de las grandes instituciones docentes del Reino Unido. Como el colegio de Sandroyd, en Wiltshire. Leo el nombre de aquel prestigioso internado sobre el cuero satinado de la cubierta, enmarcado por una filigrana en oro. No podía faltar en aquella pequeña joya el ‘ex libris’. Pegado en el jaspeado de la contratapa, lo preside una corona de laurel y el lema del colegio: «Niti est nitere». Con la firma del profesor que confería ese honor dando fe de que el volumen era el premio otorgado en julio de 1927 al príncipe Ataúlfo, por sus excelentes resultados en los exámenes de latín.

Aquel joven estudiante así premiado era un ciudadano español: Su Alteza Real el príncipe Ataúlfo de Orleans-Borbón, hijo del Infante don Alfonso de Orleans-Borbón y la Infanta doña Beatriz, Princesa de Sajonia-Coburgo-Gotha. Tuve el honor de saludar en varias ocasiones a don Ataúlfo en las calles de mi pueblo, Marbella, donde Su Alteza residía en los años setenta. Sobre todo en la plaza de los Naranjos. Amaba Su Alteza a Marbella. Sin complejos. Por su luz, sus montañas y su mar, y muy especialmente por sus jardines y su austera y elegante arquitectura andaluza. También admiraba a su buena gente, su espléndido paisaje humano. Siempre decía que la arquitectura de la plaza de los Naranjos y su hermoso ajardinamiento mediterráneo no dejaban de ser uno de los más grandes tesoros de España. A principios de octubre de 1974 el Príncipe, afectado por una dolencia grave, tuvo que ser trasladado desde su casa marbellí a la Clínica Limonar de Málaga. Y de allí, ante el empeoramiento del enfermo, al hospital malagueño de la Seguridad Social. Don Ataúlfo falleció en Málaga el 8 de octubre de 1974. El hermoso libro con el que le premiaron en Sandroyd se cruzó en mi camino unos años después. Dios sea loado…

La decisión de que Mr Standfast fuese el premio a los esfuerzos académicos de un joven príncipe español sin duda tuvo que agradar a John Buchan. España siempre le fascinó. El escritor había estudiado filología clásica en Oxford. En 1925 consiguió un puesto de profesor universitario para su buen amigo, el gran Robert Graves, aquel joven y brillante poeta que encontraría en España a su amada segunda patria. John Buchan fue hombre de muchos talentos. En 1935 lo nombraron gobernador general de Canadá. La Corona británica recompensó sus muchos y leales servicios con el título de Primer Barón de Tweedsmuir. La verdad es que agradezco, como un modesto convecino de Marbella, el honor de poder ser el humilde depositario de uno de sus libros.

Quisiera agradecerle a un gran periodista de La Opinión de Málaga, Marcel Vidal, su valiente artículo del pasado jueves

Regresando a la cámara de los horrores en la que se está convirtiendo estos días la plaza de los Naranjos de mi Marbella del alma, quisiera agradecerle a un gran periodista de La Opinión de Málaga, Marcel Vidal, su valiente artículo del pasado jueves. Con motivo de las denuncias formuladas por parte de la oposición municipal por los destrozos que está sufriendo estos días el valiosísimo enchinado de la plaza. Cito un par de párrafos: «El enchinado lo ejecutaron especialistas de la materia con una técnica granadina que se empleó en trabajos similares en el entorno de la Alhambra».

«La renovación del pavimento artístico de la plaza, estrenado a inicios de 2017 y consensuado con vecinos y asociaciones del Casco Antiguo, contó con un presupuesto de 200.000 euros procedentes de una ayuda comunitaria gestionada al 80 por ciento por la Cámara de Comercio de Málaga y el resto por el Ayuntamiento».