La reciente clausura temporal del siempre hermoso y constante fuente de problemas, Cementerio Inglés de Saint George en Málaga, trae hoy a mi memoria las largas mañanas de investigación y estudio en los sótanos del Palacio de Santa Cruz de Madrid, cuando preparaba mi trabajo sobre las relaciones entre dos países que han caminado siempre por sendas encontradas, aunque el enfrentamiento ha sido a veces brutal y en otras ocasiones lazos de sangre y alianzas han anudado amores prontamente despechados.

El mundo finisecular novecentista y el comienzo del siglo XX contemplan el apogeo del poderío británico. La «Pax Británica», la pompa y circunstancia del Britania rules the waves coinciden con el periodo más triste de la Historia de España cuando los últimos restos del Imperio se desmoronan en manos de los atracadores yankees, azuzados por la jauría de William Randolph Hearst y el inicio del periodismo amarillo. El poder británico que se asienta en el dominio de los mares, el comercio y las finanzas va a influir de forma radical en la evolución de las formas de vida que se imponen en el mundo. Victoria es coronada emperatriz de la India y una nieta suya llega al trono de España, con el cambio de costumbres de la nobleza y la alta burguesía madrileña, santanderina y donostiarra. Entran capitales, formas de vida, modelos culturales y apellidos ingleses en España. Lo inglés empieza a estar de moda en nuestro país y comienza a ser considerado sinónimo de buen gusto, confort y elegancia.

Pero también España, cuyo arte ha sido descubierto por Europa después de las guerras napoleónicas, se convierte en el destino de los viajeros románticos, la meta soñada por los artistas de la época. Qué le pregunten a Lewis, o a David Roberts. El chico del cabello rojo del cuadro del fusilamiento de Torrijos, que descansa eternamente en nuestro Cementerio Inglés, Robert Boyd, viene a España por amor a la libertad, como lord Byron va a Grecia, porque ellos consideran que está en la luz azul y el viento marino del sur. Londres tiene un teatro Alhambra y en él se estrenará El sombrero de tres picos de Falla por los Ballets Rusos de Diaghilev, con decorado y vestuarios de Picasso. Porque de un estudio pormenorizado de los músicos y compositores del XIX se deduce que son contados los que no tienen alguna obra inspirada, influida o localizada en España. El tema español se impone en el arte europeo.

La influencia inglesa va a sentirse de forma especial en nuestra ciudad, en Bilbao y en Canarias. Los oligarcas vascos, que se visten en Saville Row en Londres y que crean el nacionalismo vasco, copian la bandera inglesa, a pesar de su catolicismo cerril de origen carlista, al inventar la ikurriña. En Canarias, que se convirtió en un auténtico enclave británico, que propició el despegue mercantil y económico de las islas, las casas consignatarias de buques para la exportación de frutas a Liverpool están en manos de británicos, como Wilson, Elder, Blandy, o Yeoward, quienes sueñan en silencio con aquello tan inglés de que “la bandera sigue al comercio” y que pronto el archipiélago será una colonia más, propósito que se queda en el intento, en situación similar a Madeira, o Portugal desde hace siglos. Recuerdo mi sorpresa con diecisiete años en el viaje de preu, cuando en el despacho del síndico presidente de la Bolsa de Oporto había una fotografía oficial de Isabel II, y muchos años después en Funchal me alojé en un hotel que había sido residencia del gobernador británico, aunque la isla de las hortensias nunca fue colonia inglesa. Pero casi.

En Málaga la influencia inglesa está a flor de piel dorada, cabellos rubios y ojos azules, y se crearon aquí el primer club de golf y el primer club náutico de la península, porque Las Palmas se adelantó en ambos casos. Pero nuestra cercanía a Gibraltar nos trajo olimpiadas con la Grammar School llanita en el día de San Estanislao, con chicos de pelo rojo, que hablaban un español tan andaluz como el nuestro y un inglés con reminiscencias maltesas. Y jeans antes que en el resto de España y mocasines y polos. Y cinturones elásticos de tres colores en la adolescencia y palabras inglesas de uso diario como pulóver, o suéter, o la maravillosamente mal pronunciada ‘plumkeik’, como decía mi madre cuando hacia un bizcocho trufado de frutas y cubierto de mermelada de ciruelas. Lo que en Canarias llaman un queque. O las papas quineua, por King Edward, o nuestro ‘aliquindoi’, look and do it. O el gaditano chumino, show me now, cuyo significado puede adivinar cualquiera.

La llegada de una reina inglesa a Madrid no consiguió cambiar en exceso los hábitos y las rígidas normas impuestas por la reina María Cristina, austriaca hasta la médula y abadesa de las Damas Negras de Praga. La nobleza española carecía de sutileza y de cultura, salvo notabilísimas y contadas excepciones, como el duque de Alba, o el del Infantado, padre de la gran Sor Cristina de Arteaga, la que consiguió años después salvar del derrumbe al deslumbrante monasterio de San Jerónimo de Granada. La beatería siguió presente después de la confusa y humillante ceremonia en la que la reina madre obligó a Victoria Eugenia en San Sebastián, a la abjuración de su anglicanismo natal. Victoria Eugenia fue una mujer tan bella como desgraciada y que nunca se sintió plenamente española. Sus hábitos y costumbres de vida al aire libre, baños de mar, fumar en público y aborrecer los toros casaban mal con el Madrid castizo de entonces, que aclamaba a la “Chata”, la infanta Isabel, cuando iba a las Ventas en coche de caballos, mientras que aquí en nuestra ciudad, a un lado del río se tomaba el té por parte de una burguesía que se sentía profundamente española a pesar de sus apellidos, y al otro lado se comían escasos jureles y sopa de maimones, que se hace con agua, aceite, pan, ajo y cebolla. El eterno olor a ajo de España, que decía la estúpida Spice Girl casada con el bello Beckham. La pobreza de un pueblo que había construido el más grande, civilizador, culturizado y descentralizado imperio de la historia, pero que tenía hambre de siglos. Estamos en plena belle epoque, que para la mayoría fue una época que nada tuvo de bella, empezando por los millones de muchachos que murieron en las trincheras franco alemanas en la I Guerra Mundial, o las matanzas soviéticas cuando la Revolución de Octubre.

Pero hay una institución fundamental en estos años de la vida española, que realmente podemos decir que presenta evidentes rasgos británicos, a pesar del origen ideológico alemán: la Institución Libre de Enseñanza. Este es el primer intento serio de desviar la educación de los jóvenes españoles de los tradicionales modelos franceses hacia los nuevos modelos anglosajones. Giner era un hombre que se deleitaba en la discusión socrática con un pequeño grupo de alumnos entre los que creó un ambiente familiar, semejante al que puede rodear a un profesor de una public school inglesa. Mezclaba un mensaje de tolerancia con el credo puritano de la integridad, haciéndolos compatibles. La influencia inglesa es muy acusada en los ambientes liberales españoles, aunque el término liberalismo sea de origen español, o precisamente por ello. Así, Cossío estuvo en Oxford, donde visitó a Benjamin Jowett en el Balliol College, del que se le consideraba «el gran tutor», que enseñaba a sus discípulos predilectos a distinguirse por sus habilidades y a conocerse a sí mismos. Azcarate emparentó por matrimonio con una familia escocesa y fue en su casa donde Giner de los Ríos aprendió a admirar la civilización anglosajona. Moret, el futuro primer ministro liberal, era nieto de un general británico y permaneció en Londres de 1871 a 1875 y hasta el final de su vida leía diariamente el Times. Como dice reiteradamente J. B. Trend: «la Institución ha hecho más por el progreso de la educación española que todas las reformas propuestas o realizadas por el Estado». Y en este camino no tengo más remedio que llegar a uno de los nuestros, poco conocido entre nosotros a pesar de la labor de la Fundacion Unicaja y sobre todo de su obra: Alberto Jimenez Fraud y la Residencia de Estudiantes, por donde paseaban Lorca y Dalí, mientras Jacobo Alba reposaba en el banco del duque, que le diseñara Javier de Winthuysen en el jardín de plantas olorosas de mi añorada calle Pinar. ¿Qué habría dicho cualquiera de ellos ante el espectáculo grotesco que esta clase política actual nos está proporcionando? Miseria, ruina, degradación y muerte. Y diecisiete modelos sanitarios y otros tantos educativos -de algún modo tengo que llamarlos- que producen discursos patéticos como la diputada podemita sevillana, que ayer balbuceaba en la tribuna del Congreso «del genocidio provocado por la monarquía hispánica en Al Ándalus, que destruyó la convivencia de las tres culturas». ¿Qué locura colectiva se ha creado? ¿Qué disparate de modelo de estructura del Estado se ha inventado y quién va a sostenerlo? No me cuenten lo que haya dicho el chino en la Cumbre de Davos. Me da igual. Si no sabemos qué va a ser de nosotros en los próximos meses, ¿qué me importa el año treinta? ¿Quién es el responsable de haber creado este analfabetismo generalizado y esta barbarie? ¿Qué gritaría Unamuno -el gran defensor del español en la redacción de la Constitución de la II República, consiguiendo imponer que nadie estaba obligado a hablar en otro idioma que el español- a esta caterva de aldeanos cerriles? ¿Qué haría Azaña con el inventor de nueve naciones en España? ¿O qué haría Besteiro con el espectáculo de indumentarias carnavalescas de la inmensa minoría de asilvestrados padres de la patria, con perdón?

Hay que volver, como siempre a Shakespeare: «Amarga es hoy la paz que el rencor de ayer aquieta». Y al final se me olvidaba: hagan el favor, señores munícipes, de solucionar lo del Cementerio Inglés. Ya. Esto sí es importante. Pronto será primavera y si sobrevivimos, pasear a la caída de la tarde por los senderos entre las tumbas amables y civilizadas con bellísimos epitafios en la memoria amada, es una gloria eterna.