Una entrevista es como andar sobre arenas movedizas. Por más que lo intentes tus pies se hunden. Algo, siempre, te hundes. Una entrevista es ir de charco en charco con la mayor elegancia posible y con el agua al cuello. Una entrevista es ponerse el neopreno de un experto buceador y, a pleno pulmón, sumergirse para no saber si vas a volver a flote. La entrevista es algo muy serio. Una liturgia.

Le pregunto cómo lleva este tiempo tan triste y penoso. Espera, respira, parece que quiere elegir bien las palabras y responde: «Bueno, pues no lo llevo bien, no dejas de escuchar el ruido del engranaje del mundo y esta situación de desequilibrio e inquietud en la que estamos». Y respira y calla, y yo pienso en cómo sonará el ruido del engranaje del mundo en los oídos de Manuel Rivas. Quizás como ese grito que está en el cuadro de Munch o como un aullido planetario.

Entrevisto a Manuel Rivas, escritor, poeta, ensayista y periodista, para presentar su última obra, 'Zona a defender', un manifiesto concluyente contra la deriva del mundo y a favor de la resignificación de las palabras. Entrevistar a Manuel Rivas es apnea, oído y pecio. Un buceo de riesgo, un desafío apasionante. Manuel Rivas me recibe en Madrid y habla bajo, pausado, eligiendo con precisión de orfebre las palabras, como debe ser, con esa tonada triste de buen gallego y una librería detrás que da gusto verla.

Entrevisto a Manuel Rivas, escritor, poeta, ensayista y periodista, para presentar su última obra, 'Zona a defender'

Dice que en «el mundo deberían multiplicarse las zonas a defender, aquellas que tendrían que ser las más defendidas son las más vulnerables». Le pregunto: «¿Son las más inseguras?», y contesta. «Sí, es lo que estamos viendo con nuestros mayores o con los que viven en condiciones más marginales pero esto también se puede aplicar a la naturaleza. La gran cuestión es cómo relacionarnos con la naturaleza, todos somos necesarios. Estamos en una situación ecológica insostenible».

Manuel Rivas defiende un nuevo contrato con la naturaleza y también una internacional de conciencias indóciles; defiende la posibilidad y sostiene que el primer paso es decir: «es posible». Rivas defiende una austeridad fértil y una abundancia creativa, una soledad solidaria y un acuerdo entre generaciones. Defiende un feminismo que emancipe a las mujeres y libere a los hombres del «histerismo masculino». Sigue la inmersión en el océano de las palabras.

A estas alturas de la entrevista ya me ha ganado para su ejército de defensa, sostengo. No sé si será la calidez de su verbo o esa pícara risa de niño que deja caer cuando le hago una broma. Yo también creo que hay zonas a defender. Le digo que llevo días picoteando su libro, saltando de una página a otra, como el que busca un tesoro bajo el mar. «Está bien», me dice «pero no hay que perder el foco, la curiosidad y tener una actitud, sentipensante». Y apunto en mi cuaderno «sentipensante», sentir y pensar.

Manuel Rivas, desde un pesimismo revolucionario cargado de sentido y compromiso, defiende lo más inseguro. Alguien tenía que hacerlo, me digo, y yo me alisto. Defender, por ejemplo, una democracia afectiva y el humor amoratado y la risa y los libros demasiado largos y las pelis demasiado lentas y el arte de escuchar y lo que no está bien visto.

Manuel Rivas, como dice Raphaëlle Rérolle, en Le Monde, hace «poesía no sólo en sus frases, sino también en su manera de ver el mundo»

La entrevista ya se ha convertido en un conversatorio, algo así como un buceo seguro en una cámara hiperbárica. Eso me gusta. Prueba superada, pienso. La entrevista funciona. Hablamos de otras cosas, de cómo los libros y las pelis nos han salvado la vida en este tiempo de pandemia. Me cuenta: «Parece una experiencia extraña en este tiempo de aceleración, leer o ver una película o escuchar un disco, pero equivale a un viaje a las antípodas, cuando gozas algo que te merece la pena».

De pronto, saben, ese momento en el que uno se sale de la conversación, pues me pasa. Manuel sigue hablando y yo me pierdo entre arrecifes. Imagino a Rivas boxeando entre sombras o enfrentándose a la noche, a las tormentas, al hambre, al ridículo, a los accidentes, a los desaires, como en aquel pasaje de Walt Whitman, «como hacen los árboles y los animales». Pienso en eso y vuelvo a flote, vuelvo a escucharle: «…olvidamos que escribir compromete de cojones», y yo pienso en la responsabilidad de la entrevista, de esta columna, y me centro.

Manuel Rivas, como dice Raphaëlle Rérolle, en Le Monde, hace «poesía no sólo en sus frases, sino también en su manera de ver el mundo». Me gusta este tipo capaz de ganar un Premio Nacional y un Goya, al que leía y admiraba y ahora, desde ya, sigo en su ejército de la imaginación para contar historias, para sostener el cielo, para seguir buceando. Aquí me tienes, Capitán Rivas. Nos despedimos y me dice en un galego musical: «Moita saúde y abante». Y yo, como Unamuno, le contesto: «Adelante, siempre, adelante».