La pandemia y las continuas olas de frío han traído consigo que muchos hogares, al dirigirse directamente a sus calefactores (en los casos en los que tienen), se planteen la eterna pregunta:

«¿Lo enchufo?». Por desgracia, el frío no solo congela las calles. La situación sociosanitaria que estamos viviendo está congelando las economías familiares que se encuentran en situaciones de ERTES, desempleos, e incluso sin ingresos, esperanzados en ayudas que las administraciones públicas autonómicas o el estado están «tramitando».

Familias, en definitiva, dentro de una pobreza económica, y con el añadido de la pobreza energética, que se define como: «la situación en la que se encuentra un hogar en el que no pueden ser satisfechas las necesidades básicas de suministros de energía, como consecuencia de un nivel de ingresos insuficiente y que, en su caso, puede verse agravada por disponer de una vivienda ineficiente en energía».

Nos centramos en lo económico para buscar carencias y responder con la cobertura inmediata las necesidades de las familias. Pero, ¿qué ocurre en una familia que desconoce hacer un buen uso de la potencia que tiene contratada?, ¿cómo puede saber si es susceptible de solicitar el bono social?, ¿cómo cambiar de compañía eléctrica? O algo mucho más sencillo como entender una factura.

Todas estas preguntas, si no se consiguen resolver, convierten a las familias en consumidores vulnerables y las exponen a una situación de pobreza energética, ya que son personas desconocedoras de tener acceso a las ayudas de las administraciones, que incluyen realizar mejoras técnicas en su hogar y potenciar la eficiencia energética de la misma.

Por ello, es importante conocer la pobreza en todas sus tipologías y la energética en concreto, como una de ellas muy importante y, muchas veces, olvidada. Si una persona no dispone de calefacción en casa, puede sufrir enfermedades que afecten a su salud y lleguen a volverse crónicas, aumentando el riesgo de las mismas atendiendo a las condiciones infraestructurales de la propia vivienda (estado de los cierres de las ventanas, orientación de la vivienda...); imposibilita la correcta preparación de alimentos, que implica otro factor que influye en la salud; dificulta la higiene y el aseo personal, así como la correcta desinfección de la vivienda en estos tiempos de Covid. Es decir, podemos establecer que existe una relación directa entre energía-salud y por ello Bienestar Social.

Recordemos, la salud es un derecho fundamental. Nuestra Constitución, en su artículo 43, «1. Se reconoce el derecho a la protección de la salud» y sin duda, voy a citar a los que deben participar activamente: «2. Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. La ley establecerá los derechos y deberes de todos al respecto».